Número 8. Abril de 2009

 
  CONTENIDO
   
Enfoque
Aprodeh informa
Culpable soy yo
El mundo sigue con atención el juicio a Fujimori
El ministerio que todos queremos
Hay que detener la impunidad
Aquellas mujeres que fuimos
Una detención arbitraria
 
   
 
 

Aquellas mujeres que fuimos

   
La exitosa experiencia del proyecto “sin documentos somos como sombras” en Huaycán
 

Desde febrero del año pasado, a lo largo de los siguientes 10 meses, la señora Modesta Taboada (45) comenzó a participar en un ejercicio inusual, que no se parecía a nada de lo que le habían enseñado en la escuelita de su natal Santa Rosa de Quives. Se trataba de un ejercicio para recordar. Recordar momentos dolorosos de los últimos 20 años de su vida. Pero, también, momentos de esfuerzo, de lucha ante la adversidad, que harían sentirse orgulloso a cualquiera. Su vida, y la de las amigas y vecinas, no había sido una vida fácil. Pero Modesta, y Felicita Loayza y Delfina Román y todas las otras mujeres que participaban de este ejercicio, habían llegado hasta donde estaban siendo mejores personas. Y su pueblo, la Comunidad Autogestionaria de Huaycán, al este de Lima, era ahora un mejor lugar para vivir.

Y eso, en buena parte, se debía precisamente a ellas.



Modesta, Felicita y Delfina fueron algunas de las decenas de mujeres que participaron del proyecto ‘Sin documentos somos como sombras’ que se puso en marcha, entre agosto del 2006 y enero de este año, para enfrentar el grave problema de la indocumentación en esta zona de la capital, una de las que más sufrió la violencia política del pasado reciente.

Aprodeh, ASPEM y Suyasun, con el valioso financiamiento de la Comunidad Europea, trataron no solo de resolver el tema de la indocumentación en Huaycán –que afecta a 7,092 niños y adolescentes y a 7,363 adultos–, sino, también, de concientizar a su población del derecho a tener una identidad y de ayudarlos a construir una memoria colectiva.

Y esta última tarea fue la misión a la que se abocó Aprodeh, convocando a Modesta, a Felicita y a una veintena de integrantes del colectivo Mama Quilla, una organización que reúne a familias que llegaron a Huaycán desplazadas por la violencia desatada en sus pueblos de origen, la mayoría de Ayacucho, Huancavelica y la sierra centro y sur del país.

VIAJE AL PASADO. A lo largo de 18 jornadas desarolladas entre febrero y noviembre del 2007, los especialistas de Aprodeh guiaron a las mujeres en la realización de diversas dinámicas, juegos y actividades. Les pidieron, por ejemplo, que recuerden algunas de las costumbres de sus comunidades y que, organizadas en grupos, las representaran en los talleres. Las motivaron a que, juntas, trataran de reconstruir algunos de los episodios más memorables en la historia de Huaycán, como la multitudinaria marcha de marzo de 1988 hacia la Plaza San Martín, para exigir atención del Gobierno; o los asesinatos que cometió Sendero Luminoso contra algunos de sus dirigentes, entre ellos el de la valerosa Pascuala Rosado. Las mujeres recordaron, también, cómo ayudaron a levantar el colegio y la iglesia del barrio y a que llegara el agua y la electricidad, y así muchas descubrieron cuánto habían contribuido, modesta pero valiosamente, al desarrollo de su comunidad.

La segunda parte de los talleres estuvo dedicada en enseñarles la técnica de la arpillería o tejido a base de retazos de telas. Por medio de estos trabajos, Modesta y las demás pudieron expresar algunos de los episodios más significativos de sus vidas. Huaycán pudo apreciarlos gracias a las dos ferias exposiciones que se organizaron en la iglesia principal y en la plaza central de la comunidad.

Lo más importante de esta experiencia fue haber creado un espacio de reflexión en el que estas mujeres se miraron a sí mismas, quizá por primera vez, con verdadero orgullo. Muchas, por su condición de desplazadas oriundas de las regiones más convulsionadas del país, vivían estigmatizadas, tildadas de “terrucas” por algunos vecinos. A través de los talleres fueron perdiendo los complejos y, al final, reconocieron su importante rol dentro de la historia de su comunidad. “Logramos que reflexionaran sobre quiénes habían sido y que se sintieran orgullosa de quiénes eran ahora”, señala Raquel Palomino, de Aprodeh, responsable de los talleres. Como dice ella, la memoria les había servido para recordar lo terrible pero, a la vez, lo hermoso que había sucedido en sus vidas.