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REFLEXIONES PERUANAS No. 8: COMO PERDER EL BREVETE... PARA SIEMPRE

Wilfredo Ardito Vega

La insistencia de algunos reportajes sobre la “curva de la muerte” de la avenida Javier Prado, haría pensar que se trata del lugar más inseguro del país. Ojalá fuera así. Cada semana, decenas de conductores, pasajeros y peatones mueren en todo el Perú, en accidentes automovilísticos. Sin embargo, como ha ocurrido con los doce manifestantes asesinados durante el régimen de Toledo, la sociedad parece convivir con todas esas trágicas muertes, sin angustiarse demasiado.

Un mecanismo para no angustiarse, es percibir dichos accidentes como tragedias individuales. En realidad, se trata de uno de los más graves problemas sociales, que debería ser prioridad para el Estado, tanto por el elevado número de víctimas, como por las causas reiteradas que los originan.

Otro mecanismo de defensa es atribuir las desgracias a la mala suerte o la fatalidad, cuando se trata de situaciones evitables los países desarrollados han podido ser controladas. Lo que nosotros llamamos “accidente” es el resultado de una confluencia de factores en los que existe responsabilidad humana: brevetes expedidos a cambio de dinero; vías sin señalización ni mantenimiento; conducta imprudente de peatones; vehículos deteriorados, que no pasan por revisiones técnicas; pasajeros sin recursos para viajar en mejores condiciones, o que no privilegian su seguridad. Cuando todos estos factores coinciden, sólo sorprende que en el Perú no haya más “accidentes”.

El pasado 12 de noviembre, por fin, el Estado ha decidido abordar, mediante el Decreto Supremo 037-2004-MTC, uno de los factores de mayor incidencia en tragedias: el consumo de alcohol por los conductores. Ya hace unos años, se aprobó que el conductor ebrio tendría prisión efectiva de hasta ocho años de prisión si generó la muerte de una persona (artículo 111 del Código Penal) y hasta cinco, si generó lesiones graves (artículo 124).

El mencionado decreto dispone medidas preventivas drásticas hacia todo conductor que maneje en estado de ebriedad o bajo los efectos de drogas, aunque no se haya producido ningún accidente. La sanción es que se le suspenderá por dos años la licencia de conducir. Además, su vehículo obligatoriamente quedará retenido. Si el conductor está involucrado en un accidente que origina muerte o lesiones graves su licencia de conducir queda cancelada. Es decir, NUNCA más podrá volver a manejar. Todo esto, aparte, de la sanción penal que hemos mencionado. En ambos casos, si la persona se niega al examen de alcoholemia, será sancionada con la pena correspondiente.

Esta norma llega en una época del año donde el alcohol y la muerte suelen estar muy juntas. En la semana del último feriado largo (1º de noviembre), casi setenta personas murieron en accidentes automovilísticos. Los festejos navideños, el Año Nuevo, la despedida a quienes regresan a su terruño, la bienvenida a quienes vienen del extranjero, son todas ocasiones en que suele beberse licor..., y es importante evitar el rápido paso de la alegría a la tragedia.

Muchos de los peruanos que poseen automóviles, además, tendrán que romper con parte de nuestra cultura de ostentación: para ellos, ser vistos llegando o saliendo de una reunión social en taxi es una condición indigna. Esperemos que el temor a dos años sin brevete los haga entrar en razón.

Otra medida complementaria para evitar los accidentes de tránsito vinculados al alcohol sería incluir en todas las botellas de licor esta frase:”El exceso de este producto es dañino para la salud. Manejar bajo efectos de licor lleva a la suspension del brevete.” Se trata de una etiqueta que aparece en Colombia, Chile, Ecuador, México y muchos otros países, pero en el Perú, los fabricantes y distribuidores de bebidas alcohólicas han protestado, señalando que atenta contra sus intereses. Acaso deberían pensar que su principal interés debería ser mantener vivos a sus clientes.

Ante la inminente llegada de la nueva empresa cervecera, corremos el peligro de ser víctimas de un bombardeo publicitario de: “Disfruta de la vida, bebe licor”. En ese contexto, restringir la publicidad de cerveza y licor a partir de las diez de la noche, podría ser otra disposición oportuna.

Referirse a los problemas que el alcohol genera en la vida cotidiana no es un asunto vinculado a la moral o la religión, sino a buscar una sociedad más segura para todos. Conviene tener en mente que la mejor forma de evitar los accidentes es cuando se asume que son posibles y se toman las medidas de precaución. Al parecer los peruanos necesitamos la amenaza de la sanción para aprender a cuidarnos. Ojalá que, como sucedió con el cinturón de seguridad, internalicemos esta nueva disposición.


Este artículo fue publicado en La República

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