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REFLEXIONES PERUANAS No. 6: MIREMOS DE CERCA A PUNO: NOS CONVIENE

Wilfredo Ardito Vega

Algunos medios presentan a Puno, como símbolo de violencia inexplicable, pero los motivos que la producen son familiares a otros peruanos. Las discotecas y los bares clandestinos mortifican a vecinos de todo el país, ante la inercia de las municipalidades y la policía. La pésima legislación municipal y una lamentable decisión del JNE sobre las elecciones revocatorias, lleva a que muchos ciudadanos toleren resignados a alcaldes corruptos o ineptos. La benigna legislación penal hacia quienes cometen robos menores genera una sensación de impunidad. La erradicación forzada de coca ha causado muchos problemas sociales en la ceja de selva, donde el apoyo a cultivos alternativos queda normalmente en retórica. Estos problemas afectan a millones de peruanos. Por lo tanto, tan adecuado es preguntarse por qué en Puno originan estallidos de violencia, como por qué en otros lugares la población es más pasiva.

Desde el siglo XIX, en Puno se produjeron rebeliones indígenas, reprimidas sangrientamente. Estos hechos generaron una importante conciencia colectiva, más allá de las diferencias entre quienes hablan quechua o aymara. En los años ochenta, las organizaciones campesinas lograron la propiedad sobre las tierras de las antiguas haciendas, al mismo tiempo que impedían el ingreso de Sendero Luminoso y también los abusos de las Fuerzas Armadas. Estas experiencias recientes les hacen sentir que son ellos mismos quienes han logrado mejoras importantes en su forma de vida. Los partidos de izquierda y la Iglesia Católica fueron otros actores claves en generar mayor autoestima en la población.

En la actualidad, los puneños sienten que definitivamente el tiempo de los mistis prepotentes ha quedado atrás. Una impresionante movilidad social ha generado en Juliaca y Puno una clase empresarial y un sector intelectual con identidad indígena que no existen en otros lugares.

Sin embargo, todavía un puneño vive, en promedio, veinte años menos que un limeño. La dependencia del contrabando revela cómo buena parte de la población siente que su única alternativa es vulnerar los intereses de un Estado que no invierte en ellos. Es difícil pedirles preocupación por las arcas fiscales, si el Estado permitió que decenas de niños puneños murieran de frío este invierno, mientras destinaba millones a reparar estadios en ciudades lejanas.

Estigmatizar a los puneños como primitivos, puede ser muy cómodo para no cuestionar nuestra ubicación en una sociedad excluyente. Es verdad que no son las únicas víctimas de la exclusión, pero parecen estar entre los más conscientes de ésta. Descalificar a los puneños que cultivan coca como delincuentes permite olvidar que se trata de un pueblo al que la miseria ya los empujó hacia otras opciones que ya están agotadas: migrar a Arequipa o a los lavaderos de oro. El manejo irresponsable por el gobierno de sucesivas crisis, desde Ilave hasta San Gabán, ha generado la sensación de que el Estado es el principal obstáculo para que los puneños vivan mejor.

Lejos de la vocación por el caos que se les pretende atribuir, ellos quisieran un Estado que construya vías de comunicación, postas médicas y escuelas, garantice que las autoridades corruptas se retiren y proporcione justicia de manera rápida y eficaz, un Estado cercano, que funcione. El trasfondo de los episodios de violencia es que los puneños desean ser tratados como ciudadanos... y estos hechos son una advertencia de lo que puede suceder cuando en otros lugares pobres del país las personas tengan más conciencia de sus derechos.


Este artículo fue publicado en La República y el boletín del Instituto de Pastoral Andina.

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