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Reflexiones Peruanas Nº 42: MUERTES EN LAS CARRETERAS. OLVIDO E IMPUNIDAD

Wilfredo Ardito Vega
Responsable del Area de Derechos Sociales, Económicos y Culturales de Aprodeh

Corongo, 7 de mayo: 40 muertos. Pomabamba, 19 de abril: 23 muertos. Huarmey, 18 de abril: 15 muertos. Tayacaja, 9 de marzo: 19 muertos. Casma, 9 de febrero: 15 muertos. Moyobamba, 2 de febrero: 11 muertos.


Lo que usted acaba de leer constituye el saldo de apenas algunos de los accidentes de carreteras que se han producido en los primeros meses de este año. En otro país, esta oleada de tragedias, la exigencia de sanción para los responsables y las medidas para impedir que hechos similares se repitan, serían temas de interés nacional.


En el Perú, lamentablemente, otras parecen ser las prioridades para los medios de comunicación, los políticos y aún para sectores que se consideran progresistas. Una primera explicación es la tradicional indiferencia de los peruanos más afortunados hacia lo que ocurre en el llamado “el interior del país”. Así ocurrió hace unas décadas, mientras la violencia política se concentraba en los departamentos pobres y también ocurre ahora ante las muertes de niños por el frío en Puno... quince en lo que va del año.


Es frecuente atribuir la desgracia a las propias víctimas, mediante los clásicos estereotipos racistas: los campesinos son primitivos y negligentes, a quienes da lo mismo viajar en un vehículo inseguro o inclusive sobre la tolva de un camión. En realidad, para muchas personas en el interior del país no hay otra alternativa para viajar. En el caso de la tragedia más grave, la ocurrida en Corongo, Expreso Andia era la única empresa de omnibuses que prestaba el servicio en la ruta.


El mecanismo de defensa más generalizado frente a los accidentes es percibirlos como tragedias individuales y aisladas, sin mayor conexión, fruto del azar o la mala suerte. En realidad, se trata de un grave problema social, que debería ser prioridad para el Estado y la sociedad, tanto por el elevado número de víctimas, como por las causas reiteradas que los originan.


En el Perú llamamos “accidente” a lo que en realidad es el resultado de una confluencia de factores en los que existe responsabilidad humana: brevetes expedidos a cambio de dinero; vías sin señalización ni mantenimiento; vehículos deteriorados, que no pasan por revisiones técnicas (como van las cosas, sólo los peruanos de tercera edad van a saber en qué consistían éstas); choferes obligados a trabajar hasta el agotamiento. Cuando todos estos factores coinciden, sólo sorprende que no haya más “accidentes”.


En las zonas rurales, esta acumulación de factores de riesgo no es exclusiva de las empresas de transporte. También los vehículos de instituciones públicas, empresas privadas y respetables ONGs incurren en exceso de velocidad, llevan pasajeros en la tolva o pretenden adelantar en una curva pronunciada.


Para enfrentar este problema, lo primero que debemos hacer es asumir que se trata de una situación evitable. Por ejemplo, hasta hace poco La Libertad era uno de los departamentos que lideraba las estadísticas fatales, pero gracias al asfaltado de la carretera a Otuzco y las obras que continúan en la ruta a Huamachuco, se ha logrado disminuir muchísimo los accidentes.


Una carretera en buenas condiciones soluciona uno de los factores para evitar accidentes, pero subsisten todos los demás. En muchos países han sido clave las campañas de concientización por las autoridades. La desidia de éstas debería ser más que suficiente para que también la sociedad civil aceptara que ésta también es su responsabilidad. Carece de sentido pretender promover el desarrollo, el respeto por los derechos humanos o luchar contra la pobreza, ignorando la causa que puede generar la muerte abrupta de muchas personas a las que se pretende ayudar.


Antes que las personas interioricen una norma, es fundamental el temor a la sanción y éste es muy endeble en las carreteras peruanas. “A nosotros no nos hacen nada”, se jacta un chofer de la ruta Casma-Chimbote, que viaja sin cinturón de seguridad, protegido de los controles policiales gracias al aporte periódico que paga su comité. Los colectivos de la ruta Huancayo-La Oroya, en cambio, pagan a cada retén de la Policía de Carreteras de manera individual.


Muchos policías de carreteras parecen creer que su actividad consiste en dormitar en sus vehículos, hasta que aparece un conductor particular con aire ingenuo o solvente, a quien amenazan con retener el brevete por una infracción real o inventada, salvo que se comporte generosamente. Pasamayo, al norte de Lima y Virú, al sur de Trujillo, son asignaciones especialmente codiciadas. Entretanto, pasan impunemente los camiones cargados de pasajeros, los colectivos sin frenos los ómnibus sobrecargados, como el de Expreso Andia, donde doce personas viajaban de pie.

Los frecuentes accidentes mortales demuestran que en el transporte interprovincial se puede violar cualquier norma (hasta las de sentido común) sin ser sancionado. Mientras sigamos atribuyendo estos sucesos a la fatalidad, las trágicas cifras continuarán incrementándose.

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El caso de Graciela Neyra (RP 41), la adolescente prácticamente secuestrada durante cuatro meses en un departamento de San Isidro ha causado conmoción en muchos lectores. Al respecto, una buena noticia es que la semana pasada tres empleadores han aceptado suscribir los contratos de trabajo doméstico elaborados en La Casa de Panchita, donde se aprecian derechos como vacaciones, descanso de 24 horas y gratificación. Aún está pendiente saber cuál será la primera municipalidad que cumpla con el Código del Niño y el Adolescente y regule la situación de las empleadas domésticas adolescentes en su jurisdicción.

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