El Comercio

Oscar Schiappa-Pietra
28 de setiembre del 2000

Comisión de la Verdad

 

Acabar con la dictadura del fuji-montesinismo plantea el desafío de afirmar una vocación democrática que haga gala de superioridad moral y jurídica. Lograrlo implica dar plena vigencia a los valores fundamentales de la verdad y de la justicia, que son pilares insoslayables de una   sana democracia y requisitos para una posterior reconciliación nacional. Mas, en el contexto de transición política que ahora afronta el Perú, los valores de la verdad y de la justicia tienden a entrar en conflicto. Eso plantea la necesidad de procurar soluciones creativas que se inspiren en las experiencias de otros países que han afrontado similares retos.

Ningún proyecto democrático puede afirmarse allí donde la verdad se retacea y la justicia se oferta al mejor postor o al poder de turno. En la hora actual no basta con someter a la justicia judicial a los protagonistas de esta década de oprobio. Debido a los rigores protectores del derecho penal, aparentemente muchas de las graves transgresiones del fuji-montesinismo no serían justiciables o se carecería de suficientes elementos probatorios para garantizar la sanción de los autores. Y aun si existiesen pruebas, poca confianza puede tenerse en una judicatura servil y corrupta. ¿Pero significa esto que los peruanos debemos quedarnos cruzados de brazos   atestiguando un nuevo episodio de enfermante impunidad? ¡De ningún modo! Debemos exigir el respeto de nuestro derecho a saber la verdad. ¿Cómo es que se llegó a una situación de tanta infamia y abuso? ¿Quiénes son los autores y cómplices de ello? ¿Quiénes se han beneficiado y malversado dineros públicos para montar ese andamiaje de soplonaje, intimidación y prostitución periodística? ¿Quiénes frecuentaron o visitaron las siniestras oficinas del SIN, o aceptaron sus contaminadas canastas navideñas u otras prebendas? ¿Qué resortes se activaron para coartar la libertad de expresión e intimidar a periodistas? ¿Cuáles son los miles de nombres registrados en sus planillas? 

Tenemos que informarnos sobre situaciones precedentes que de modo directo o mediato coadyuvaron al desenvolvimiento perverso del fuji-montesinismo. Al fin y al cabo, el espionaje político por parte de los servicios de inteligencia castrenses no es invención suya, sino que se ha practicado en el Perú desde décadas atrás. Mucho más importante aun es generar en la sociedad peruana un proceso de reflexión sobre el proceso de violencia política de las dos  últimas décadas y sobre la derrota de la subversión, pues hasta ahora sólo hemos conocido la versión limitada y sesgada del fuji-montesinismo. Esto último es importante para conjurar los demonios de nuestro pasado e impedir que intenten renacer.

La acumulación de todos esos elementos plantea la necesidad de generar consenso entre todas las fuerzas democráticas para establecer mecanismos de justicia transicional; complementos institucionales de la forma tradicional de administrar justicia, que es la judicial. Contemporáneamente, las sociedades que deciden cerrar el capítulo del autoritarismo y se enrumban hacia la democracia requieren cumplir con sus obligaciones morales y jurídicas de investigar los hechos anteriores de corrupción y violación de derechos humanos, así como de sancionar cuando sea posible a los perpetradores. Como nos lo recuerda el ex presidente sudafricano Nelson Mandela, rasgo común en tales escenarios es "la búsqueda de un proceso político que logre la justicia, así como también la estabilidad social y la reconciliación". La justicia transicional no intenta sustituir a la justicia judicial -que debe ser empleada latitudinalmente para investigar, esclarecer y sancionar cuando corresponda- pero se erige como un complemento ante sus insuficiencias.

En las últimas décadas, diversos modelos procedimentales de comisiones de la verdad se han experimentado en el ámbito internacional.

Al Perú se le plantea ahora la necesidad urgente de constituir una Comisión de la Verdad integrada por personalidades con las más altas credenciales morales e intelectuales para que, equilibradamente y sin revanchismos, investigue el legado oprobioso del fuji-montesinismo, recoja testimonios de colaboradores arrepentidos y presente a la ciudadanía un informe explicativo y recomendaciones. La Comisión de la Verdad debiera convertirse en importante medio de pedagogía y terapia social. Nada explica mejor el objetivo último de una Comisión de la Verdad como el título del llamado Informe Sábato, producido para investigar las atrocidades de la última dictadura en Argentina: "¡Nunca más!"

Dada la gran legitimidad que ha sabido adquirir la gestión de la Defensoría del Pueblo, Jorge Santistevan debiera ser convocado para presidir la Comisión de la Verdad. Para el cumplimiento de sus labores, esta instancia de justicia podría contar con la asistencia técnica de la CIDH y de otras entidades internacionales.

Se trata que nos demos a nosotros mismos la oportunidad de maduración histórica para que jamás volvamos a repetir esta aciaga experiencia de infraternidad, corrupción, abuso e intimidación. Se trata también de no ceder ante la impunidad del silencio y de las verdades a medias y de legar a las generaciones futuras un testimonio franco de nuestros yerros. La verdad, la justicia y la reconciliación pueden encontrar fecunda convergencia en esta propuesta.

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(*) Catedrático de Derecho, American University (Washington, D.C.)


OSCAR SCHIAPPA-PIETRA (*)