REFLEXIONES PERUANAS No. 24-OLAS,
PLAYAS, DISCRIMINACIÓN E INFORMALIDAD
Publicado el 04/02/2005
En el extremo norte del Perú, no todos los turistas
son bienvenidos, al menos si acuden a determinados lugares.
Un domingo, a las dos de la tarde, una familia tumbesina ingresa
al hotel Costa Azul, que tiene un restaurante al lado de la
pequeña piscina.
“¿Los señores a qué vienen? ¿Van
a consumir?”, pregunta con altivez la propietaria, como
si hubiera alguna otra razón para ingresar.
Los visitantes asienten algo sorprendidos, acaso pensando
que la entonación despectiva de la señora era
parte de su acento limeño.
-Está bien, pero no pueden pasar al restaurante, porque
hay muchos huéspedes. Al fondo hay otras mesas.
En realidad, el restaurante está desierto. Simplemente,
la señora no desea que los tumbesinos, de piel más
oscura y menos esbeltos que sus habituales huéspedes,
perjudiquen la imagen “exclusiva” de su establecimiento.
Felizmente la temeraria familia no la pasó mal, porque
se ubicó cerca de la hermosa y amplia playa de Zorritos
(donde hay muchos otros restaurantes y hoteles, por si este
local le ha causado mala impresión). Sin embargo, este
trato poco profesional y discriminatorio es propio de algunos
nuevos hoteles abiertos en las playas del norte, cuyos dueños
limeños pretenden orientarlos a quienes consideran
“de su propio nivel”, según evidentes criterios
raciales, sociales y de nacionalidad. En estos lugares no
existen tarifas por escrito y quien pretende alojarse debe
resignarse a regatear o a sospechar que no todos los visitantes
pagan igual... o serán admitidos.
Es verdad que existen entidades estatales que deberían
velar por los derechos de los veraneantes, pero en general,
estos lares parecen estar fuera del alcance de las leyes peruanas.
Por ejemplo, entre Aguas Verdes y Máncora circulan
libremente ómnibus llenos de turistas y camionetas
4x4... sin placa. Son vehículos que provienen del Ecuador,
donde suele haber restricciones en la disponibilidad de esta
identificación que es obligatoria en el Perú.
Al parecer, existe la percepción de que ninguna autoridad
debe estorbar a los turistas... y a quienes buscan ganar dinero
a costa de ellos. La verdad es que la inversión privada,
en un entorno de informalidad, no genera bienestar, sino que
termina jugando un mal rato a los supuestos beneficiarios.
En ningún lugar es tan visible esta relación
entre turismo e informalidad como en la tumultuosa Máncora,
que parece empeñada en emular al caótico Aguascalientes,
salvo que turistas y vendedores emplean menos ropa.
El pueblo es atravesado por la carretera Panamericana, lo
cual implica que los camiones, ómnibus y mototaxis
deben sortear bañistas descalzos por una pista más
estrecha que una calle del centro de Lima. Las veredas están
rotas, incompletas o generalmente no existen. Empresas que
suelen pretender una imagen de modernidad como Ormeño,
Civa, Cruz del Sur o Línea, no tienen terminales y
descargan pasajeros y bultos en plena pista.
Salvo que visiten un pequeño paseo, donde se venden
hermosas artesanías, la mayoría de turistas
se ve forzada a caminar por la carretera. A algunos parece
gustarles, por el sentido de inmortalidad que da la combinación
de playa, sol y licor. Se trata de una ilusión, naturalmente,
como comprobó un distraído extranjero que arrollaron
a unos metros de donde yo estaba. Supongo que debió
correr con los gastos de curación, porque dudo que
circulen muchos vehículos con SOAT por allí.
Pude comprobar que tampoco es raro que otros entusiastas
corran el peligro de ahogarse. Los desesperados llamados para
que llegara un salvavidas tenían el mismo efecto que
llamar a Superman, porque no había ninguno, y los mismos
bañistas debieron organizarse para el rescate. En Máncora,
las tablas no sólo son para correr olas, sino que,
en casos como éste, sirven literalmente de tabla de
salvación.
La informalidad pasa por doquier a convertirse en ilegalidad.
En las cabinas de internet, los clientes fuman con toda impunidad.
Ningún restaurante tiene los precios en la puerta.
Menores de edad pueden comprar licor o drogas sin mayor restricción.
Hay avisos solicitando empleadas domésticas en Guayaquil,
con sueldos apetecibles para la mayoría de lectores
de estas páginas. “Muy sospechoso, ¿no?”,
me comentaba una veraneante. Nadie piensa en prevenir formas
de explotación sexual.
Sería lógico que la municipalidad o el gobierno
regional se dedicaran a invertir en la seguridad de los numerosos
visitantes. Sin embargo, obras como desviar la Panamericana,
edificar un terminal, colocar semáforos o rompemuelles
o siquiera construir veredas, parecen en Máncora ideas
tan exóticas como ponerse chompa. Es preferible gastar
en las típicas obras de los lugares pobres, como renovar
plazoletas, que permiten colocar placas conmemorativas.
Un mancoreño, que vive en Piura, me comentaba que
su pueblo se ha vuelto insufrible para quien desea descansar.
Como otros amigos norteños, prefiere acudir a balnearios
más tranquilos, más seguros para los niños,
sin borrachos tambaleándose, con malecones agradables
y donde se atiende por igual a limeños, extranjeros
y lugareños. Sin embargo, quienes, por un compulsivo
espíritu de pertenencia, la publicidad o la cercanía,
terminan acudiendo a los lugares de moda, merecen también
orden y respeto. |