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El informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación nos dio a conocer, en toda su magnitud, las dimensiones del horror vivido en las últimas dos décadas de violencia. Este proceso tuvo en la mujer más que un testigo silente.
Las mujeres, por el hecho de serlo, sufrieron experiencias violentas, diferentes a las vividas por los varones, las mismas que produjeron cambios en su vida cotidiana, su participación en el espacio público y su mundo interior.
Ellas tienen un perfil bastante claro, similar al encontrado en los varones: quechuahablantes, aymaras o asháninkas; campesinas y en su mayoría, iletradas. Ellas sufrieron el terror sobre sí mismas, lo resistieron, lo enfrentaron y fueron parte de él: mujeres madres y esposas que por años buscaron a sus familiares, reclamaron justicia y exigieron sepultar a los suyos; mujeres desplazadas, cabezas de familia en extrema pobreza quienes por sí solas tuvieron que hacerse cargo de lo que quedaba de sus familias; mujeres huérfanas de la guerra y aquellas que sufren discapacidades físicas, que apuestan por el futuro e intentan darle vuelta a la adversidad.
Al iniciarse el proceso de violencia, la presencia de las mujeres en el espacio público nacional y local era distinta cuantitativa y cualitativamente. Los cambos se inician en la década del sesenta al incrementarse la participación femenina en la educación, el trabajo, la política; y al surgir los movimientos feministas, los partidos políticos y los movimientos populares de mujeres.
Es a partir de estos espacios que las mujeres ingresan a la escena pública. Así lo reflejan las organizaciones populares de mujeres (los Comedores Populares y la Federación del Comité de Vaso de Leche), así como las organizaciones de familiares de víctimas de la violencia (FEDECMA y ANFASEP en Ayacucho), su participación en los Comités de Autodefensa (CADs) y también su militancia en las agrupaciones subversivas.
Pero a lo largo de veinte años, tal como menciona el informe, las brechas de género preexistentes se profundizan, se quiebran, se transforman. La relación entre sistema de género y sistema social es muy estrecha y ello se evidencia en la manera como el conflicto armado interno afectó la vida y las identidades de varones y mujeres: en muchos casos, el rol del varón —como responsable del hogar— pasó a ser asumido por la mujer.
La Comisión de la Verdad y Reconciliación ha permitido visibilizar a las mujeres peruanas más allá de su condición de víctimas. Pero el proceso no se agota ahí. Estas mujeres anónimas aún esperan justicia y merecen nuestro reconocimiento y reparación. En cada una de ellas se advierten las lecciones que nos dejó el conflicto y las posibilidades a desarrollar. Por tanto, es importante crear mejores condiciones para que las mujeres pasen del discurso a la práctica, desmontando estereotipos y fortaleciendo su rol en la sociedad como ciudadanas que ejercen sus derechos.
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Comunicadora. Asociación Pro Derechos Humanos (APRODEH) |
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