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REFLEXIONES PERUANAS 2: EL RETO DEL MOMENTO ACTUAL

Wilfredo Ardito Vega

Hace algunos años, para las organizaciones de derechos humanos en el Perú era claro el reto de denunciar y enfrentar los crímenes que tanto los grupos subversivos como las Fuerzas Armadas cometían. Cuando el conflicto armado interno se redujo a su mínima expresión, la principal tarea pasó a ser ayudar a obtener la libertad de los inocentes que se encontraban en prisión. En pleno proceso de la Comisión de Indultos, surgió la lucha por el restablecimiento de la democracia. Caído el régimen autoritario, surgió el proceso de la Comisión de la Verdad, con todas sus dificultades.

Sin embargo, ya con la partida de Fujimori, se pudo advertir que las personas comprometidas con los derechos humanos en las décadas anteriores, no teníamos la misma claridad que antes respecto a los retos del presente. A veces es más sencillo tener un panorama claro cuando se trata de crímenes terribles, como los ocurridos en tiempos de Belaúnde, que ubicarse en la vida cotidiana. Sin embargo, también en la rutina de todos los días en el Perú se producen situaciones que deberían cuestionarnos.

A mi modo de ver, lo que nos toca es enfrentar las causas de todo el horror que durante esos años vivimos en el Perú. Y debemos plantearlo con la misma insistencia que antes luchamos por la paz o la democracia, por la simple razón de que a quienes están en el poder, no les interesa enfrentar dichas causas: la exclusión de millones de peruanos. Ahora bien, como sucedió en las décadas de la violencia, no sólo quienes están en el poder son indiferentes: muchas personas que se consideran a sí mismas buenas, no sienten mayor cuestionamiento viviendo en un país donde millones de sus compatriotas padecen las mayores causales de exclusión, todas juntas sobre sus hombros: aislamiento geográfico, barreras lingüísticas, racismo y pobreza.

Es curioso que la mayoría de peruanos que hablamos castellano, tuvimos acceso a educación secundaria, luchamos contra el exceso de peso, usamos pasta dental y podemos llegar en menos de diez minutos a una farmacia, no nos demos cuenta de los privilegios que poseemos en este país.

De alguna forma, hemos logrado que la desnutrición, la muerte de decenas de niños de frío (este invierno en Puno, como todos los años), la condición de indocumentado o analfabeto se conviertan en problemas lejanos o invisibles. En todo caso, asumimos, como escuché a una señora en Huancavelica, que los excluidos “no sufren, porque están acostumbrados”.

Pero si abrimos más los ojos, podemos entender mejor el país y no quedar desconcertados cada vez que un grupo de agricultores toma una carretera o protesta contra un alcalde corrupto. La mayoría de peruanos sí sufre, se siente descontenta, explotada e infeliz. ¿Alguien puede estar contento viviendo en Huancavelica o Amazonas, donde ni siquiera la capital está unida por una vía asfaltada? ¿Puede alguien estar contento cuando una empresa minera como Yanacocha amenaza el agua del cerro Quilish? ¿Es que algún trabajador del Poder Judicial, policía o maestro puede estar contento con su sueldo miserable, mientras ministros y magistrados ganan hasta cincuenta veces ese salario?

En el Perú no debería sorprendernos las eventuales protestas que ocurren, sino la pasividad o resignación de la mayor parte de la población. Desde Carabaya hasta San Clemente y desde Ayabaca hasta Apurímac, el principal temor de los peruanos más pobres es perder lo poco que tienen… con el respaldo del Estado y de algunos medios de comunicación que satanizan toda movilización social.

Los recursos estatales son asignados por el régimen democrático de manera totalmente excluyente. No sólo se anuncia la adquisición de nuevas fragatas, sino que, después de asumir que el proyecto Las Bambas permitiría invertir en los campesinos pobres de Apurímac, se sabe que se pretende destinar buena parte del dinero a fondos para equipamiento militar. A muchos excluidos, la sensación que les queda es de una gran frustración.

Es en ese contexto, que debemos preguntarnos: ¿sirven los esfuerzos de nuestras instituciones y organizaciones para luchar contra la exclusión? ¿Los foros, seminarios, presentaciones de libros, desayunos de trabajo o conferencias tienen siempre como mira generar que los más pobres y excluidos puedan vivir mejor? ¿O a veces los proyectos se convierten en un fin en sí mismo? Si la democracia no parece hacer nada por enfrentar la exclusión… ¿es acaso sorprendente que cause tan poco entusiasmo?

Por poner un ejemplo, ¿se hace algo por enfrentar la exclusión lingüística, traduciendo siquiera las leyes contra la violencia familiar? ¿Hemos vencido los limeños nuestro centralismo mental y podemos pensar en las prioridades nacionales o creemos todavía, que hablar de política es comentar las últimas frases y gestos de los congresistas y líderes partidarios?

Si nos ponemos a pensar un poco más, veremos que, para quien cree en una sociedad más justa y humana, los retos siguen siendo tan profundos como hace diez o quince años. Es claro que no muere tanta gente, pero es verdad que siguen muriendo. La semana pasada fallecieron tres campesinos en Puno, con lo cual suman ya once las personas que han muerto en el gobierno de Toledo mientras manifestaban contra trasnacionales abusivas o políticas no los tomaban en cuenta. ¿Cuántos excluidos más deberán morir para que decidamos asumir el reto de luchar contra la exclusión?


Lunes, 25 de octubre de 2004

Una versión más breve de este artículo fue publicada en Perú 21.

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