Número 7. Enero de 2008

 
  CONTENIDO
   
Enfoque
Aprodeh informa
La verdad se abre paso
Para evitar la impunidad
Marcados de por vida
Buenas señales
Reparaciones en cuestión
En Chuschi se hizo justicia
Mujer de bandera
 
   
 
 

Mujer de bandera

   
Gisela Ortiz recibió el Premio de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos
 

Durante 15 años, su voz representó el clamor de aquellos peruanos a los que Fujimori y Montesinos les destruyeron la vida, mandando ejecutar a sus seres amados y protegiendo a sus asesinos. Gisela Ortiz Perea no solo fue la principal portavoz de los deudos de La Cantuta ante el Estado, los medios de comunicación y el país. Con el tiempo se convirtió en uno de los principales símbolos de la resistencia contra la dictadura fujimorista y la mayor impulsora de que los crímenes del súbdito japonés no quedasen impunes. Esta semana, la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH) acaba de reconocer su lucha entregándole el Premio Nacional de Derechos Humanos “Ángel Escobar Jurado”.

 

 



La suya fue una batalla larga y dura, que comenzó el 17 de julio de 1992, día en que su hermano, Luis Ortiz, fue secuestrado junto a otros ocho estudiantes y a un profesor por el Grupo Colina. Aquellos primeros años fueron los más difíciles, cuando el fujimontesinismo, que lo controlaba casi todo, impidió que los asesinos fueran procesados en el fuero civil y, poco después de imponerles una farsesca condena, los liberó con una amnistía.

Curiosamente, fue la Ley de Amnistía la que le dio un nuevo impulso a la corriente de indignación ciudadana contra las violaciones de derechos humanos y en la que Gisela empezó a tener un papel protagónico. En el 2001, cuando cayó la dictadura y esta ley fue anulada, comenzó un nuevo round, de nuevo en los tribunales. Junto con Aprodeh, para conseguir que los criminales –sus jefes Fujimori y Montesinos incluidos– recibieran un castigo.

Sin duda, el día más difícil de estos 15 años fue aquel en que tuvo que reconocer los restos de Luis en una de las fosas de Huachipa. Pero los momentos de mayor oscuridad se sucedieron en el 2002, cuando alcanzar la justicia parecía cada vez más lejos y le faltaban las fuerzas para continuar. En aquel tiempo se fue a Trujillo decidida a terminar su carrera. Pero, por esa época, los Colina empezaron a caer, uno por uno. Gisela sintió que hacía falta su voz en los plantones, en las calles. Y volvió.

La batalla está a punto de terminar ahora, con Fujimori, el autor intelectual del asesinato de su hermano y de muchos otros peruanos, sentado en el banquillo de los acusados, a punto de recibir, por fin, su merecido. Después de miles de marchas y plantones, en medio de multitudes o sola junto a las víctimas, Gisela Ortiz puede sentir esta victoria como mucho más propia que muchos. El premio que se le ha concedido es un premio para todos aquellos deudos de las víctimas que nunca cejaron en su cruzada por obtener justicia.