REFLEXIONES PERUANAS No. 5: LOS PELIGROS
DEL RELATIVISMO CULTURAL
Wilfredo Ardito Vega
Los últimos linchamientos producidos en Puno y Junín,
así como los intentos de cometerlos en varios distritos
de Lima han revivido el debate sobre los derechos humanos.
¿Puede imponerse que un grupo de campesinos respete
las leyes peruanas? ¿No tienen su propia justicia basada
en su cultura y sus tradiciones? Algunos medios de comunicación
deslizan la duda respecto a si los derechos humanos son una
especie de “imposición occidental” que
carece de sentido en un país multicultural y multiétnico
como el Perú.
De esta forma, aparece de forma incipiente la doctrina del
relativismo cultural, por la cual es imposible afirmar valores
universales, porque cada cultura tiene su propio criterio
sobre lo que es bueno o malo. Por lo tanto, pretender que
en una comunidad campesina o un asentamiento humano se respeten
los derechos humanos es simplemente imponer valores ajenos,
desconociendo que los campesinos o los pobladores tienen su
propia percepción de justicia.
Lo que es cierto es que, sostener que todo individuo es sujeto
de derechos exigibles ante el Estado y la sociedad es un concepto
ajeno a las culturas tradicionales, en el Perú y en
el resto del mundo. Aunque se disgusten algunos pensadores
que idealizan las culturas andinas o amazónicas, éstas
son sociedades de roles, donde el status de las personas está
predeterminado, en base a la edad, el sexo o el cargo. Normalmente,
se establecen obligaciones de los individuos hacia los demás
miembros del grupo, pero no su capacidad de exigir derechos
en cuanto personas.
La concepción de los derechos humanos implica un cambio
revolucionario respecto a las anteriores tradiciones religiosas,
éticas o políticas, occidentales o no occidentales.
Surge ante fenómenos como el absolutismo europeo y
la revolución industrial, cuando los seres humanos
eran considerados una herramienta barata de producción.
En ese contexto, la concepción de los derechos humanos
logra transformar al individuo, frágil y vulnerable,
en un ser que merece respeto en sí mismo por parte
del Estado y de la sociedad.
Naturalmente, el que los derechos humanos hayan surgido en
el mundo occidental no impide que puedan beneficiar a quienes
pertenecen a otras culturas. Los derechos humanos son la única
forma de extender las prerrogativas que las culturas más
tradicionales otorgan solamente a algunos de sus integrantes.
Son una concepción especialmente fundamental cuando
se pasa de una sociedad de roles a una sociedad de ciudadanos,
como está ocurriendo lentamente en el Perú,
donde todavía a muchas personas les cuesta percibir
a sus compatriotas como seres iguales, desde el racismo en
las discotecas de Larcomar hasta la discriminación
por razones lingüísticas en decenas de postas
médicas. Por ello mismo, es fundamental que en el proceso
de occidentalización, homogeneización o globalización
que vivimos, exista una conciencia y un respeto por los derechos
humanos.
Oponerse a la vigencia de los derechos humanos con el argumento
que tienen un origen occidental es la mejor forma de mantener
una situación de exclusión, por la cual los
campesinos, los indígenas y los más pobres son
seres sin derechos, que pueden matarse entre ellos, sin que
uno deba sentirse horrorizado. Aún más, se sostiene
que debe respetarse cualquier crimen, porque se trata de “su
cultura”. De esta forma, dividimos a los peruanos en
un sector occidentalizado, con derechos humanos y los demás,
a quienes se les puede golpear, torturar o matar, porque no
tienen derechos.
Resulta ingenuo además pensar en las culturas tradicionales
como puras e inmutables, después de casi cinco siglos
de influencias occidentales, desde la religión hasta
la comida. Además, fenómenos como la conquista
y la hacienda marcaron una situación de dominación
y generaron que el indígena/campesino se percibiera
a sí mismo como inferior y sujeto de obligaciones.
Pretender que, de todas las influencias foráneas,
los derechos humanos sean la única que no debe incorporarse,
tiene los mismos efectos que el racismo más avezado:
asumir que los campesinos, los nativos, los “diferentes”
son seres sin derechos… Y de entre todos los derechos,
la vida, la integridad física y el no ser sometido
a condiciones de explotación análogas a la esclavitud
deberían estar vigentes de manera prioritaria para
todos los peruanos.
De esta forma, cuando un campesino de Junín o Cajamarca
reclama por sus derechos, está viviendo un proceso
de occidentalización. El surgimiento de una conciencia
individual en las zonas rurales es aún un proceso muy
largo, que deberá incluir, esperamos, la noción
que los peruanos más occidentalizados olvidamos con
frecuencia: que la ciudadanía no sólo implica
exigir derechos, sino también asumir responsabilidades.
Y esto es algo de lo cual los campesinos sí tienen
conciencia y nos podrían enseñar a los demás.
Lima, 13 de noviembre de 2004
Este artículo fue publicado en La República
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