REFLEXIONES PERUANAS No. 18: ¿TODAVÍA
SEGUIMOS EN LOS TIEMPOS DE MARIANITO?
Publicado el 13/01/2005
Ancón, verano de 1956. Jactancioso y distraído,
maniobra su yate Mariano Prado Sosa, llamado Marianito, hijo
del dueño del próspero Banco Popular y sobrino
nieto del ex Presidente Manuel Prado. En su imprudencia, ingresa
al área donde se encontraban los bañistas y
mata con su embarcación a una joven. Aunque la familia
de la víctima era de clase media, las influencias familiares
logran que el proceso penal contra Marianito sea archivado.
A los pocos meses, su tío Manuel es elegido nuevamente
Presidente.
Costa Verde, 11 de diciembre del 2004. Ocho universitarios
son atropellados por Celso Pastor Belaúnde, sobrino
del difunto Presidente Belaúnde y cónsul honorario
de Finlandia, en estado de ebriedad. Las leyes ordenan su
inmediata detención, pero los policías de la
Comisaría de Miraflores permiten que salga en libertad
y huya de la justicia.
Han pasado casi cincuenta años desde el incidente
en Ancón y, lamentablemente, todavía la posición
social, el apellido o el color de la piel parecen seguir siendo
importantes para definir la actuación de las autoridades
cuando se comete un delito. La concepción de que todos
los peruanos somos iguales ha estado presente en las doce
Constituciones peruanas, pero no ha sido internalizada por
los funcionarios estatales y esto es visible especialmente
en las instituciones a cargo de la seguridad de los ciudadanos.
Quizás habría que recordar que cuando se consolidan
las fuerzas policiales, en las primeras décadas del
siglo XX, no estaban pensadas para actuar al servicio de la
ciudadanía, sino de los sectores dominantes, es decir
para proteger a unos peruanos de otros. La policía
actuaba obedientemente para reprimir una movilización
por la jornada laboral de ocho horas, o a unos campesinos
descontentos con el despojo de sus tierras. En todo caso,
a la llamada “ciudadanía” pertenecían
en aquellos días, muy pocos peruanos.
La migración, la expansión de la educación,
la Reforma Agraria, modificaron la estructura de la sociedad
peruana, pero, a pesar de ello, muchos uniformados todavía
dividen a los ciudadanos entre aquellos a quienes se les teme
y aquellos de los que se puede abusar. La peor prueba de ello
ocurrió durante los años ochenta, cuando se
perpetraron en Ayacucho crímenes cuyos autores jamás
habrían imaginado cometer en Surco o Pueblo Libre.
Una muestra más reciente, igualmente trágica
e injusta, ha sido la muerte de Christian Venancio el pasado
miércoles 5 durante un operativo dispuesto por la Municipalidad
de San Isidro para reprimir a los vendedores ambulantes que
“afean” la avenida Javier Prado. Jamás
un policía municipal o un sereno pensaría en
tocar o alzar la voz frente a un vecino del distrito, pero
a un indefenso vendedor de agendas, los efectivos asumieron
que podían maltratarlo con toda brutalidad. Varios
vendedores han mostrado cicatrices y hematomas producto de
otros operativos municipales... y es frecuente que en varios
distritos estos protectores de los vecinos roben impunemente
a los vendedores su mercadería.
En las zonas rurales, la situación es aún más
grave: el año 2004 los campesinos Enrique Mega (Lambayeque),
Reemberto Herrera (Piura), Florencio Quispe, Mauro Surco y
Nicolás Gonzales (Puno), murieron asesinados por efectivos
policiales. A diferencia de lo ocurrido con Christian Venancio,
no ha habido detenciones, ni entrevistas en televisión
a los familiares, ni demandas por indemnización.
En general, para muchos campesinos su experiencia durante
el régimen de Toledo es que la policía no defiende
sus derechos, sino a los grupos locales de poder. Por ejemplo,
muchos habitantes de Huamachuco, Quiruvilca y Tayabamba, en
la olvidada sierra de la Libertad, se quejan de que se destinan
amplios contingentes policiales para proteger a las empresas
mineras que allí funcionan, mientras ellos se encuentran
inermes ante los abigeos y otros delincuentes. Solamente en
casos excepcionales, como Bambamarca y Chota, se aprecia que
la policía respeta a la población rural y coordina
con las rondas campesinas.
Al otro lado del espectro social, pretender intervenir ante
un delito puede inclusive suscitar indignación o violencia.
Hace unos meses, dos policías acudieron a comprobar
las denuncias por discriminación racial en el local
Masai de la avenida Conquistadores, en San Isidro. Uno de
los dueños salió a gritarles a ellos y a los
denunciantes, logrando amedrentar... a los policías.
Como usted supondrá, éstos, por sus rasgos físicos,
se encontraban entre los peruanos a los que no se les permitía
ingresar.
En un reciente sociodrama, unas mujeres policías mostraban
que algunas personas de clase alta, no sólo se niegan
a aceptar una sanción, sino que inclusive les parece
una insolencia que una de ellas se atreva a darles indicaciones.
He sabido de varios infractores a normas de tránsito
que han buscado usar sus influencias políticas para
vengarse de los y las “insolentes”.
El inicio del año 2005 ofreció una nueva muestra:
un establecimiento en una playa del sur de Lima fue incendiado
y saqueado, lo cual implicaría una pena de hasta 10
años de prisión. Sin embargo, el origen social
de los involucrados ha permitido que no sean procesados por
estos delitos. Se acepta la justificación de que habían
sido estafados por los organizadores de una fiesta, con una
permisividad que jamás se aplica cuando los autores
de un delito pertenecen a otro sector de la población.
En el interior de todas las instituciones públicas
(y también de la prensa) es urgente una reflexión
para tratar a los ciudadanos según sus actos, no su
ubicación social o sus rasgos físicos. No permitamos
que mientras unos saquean e incendian impunemente, otros sean
asesinados por vender agendas. No permitamos que nuestro país
sea una democracia ficticia, como lo era en los tiempos en
que Marianito Prado se paseaba en su yate ante las playas
de Ancón.
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