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Reflexiones Peruanas Nº 38 : ¡YO SOLO QUIERO TRABAJAR!

Publicado el 24/04/2005

-¡Déjame trabajar, brother! declaró Jorge Merino, propietario del bar Masai, al periodista de Frecuencia Latina, que mostraba cómo se impedía ingresar a negros, andinos y mestizos a su local de la avenida Conquistadores.

-¡Tenemos derecho a trabajar! gritaban en febrero los airados taxistas de Trujillo. Siguiendo el ejemplo de Huamanga y Huancavelica, la municipalidad de esa ciudad había dispuesto convertir en peatonales algunas calles del contaminado centro histórico. Acaso queriendo mostrar su disposición respecto a los peatones, los taxistas terminaron arrollando a dos policías en plena Plaza de Armas.

Desde los conductores de combi hasta los taladores de algarrobos, desde los vendedores de medicinas vencidas hasta los choferes que transportan contrabando, millares de peruanos emplean el argumento que tienen la necesidad de ganarse la vida, para rechazar cualquier regulación a sus actividades. Muchas veces, lo que denominan trabajo genera serios perjuicios hacia los demás o es abiertamente ilegal, pero eso no parece importarles mucho.

Vivir en una sociedad implica aceptar una serie de reglas mínimas de convivencia, que puedan permitir las mejores relaciones entre los ciudadanos. En el caso de las actividades económicas, el Estado debe dictar un marco normativo para garantizar la calidad mínima de los servicios y productos que se proporcionan. De allí provienen las licencias de funcionamiento, los certificados sanitarios y las inspecciones de Defensa Civil.

Muchas personas, sin embargo, perciben todas esas regulaciones simplemente como una caprichosa limitación a su derecho al trabajo. Es verdad que el trabajo es un derecho, pero en el Perú todavía no hemos interiorizado una noción fundamental respecto a los derechos humanos y es que el ejercicio de éstos implica el deber de respetar el derecho ajeno. Honestamente, quienes promovemos los derechos humanos no siempre hemos puesto adecuado énfasis en los deberes de las personas. Es más, palabras como "deber" y "obligación" tienen aún una fuerte carga negativa para muchos oídos peruanos.

Las actividades económicas que se realizan al margen de las normas, generalmente llamadas informales, han sido muchas veces consideradas la alternativa de los más pobres. Sin embargo, la informalidad oculta también verdaderos imperios económicos, como apreciará cualquiera que se dé una vuelta por Mesa Redonda, Gamarra o el Hueco.

También empresas poderosas, que pretenden ser formales, emplean el argumento de que proporcionan trabajo a miles de familias para pretender evadir la regulación estatal. Lo hizo Lucchetti hace algunos años y ocurrió en La Oroya en diciembre pasado cuando el Ministerio de Energía y Minas pretendió exigirle a la empresa Doe Run que cumpliera sus obligaciones hacia el medio ambiente. De manera espontánea y sorpresiva se convocó a un paro provincial en defensa de la empresa. Bloquear una carretera sin duda perjudica a personas inocentes, pero hacerlo a cuatro mil metros de altura es exponer a los viajeros a serios peligros para su salud. El señor Aníbal Arbi de 60 años y la señora Susana Pánez, de 84 años, murieron de ataques al corazón cuando intentaban hacer un transbordo. Ambas muertes no les preocupaban mucho a quienes promovían el bloqueo. Finalmente, consiguieron su propósito, pues el MEM retrocedió y dictó una norma especial para favorecer a Doe Run.

Aún sin enfrentar semejantes medidas de fuerza, el Estado muchas veces renuncia a su deber de hacer cumplir sus propias normas. Todos los domingos, el diario El Comercio publica ofertas de empleo con requisitos discriminatorios, específicamente prohibidos por la Ley 26772, pero el Ministerio de Trabajo no demuestra mayor interés en sancionar a los anunciantes. Los cotidianos accidentes de tránsito y carretera revelan la falta de voluntad de las autoridades por hacer cumplir las normas existentes.

Tuvo que ocurrir la tragedia de Utopía, para que se implementaran en Lima las normas sobre seguridad en lugares públicos (en muchos lugares del Perú siguen en el papel). Debió producirse el incendio de Mesa Redonda, para que se cumplieran las prohibiciones que desde hacía varios años declaraban ilegal la venta de productos pirotécnicos.

Sin embargo, ante nuestros propios ojos se ha producido un ejemplo de que no se necesita una desgracia para que el Estado actúe con eficacia en beneficio de todos. Hace pocos años hubiera parecido imposible lograr que los taxistas se inscribieran en la respectiva municipalidad, colocaran banderitas refractarias y el número de placa en las puertas y compraran el casquete blanco. Poco a poco, va quedando en el pasado el servicio informal de taxis, que era fuente de muchos peligros.

Un corresponsal del Financial Times, que ha sido testigo de la impunidad con que se produce la discriminación racial en Lima, sostiene que cuando el Estado se muestra débil, los demás actores tienden a abusar, para maximizar sus intereses. La conclusión a que llegaba es que si el Estado peruano es débil es porque ha elegido serlo. Todos los días, los ciudadanos pagamos las consecuencias de esta elección.


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A quienes siguen el tema del racismo, les informo que entre los principales auspiciadores de Jacinta (RP 34) se encuentran el grupo Añaños (néctar Pulp y Kola Real), el restaurante El Mordisco, Fanta y Nestlé (Lentejas D'Onofrio).

Respecto a las sanciones para responsables de graves violaciones de derechos humanos (RP 37), esta semana el militar argentino Adolfo Scilingo fue condenado en España a 640 años de prisión por las ejecuciones extrajudiciales de decenas de personas. Acaso para Collins Collantes, Mario Caldas, José Luis Chávez o Luis Pérez Dócumet su destino será una cárcel española.

Finalmente, desde la lejana Camboya, Raquel Yrigoyen me recuerda que no debo dejar de colocar el nombre de la página web donde aparecen todas las Reflexiones Peruanas: www.cemisa.com.pe/reflexionesperuanas/

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