La Nacion
Por Eduardo Amadeo
Argentina, 8 de noviembre del 2000
El FMI y la pobreza
EN un artículo publicado en La Nación
el 26 de octubre, Vito Tanzi intenta revindicar el papel que le
ha cabido al Fondo Monetario Internacional en la reducción
de la pobreza. Es un esfuerzo importante porque se trata de cambiar
tanto una imagen instalada en el imaginario popular cuanto las críticas
que provienen del mundo académico. Y para ser consecuentes
con una figura de la talla del doctor Tanzi, es necesario analizar
el tema con el mayor rigor posible. Ni el FMI es una institución
caritativa ni responde a la imagen cruenta y conspirativa que se
le atribuye a veces desde el discurso político. El Fondo
se ha ganado una imagen negativa por variadas razones, entre las
que sobresalen las intervenciones tardías que aceleran las
crisis -como lo repite habitualmente Paul Krugman- y el rechazo
generado por los efectos inmediatos de las necesarias políticas
de ajuste macroeconómico, que han sido condenadas, erróneamente,
como la madre de todas las desgracias. El antipático papel
de revisor periódico de las cuentas que cumplen los funcionarios
del FMI ha contribuido a bajar su popularidad. Por eso, intentando
ser ecuánime, creo que en los argumentos de Tanzi hay verdades
y carencias.
El FMI ha sido tal vez el abogado por excelencia
de una economía sana. Y es cierto que la estabilidad ayuda
a los más pobres, y que obviamente una buena macroeconomía
es condición de estabilidad. También es cierto que
el ordenamiento económico ha ayudado a disminuir (aunque
no lo suficiente) la volatilidad de nuestras economías, que
afecta especialmente a los más pobres. Y tiene razón
el doctor Tanzi cuando dice que el crecimiento es la condición
necesaria para cualquier política social y que en general
los países aumentan más que proporcionalmente su inversión
social cuando crecen.
Pero, si el FMI realmente quiere tener una visión
profunda del tema de la pobreza, es también necesario que
amplíe su perspectiva y reflexione sobre algunos errores
que ha cometido en el pasado.
Un tema de frecuente discusión con los funcionarios
del Fondo ha sido el manejo del gasto social en las crisis. En esos
momentos, sube más que proporcionalmente el número
de pobres, y su recuperación posterior es más lenta.
Algunos estudios demuestran que por cada uno por ciento de caída
del PBI, se necesita después el 2,5 por ciento de aumento
para volver a la misma situación que antes en los sectores
de menores ingresos. Estas personas de menores ingresos sufren inmediatamente
el desempleo, se ven obligadas a liquidar prematuramente sus escasos
activos y hasta afectan el capital social de la familia con el abandono
temprano de la escuela por los más jóvenes.
Posición dura
Por eso, y para evitar que se acumule el daño,
el gasto social debería aumentar o, al menos, mantenerse
constante aunque haya recortes en otras áreas del Estado.
El FMI tuvo en este terreno una posición tradicionalmente
dura y sólo en 1997 pudimos negociar que las "redes
de seguridad social" tuvieran un tratamiento preferencial dentro
del presupuesto. Pero su posición en este terreno no es definitiva,
como en cambio sí lo es la del Banco Mundial, y sería
bueno que el FMI tuviese una perspectiva más cercana a la
del Banco e incentivara la creación de fondos sociales anticíclicos,
como ya lo ha hecho para el sistema financiero.
Otro terreno en el que el Fondo ha tenido una posición
demasiado superficial es el del mercado laboral. El paradigma de
"ordenamiento macroeconómico más flexibilización
igual a crecimiento y equidad" no ha funcionado así.
El mercado de trabajo está fracturado en dos mercados, uno
"exitoso" y el otro marginal, que explican en alto porcentaje
la inequitativa distribución de los frutos del crecimiento
durante la última década. El paradigma simple, entonces,
no alcanza y requiere una mirada más compleja y aceptar la
posibilidad de intervenciones del Estado para compensar las diferencias
en productividad y capital humano que están causando tanta
pobreza.
Finalmente, el Fondo debería repensar sus
propuestas para la privatización y el ordenamiento de sistemas
sociales, como la salud y la previsión social. No hay duda
de que la eficiencia del sistema es vital y tiene de por sí
un efecto social importante, pero las reformas no pueden ignorar
otras variables que resultan relevantes para el equilibrio general,
como la universalidad y la solidaridad. En un marco de alto desempleo
y problemas sociales, estos sistemas deben asegurar acceso a todos
y financiamiento diferencial en función de capacidades, lo
que implica mecanismos de redistribución interna. Con estas
características, contribuirán a moderar las tendencias
inequitativas que se han presentado hasta ahora en nuestras economías.
Un modelo de apertura y globalización necesita
instituciones financieras multilaterales adecuadamente capitalizadas,
entre otras razones para disminuir la volatilidad de las economías,
que ha demostrado tener efectos devastadores sobre los más
pobres. Pero también es necesario que estas instituciones,
como el FMI, tengan una visión más compleja y cuidadosa
de los efectos de sus decisiones sobre la cuestión social.
El autor fue secretario de Desarrollo Social.
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