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REFLEXIONES PERUANAS N 10: QUIÉN MALTRATA A LOS QUE VIVEN LEJOS DE LARCOMAR

Publicado el 21/11/2004

Como ocurrió cuando fue cancelado el programa “La Paisana Jacinta”, la multa a la discoteca Aura, en el centro Larcomar, ha significado una gran satisfacción a muchos ciudadanos que luchan por una sociedad más justa. Ni el abolengo ni las vinculaciones del propietario, Francisco Belaúnde, pudieron impedir una multa de 112,000 soles (más de 30,000 dólares), la más elevada aplicada por Indecopi a un local racista.

Sin embargo, la existencia de estos establecimientos manifiesta solamente una parte de un fenómeno mucho más extendido y arraigado de lo que desearíamos aceptar. Después de todo, acudir a un centro de diversión privado es una decisión voluntaria, pero millones de peruanos que viven en las zonas rurales se ven maltratados en establecimientos a los que obligatoriamente deben acudir: las dependencias estatales.

Desde las postas médicas hasta los colegios, el campesino andino es visto como un ser inferior, al que se puede humillar con la mayor impunidad. Obstetrices, profesores o policías ridiculizan su forma de hablar y de vestir, se burlan de sus creencias y los tratan como tontos o ignorantes. Creen que pueden tutearlos, tengan la edad que tengan, mientras esperan ser tratados de usted. No pierden la oportunidad de mostrar el fastidio que les produce tener que trabajar en ese lugar... y especialmente con ellos.

Con excepciones destacables, la mayoría de agentes estatales se comportan como si su función no tuviera mayor relación con los campesinos: ni los maestros se preocupan por su educación, ni las enfermeras por su salud ni los policías por su seguridad. Muchos campesinos los perciben como personas que cobran un sueldo y se creen con derecho a tratarlos mal. Cuando los campesinos no hablan castellano, el maltrato es mayor, sea hacia nativos amazónicos o comuneros de lengua quechua.

El menosprecio que sufren los campesinos es un factor que debe ser tomado en cuenta al analizar diversos procesos sociales. Por ejemplo, en el indignante caso de los ronderos de Moyobamba, uno de los factores que incidió en su injusta condena fue el profundo desprecio que sentían hacia ellos los magistrados. Precisamente, la expansión de las rondas campesinas, desde Cajamarca hasta Carabaya, nos revela que, ante el desinterés del Estado por proporcionar seguridad y justicia a los campesinos, ellos se han visto obligados a asumir esta tarea... con mucho más éxito.

En estos dos últimos temas, se advierte la responsabilidad de todo el aparato estatal: la legislación peruana considera que la mayoría de crímenes que se cometen contra los campesinos no ameritan sanciones severas, “por su escasa gravedad”, según cuantías elaboradas pensando en el poder adquisitivo de los sectores urbanos. Sin embargo, también la comisión de delitos graves es apreciada con indolencia por las autoridades: el alcohol metílico se transporta y vende ante sus ojos, pero como es un producto que sólo consumen los campesinos, pero ni policias ni fiscales consideran su deber hacer cumplir las leyes que lo prohiben. Ni siquiera existe preocupación por traducir las leyes a sus idiomas.

Lo más terrible, claro, es que los funcionarios públicos asesinen campesinos y para ello no es necesario remontarnos a los autoritarios tiempos de Belaúnde, García o Fujimori. El pasado 27 de noviembre se cumplió un año de la muerte de Efraín Arzapalo, presidente de la comunidad de Matacancha (Junín). Arzapalo protestaba con otras comunidades contra la contaminación por relaves mineros del lago Chinchaycocha, cuando murió de varios disparos en el pecho realizados por la policía, empeñada en desbloquear la carretera. Este año se han producido cinco casos similares: Enrique Mega, en Pucalá; el rondero piurano Reemberto Herrera, que participaba en una protesta contra la empresa minera Majaz y los campesinos Nicolás Gonzales, Florencio Quispe y Mauro Surco asesinados por la espalda en San Gabán.

Estas muertes tienen una lamentable similitud con las producidas durante el conflicto armado interno: los policías que matan campesinos se encuentran convencidos de que nunca tendrán que rendir cuenta por la vida de sus víctimas. En lo que va del régimen de Toledo, parecen no estar equivocados.

Evidentemente, a locales racistas como The Line, Masai o Machaska, no podrían ingresar una obstetriz de Acobamba, un profesor del río Paranapura o un policía de San Gabán. Sin embargo, en estos peruanos se manifiesta también el mismo desprecio hacia quienes consideran inferiores. Por ello, enfrentar este problema no sólo es tarea de Indecopi, sino de todo el Estado y la sociedad, si queremos una sociedad donde exista una convivencia pacífica. El racismo y la discriminación no sólo afectan los derechos del consumidor, sino que ponen en juego el ejercicio de todos los derechos fundamentales.


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