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REFLEXIONES PERUANAS N 9: 150 AÑOS DESPUÉS, EL RACISMO ES DIVERTIDO Y ELEGANTE

Publicado el 20/11/2004

“Han elegido a un mono como Secretario General de las Naciones Unidas”. Esa frase, no provenía de un integrante del Ku Klux Klan, sino del profesor de una prestigiosa universidad limeña. Como muchos otros peruanos, consideraba aceptable realizar bromas que comparaban a los negros con animales o les atribuían deficiencias intelectuales. Es tan normal hablar de esta manera, que, con frecuencia, estos comentarios se dirigen en público a los propios afroperuanos. He escuchado, por ejemplo, al Presidente de una Corte Superior dirigirse así a un subordinado suyo, en medio de la algarabía de los vocales. De hecho, por casi quince años, la televisión nacional mostró el vergonzoso espectáculo de las humillaciones racistas que Augusto Ferrando profería contra sus víctimas.

Este 3 de diciembre se cumplen 150 años del decreto por el cual Ramón Castilla abolió la esclavitud de los negros, pero algunas empresas todavía lucran ofreciendo la nostálgica y perversa reminiscencia de aquellos tiempos en que había un sector de la población condenado a servir a los demás. Como en las haciendas de antaño, en diversos hoteles, restaurantes y casinos limeños, parece muy elegante ubicar un portero negro en la entrada, recibiendo con sumisión a los clientes de piel más clara. Aunque parezca chocante, en algunos de esos hoteles se realizan a veces seminarios sobre gobernabilidad, reconciliación o ciudadanía.

La ubicación exterior del empleado negro tiene otro simbolismo, aún más cruel: mostrar que los negros no podrán ingresar y se quedarán fuera del local. De hecho, en locales racistas como Mística o Gótica, el encargado de llevar a cabo la segregación es un negro, que protege el espacio étnico de sus empleadores. El “seleccionador racial” no sólo impide el ingreso de peruanos mestizos o andinos, sino que, inclusive, si llegara alguien de su propia familia, se vería obligado a prohibirle el ingreso.

En el colmo del mal gusto, uno de estos locales, ubicado en la avenida Conquistadores de San Isidro, se llama Masai, que es el nombre de un importante grupo étnico africano, que habita en Kenia. Allí, hace pocos días, un reportaje de Frecuencia Latina mostró como dos afroperuanos eran impedidos de ingresar... por el portero negro. El dueño, un joven empresario venezolano, negó lo ocurrido, pero otras personas han tenido experiencias similares anteriormente y en Caracas existe otro Masai con la misma mala reputación.

No es el único caso en que un empleo “típico” de afroperuanos tiene lamentables connotaciones. Acaso para demostrar a sus clientes lo placentero del pasado colonial, existen empresas que ofrecen almuerzos o recepciones con platillos peruanos, servidos por mujeres negras, vestidas a la usanza de las antiguas esclavas. De igual forma, algunas agencias funerarias ofrecen servicios de lujo, en los que el féretro es llevado solemnemente por cargadores negros.

Como para simbolizar esta identificación de los negros con el servicio al prójimo, este año más de dos millones de guías telefónicas fueron distribuidas por la empresa Telefónica del Perú con una carátula donde el personaje negro aparece sirviendo a todos los demás.

Es verdad que también existen historias exitosas, desde Susana Baca hasta algún futbolista, como sucede en todo grupo discriminado. Sería un error, sin embargo, quedarnos en las excepciones: la abrumadora mayoría de afroperuanos enfrenta estereotipos negativos, prácticas de selección laboral adversa, represión policial indiscriminada, prohibición de ingresar a locales públicos y una presentación grotesca en los medios de comunicación. Las otras víctimas principales del racismo, mestizos y andinos, son finalmente una mayoría en el Perú, mientras los negros son una minoría que todos los demás grupos perciben con desconfianza. En su caso, la mejora de su capacidad económica o el acceso a la educación no altera los prejuicios en su contra.

Una manifestación más estructural de discriminación son los elevados niveles de pobreza que continúa padeciendo la población afrodescendiente. Su pobreza se invisibiliza, porque ellos son también invisibles para muchos peruanos. El humor, como ocurría con La Paisana Jacinta, tiene la perversa consecuencia de que sus problemas no son tomados en serio.

Muchas veces, se busca hacerlos desaparecer de la memoria histórica. Por ello, las actividades por los 150 años de la abolición de la esclavitud han sido casi desapercibidas. Hace poco, en el despacho del Presidente de la Corte Suprema de Bolivia pude ver el retrato de un mulato, con uniforme militar. Era Simón Bolívar, que normalmente representamos en el Perú como un hombre blanco.

De manera personal, muchos peruanos mestizos, interesados en rastrear sus antepasados europeos, por curiosidad, orgullo o para obtener un pasaporte comunitario, prefieren olvidar su ascendencia africana o indígena.

Curiosamente, el profesional que hacía chistes a costa de Kofi Annan, tiene también en sus rasgos dicho origen. Ahora, les ha comprado a sus hijos polos de la campaña contra el racismo y los ha enviado a un colegio donde se enseñan valores de tolerancia. ¿Qué ha pasado? Probablemente, el tiempo y una serie de experiencias personales lo han reconciliado con su propia identidad. Sería necesario que el país aprendiera a hacerlo y que pudieran darse cuenta que el racismo no es elegante, ni da risa.


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