REFLEXIONES PERUANAS N 12: ¿DONDE
QUEDÓ EL ESPÍRITU NAVIDEÑO?
Publicado el 24/11/2004
El pasado 1º de noviembre, mientras los limeños
descansaban de los excesos de la víspera o se preparaban
para acudir a los cementerios, los esmerados trabajadores
de Wong, Plaza Vea, Tottus y los demás supermercados
retiraron apresurados todas las calabazas, telarañas
y monstruos alusivos a la noche de brujas y empezaron a ubicar
muñecos de Papá Noel, árboles y luces
de colores. Colocaron panetones donde había turrones,
reemplazaron los discos de música criolla por villancicos
y pusieron los letreros de grandes ofertas de todo tipo de
regalos, siempre en soles, como manda ahora la ley.
Con esto, quienes por la tarde fueron a comprar a esos locales
los encontraron inmersos en lo que normalmente se llama, el
"espíritu navideño", que en realidad
deberíamos pensar si tiene algo que ver con la Navidad
o con el espíritu.
Para los cristianos que, entre el regalo al amigo secreto,
la instalación de las luces o la degustación
de panetones, consiguen recordarlo, la Navidad se refiere
al nacimiento de Jesús, al inicio del camino de salvación
de la humanidad. Por lo tanto, es una oportunidad para reflexionar
cuánto estamos avanzando en nuestra salvación
personal y en nuestro compromiso por mejorar una sociedad
injusta, como la que nos ha tocado vivir. Este tiempo de meditación
es lo que la Iglesia denomina "adviento", por lo
cual se emplean determinados signos de luto, como las vestiduras
moradas, o la omisión del canto del gloria.
Pero, ¿puede lograr alguna reflexión sobre
sí mismo o sobre su rol en la sociedad, quien termina
atrapado entre los compradores compulsivos del Jockey Plaza,
Plaza San Miguel o el Mercado Central? Para algunos economistas,
el egoísmo, el ánimo de lucro, la ambición
de posesiones materiales y la ostentación pueden ser
los móviles del crecimiento de una sociedad. En el
Perú, estos elementos se hacen cada año más
visibles, sin que disminuyan la pobreza y la exclusión.
Lo más chocante, sin embargo, es cómo los cristianos
hemos permitido que el consumismo haya distorsionado el sentido
de una ocasión tan importante, hasta convertirse verdaderamente
en una nueva religión, con sus propios templos, preceptos,
rituales y animales sagrados.
La religión del consumismo tiene la habilidad de no
oponerse al cristianismo de manera abierta, sino que emplea
sus propias imágenes. El olvidado San Nicolás
era un obispo que pregonaba la solidaridad con los pobres.
Ahora, la imagen de Papa Noel enseña a los niños
a esperar regalos antes que a pensar en Jesús. Es quien
personifica por excelencia la Navidad actual, que hace a los
niños más egoístas... y por lo tanto
menos cristianos. La gran cantidad de avisos abiertamente
dirigidos a los niños hace que ahora éstos exijan
sus juguetes (y no esperen una sorpresa, como antaño)
y los padres actuales tengan la satisfacción o la angustia
de complacerlos, haciendo de paso la felicidad de publicistas
y comerciantes.
Paulatinamente, la mayoría de símbolos se van
centrando en el consumismo: los renos, trineos, duendes, gorros
rojos, todos elementos ajenos a la Navidad (y al clima veraniego
con que la celebramos en el Perú). Por ello es lógico
que los lugares donde más se lucra a costa de las debilidades
humanas, como casinos, hostales o licorerías, empleen
con profusión estos símbolos en su decoración.
La misión de Jesús, su opción por nacer
en medio de la pobreza, la salvación de la humanidad,
quedan como unos pensamientos inoportunos.
La comercialización de la Navidad no es un hecho nuevo.
Hace muchos años, un boletín de mi antigua parroquia
ya advertía que era una fiesta religiosa "prostituida"
por los comerciantes. Pensar que en aquel entonces nadie habría
imaginado recibir con el periódico catálogos
navideños de Saga o Ripley de casi un kilo de peso.
Nadie habría pensado que un desfile de moda para niñas
(que aprendan desde pequeñas a despreciar a quien no
usa Bugui o Kids Made Here) en el Country Club sería
considerado una "tarde navideña". No se habría
podido imaginar todas las creativas formas de ayudar a los
pobres, entregando dinero a quienes no lo son.
Cuando Jesús vio como el templo de Jerusalén
había sido tomado por los cambistas y los vendedores
de palomas, se produjo su única actitud violenta que
refieren los Evangelios. El acogió a prostitutas, publicanos
o leprosos, pero fue durísimo con quienes habían
profanado un lugar sagrado. Ahora, a nosotros nos toca hacer
más humana y cristiana esta celebración: evitar
los excesos en alimentos y bebidas en un país de tantos
pobres y excluidos. No derrochar en decoraciones navideñas
la cantidad que equivale a lo que gana en una semana un vigilante
o un cobrador de combi. Enseñar a los niños
a dar antes que a recibir. Mostrar más austeridad,
reflexión y... en aquellos cuyas creencias lo permiten,
hacer una oración. Es extraño que pensar en
rezar durante nuestras navidades consumistas parezca fuera
de lugar. En realidad, debería ser lo único
que siempre debería estar presente..
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