REFLEXIONES PERUANAS N 13: BASTA DE
RACISMO: LOGROS Y RETOS DE LA CAMPAÑA
Publicado el 01/12/2004
Unas antropólogas, vinculadas al movimiento indígena
de su país, me preguntaron la semana pasada: “¿Cómo
pudieron lograr que un canal de televisión cancelara
un programa racista? En nuestro país sería imposible
algo similar”. “Lo único que hicimos fue
intentarlo”, les respondí, sorprendido que se
hubieran enterado del asunto.
A los pocos meses de haber comenzado la campaña contra
el racismo, sentimos al mismo tiempo mucha satisfacción
por los logros obtenidos y mucha responsabilidad por los retos
que se abren para el futuro. La discoteca Aura, cuyas prácticas
de selección racial comprobamos repetidas veces ha
sido multada con 112,000 soles. La grotesca representación
de La Paisana Jacinta ha sido retirada inclusive de la página
web de Frecuencia Latina. Desde parroquias, universidades
e instituciones públicas y privadas, se organizan charlas,
seminarios o foros sobre el racismo en el Perú con
los públicos más diversos.
Sorpresivamente, la sociedad comienza a prestar atención
a un problema fundacional, es decir un asunto que no podemos
soslayar si queremos garantizar la convivencia pacífica
entre los peruanos. Muy lejos de acá, cuando durante
los años sesenta, Malasia y Singapur lograron su independencia,
los nuevos gobernantes advirtieron que entre sus ciudadanos
existían diferencias religiosas, raciales y culturales
muy marcadas, pero, que, sí querían mantener
su viabilidad como naciones, era fundamental que estas diferencias
no se convirtieran en motivo de exclusión. Cuatro décadas
después, ambos países no sólo son sociedades
prósperas, sino especialmente mucho más equitativas.
Una serie de políticas sociales, junto con un minucioso
cuidado para evitar las posibles formas de discriminación
han permitido la convivencia entre musulmanes y cristianos,
indígenas e inmigrantes.
En el Perú, no sólo la Independencia fue una
oportunidad desperdiciada para enfrentar las diferencias entre
los peruanos, sino que a lo largo de nuestra historia no hemos
sido capaces de reflexionar sobre las consecuencias de mantener
a millones de compatriotas sometidos a una situación
de exclusión. Las peores consecuencias se produjeron
hace relativamente poco tiempo: 50,000 campesinos andinos
asesinados en medio de la indiferencia general.
Cuando hace cinco meses un grupo de personas nos reunimos
en la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos para enfrentar
la problemática de la discriminación racial,
no estábamos pensando solamente en discotecas o programas
de televisión, sino en que el racismo genera que los
derechos fundamentales de muchos peruanos no sean respetados.
No es casualidad que ningún soldado haya sido condenado
por violar campesinas durante los años ochenta, o ningún
médico ha sido sancionado por practicar esterilizaciones
forzadas durante los noventa. Cuando las víctimas de
un crimen son los sectores discriminados, el país puede
continuar una vida normal, sin mayor clamor por justicia.
Creemos que al haber mostrado al racismo como un tema al
mismo tiempo profundo y cotidiano, que explica problemas sociales,
pero también afecta nuestra autoestima a nivel individual,
se ha logrado que muchas personas se involucren a una campaña
sin mayores recursos económicos. El principal recurso
con que hemos contado en estos meses ha sido el esfuerzo y
la dedicación de quienes se sienten comprometidos para
enfrentar este problema. Hay quienes han pasado varias noches
en extenuantes operativos con Indecopi (no me tocó
a mí ser el héroe nocturno, por si acaso) y
quienes han debido enfrentar la mayor intolerancia al pretender
recoger firmas de adhesión o simplemente pasear con
un polo con la leyenda Basta de Racismo.
De manera constante y esforzada, miles de personas han recogido
firmas en todo el Perú. Muchos de ellos, espontáneamente
bajaron de la internet los planillones. En las últimas
semanas, han llegado las adhesiones de los universitarios
de Tacna, los ronderos de Chulucanas, los campesinos de Carabaya,
los Jueces de Paz de Huánuco y Ayacucho, las defensoras
comunitarias de Yanaoca, los nativos huitotos y cocamas que
viven en el río Napo, a dos días de Iquitos.
A veces fueron los integrantes de una ONG quienes aprovecharon
diversas actividades para conversar con la población
sobre este problema. A veces, fueron las monjas o los líderes
juveniles de una parroquia, quienes antes que terminara la
misa invocaron a la población a firmar. En algunas
ocasiones, un profesor explicó el tema a sus alumnos.
En otras, se produjo la situación inversa: “Ya
cinco alumnos diferentes me han pedido que me adhiera”,
me comentó una profesora de la Universidad Católica.
Actualmente, con la discoteca racista multada, el programa
La Paisana Jacinta fuera del aire y más de 16,000 firmas
de respaldo sentimos mucho aliento para seguir adelante. Para
los próximos meses existen muchas tareas concretas,
desde la reforma de la legislación a nivel penal y
administrativo, hasta replantear la conducta de los funcionarios
estatales y la publicidad racista. Varias empresas han llamado
para conversar respecto a cómo tener un enfoque publicitario
diferente.
Enfrentar un problema fundacional no es tarea fácil,
pero estamos seguros que cada vez más peruanos se incorporarán
a esta lucha y que en los próximos meses, logros que
ahora no imaginamos se harán realidad.
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