Reflexiones Peruanas No. 7: RITUALES
ETNICOS DE APAREAMIENTO
Wilfredo Ardito Vega
A muchos extranjeros que visitan Lima, les puede sorprender
que, pese a la atmósfera pluriétnica y pluricultural
que se aprecia en sus calles, puedan funcionar locales racistas,
donde sólo se permite el ingreso a los peruanos y extranjeros
blancos. En sucesivas ocasiones, visitantes mexicanos, bolivianos
o haitianos han sido maltratados por estos establecimientos,
que parecieran haberse quedado en la Sudáfrica del
apartheid.
Según la lógica de mercado, fría y neoliberal,
en que el poder adquisitivo determina dónde se come,
se bebe o se baila, dichos locales deberían haber cerrado
hace mucho tiempo. De hecho, la mayor transformación
de la sociedad peruana en las últimas décadas
es el surgimiento de sectores de clase media y alta de rasgos
mestizos o andinos, que muchas veces residen en Lima y las
principales ciudades de la costa. Un vendedor de celulares,
electrodomésticos o ropa que seleccionara a sus clientes
de manera racial, no tendría mayor éxito.
Sin embargo, acá no estamos ante la lógica
de mercado, sino la de atender a un nicho de mercado, cargado
de prejuicios, normalmente reforzados dentro del hogar. Una
señora me confesó hace poco: “Yo haría
lo imposible para evitar que mi hija se casara con un cholo.
La haría sufrir”. Ella no es precisamente blanca,
pero espera que, si su hija sigue estudiando en un colegio
alemán, pueda conocer a un prospecto conveniente.
A pesar de los cambios económicos, sociales y culturales
que ha vivido el Perú, persisten muchos estereotipos
raciales en los procesos de socialización, especialmente
la selección de pareja. Los peruanos pobres y ricos,
blancos e indígenas, coinciden en un criterio estético
por el cual las personas blancas son más guapas. El
cholo o negro podrá ser inteligente, rico o poderoso,
pero difícilmente sus rasgos físicos son considerados
adecuados.
Evidentemente, es paradójico que rasgos físicos
minoritarios sean considerados un modelo para un país
como el Perú. Sin embargo, para muchos jóvenes
de rasgos europeos, la sola idea de que su enamorado o enamorada
tenga rasgos andinos, mestizos o negros, implicaría
enfrentar un terrible conflicto familiar. Problemas similares
han relatado jóvenes mestizos o andinos, señalando
que sus padres desean que su pareja sea blanca.
Empleando categorías antropológicas, los locales
racistas que funcionan en Miraflores, San Isidro o Surco sirven
de espacio para un ritual étnico de apareamiento, entre
otras funciones. Hace cincuenta años, dicho espacio
eran los salones de las mansiones más elegantes, ahora
convertidas en ONGs, academias o sedes de organismos internacionales.
Actualmente, los prejuicios raciales permiten lucrar a algunos
empresarios, quienes ofrecen proteger a su clientela de los
rasgos físicos del 95% de sus compatriotas. Los mencionados
establecimientos prefieren no ser demasiado públicos
y evitan anunciarse en revistas o periódicos. Muchas
veces ni siquiera tienen rótulo en la entrada y solamente
es posible conocerlos ingresando a una página web www.lima2night.com.
Los dueños de los locales racistas saben que, cuando
abren sus puertas a todo el que puede pagar su entrada, sus
clientes tradicionales consideran que el local “se ha
maleado” y migran en búsqueda de un nuevo establecimiento…
y suelen tener otro disponible para amparar a los nómadas
en búsqueda de un nuevo territorio étnicamente
puro.
Actualmente, la discoteca Aura, ubicada en el centro de entretenimiento
Larcomar, es el primer establecimiento limeño en ser
procesado por el Indecopi, debido a las prácticas de
discriminación racial a su personal. Las multas a tres
locales cusqueños, Mama Africa, Ukukus y Pub Spoon,
en los últimos meses han demostrado que este organismo
está preocupado por superar los seis años de
inercia, dado que la Ley 27049, que desde 1998 prohíbe
la discriminación racial de los clientes, hasta la
fecha había sido vulnerada con total impunidad
El propio centro Larcomar, se ha visto obligado a pronunciarse
respaldando a quienes luchan contra el racismo. Sin embargo,
en los medios de comunicación peruanos ha sido denunciado
intensamente el caso de Selva Chirif, una animadora de fiestas
infantiles de Larcomar, que fue despedida al día siguiente
de haber sido vista con los integrantes de la campaña
“Basta de Racismo” entregando una carta de protesta
a Aura y los otros locales segregacionistas del centro de
esparcimiento.
Hace unos días, Gerardo Arce, estudiante de literatura,
se vio objeto de un maltrato típico en Larcomar: mientras
decenas de personas ingresaban, con bolsos y mochilas, solamente
a él los vigilantes lo detuvieron y le exigieron que
mostrara sus documentos y el contenido de su maletín.
En ese momento, Arce era la única persona de rasgos
mestizos que ingresaba… y los rasgos físicos
de los vigilantes eran similares a los suyos. “Yo quiero
una sociedad donde esto no le pase a nadie y un país
donde mis hijos y nietos no sufran por estos abusos”,
declaró Arce. Felizmente, para el Perú, cada
vez más gente piensa de esta forma. |