REFLEXIONES PERUANAS Nº 43
CRIMEN EN EL ALTO CENEPA: TOTAL DESPROTECCIÓN PARA
QUIENES MÁS LO NECESITAN
Wilfredo Ardito Vega
Responsable del Área de Derechos Económicos,
Sociales y Culturales
Dos policías en motocicleta interrumpen el tráfico,
en tres o cuatro enormes vehículos avanza una docena
de guardaespaldas... Cualquiera que viera el resguardo que
se despliega entorno a algunos funcionarios públicos,
pensaría que estamos en los peores tiempos de la violencia
terrorista. Sin embargo, la absurda muerte del obstetra Juan
Carlos Espinar, el enfermero Marcelo Huamán, el médico
Manuel Lagos y la enfermera Gladys Salazar, en el Alto Cenepa,
demuestra la inequidad en las condiciones de trabajo de los
funcionarios estatales.
Mientras ministros, congresistas o presidentes de organismos
públicos descentralizados emplean el erario público
para llegar escoltados aparatosamente al restaurante de moda,
las llamadas brigadas de élite del Ministerio de Salud
son enviadas a las zonas rurales sin requisitos mínimos
de seguridad. Los cuatro brigadistas asesinados habían
penetrado en un territorio donde no había ni policías,
ni radio, ni teléfono, ni tenían cobertura los
celulares. El crimen recién pudo ser confirmado diez
días después de producido. En el mismo aislamiento
se habrían encontrado si hubieran sido víctimas
de un accidente, por
ejemplo, al volcarse la embarcación en que navegaban.
En una precariedad similar prestan servicio muchos policías,
maestros, enfermeras o ingenieros en diversas zonas rurales
del Perú. Es muy valioso que el Ministerio de Salud
haya dispuesto la creación de estas brigadas que actúan
donde son más necesarias... pero, como en muchos otros
organismos públicos, los integrantes de estas brigadas
no están en una relación laboral, sino bajo
un contrato de locación de servicios, que no genera
beneficios sociales. Tampoco cuentan con un seguro de vida,
a pesar de los riesgos que enfrentan en su labor.
La mayoría de medios de comunicación no se
tomó la molestia en analizar las condiciones en que
trabajaban las víctimas, centrándose en reproducir
(o exacerbar) estereotipos negativos hacia la población
aguaruna, mostrada en su conjunto como seres violentos, peligrosos
o primitivos.
Cuando suceden estas tragedias, una fácil justificación
es que lamentablemente un país pobre no puede gastar
en otorgar seguridad a
todos sus trabajadores. La verdad es que los recursos estatales
se
distribuyen de manera sumamente desigual y en el Perú
se invierte exageradamente en la seguridad de quienes realmente
no lo necesitan...
o podrían financiarla con sus abundantes ingresos.
Cualquier empresa privada que siguiera una política
laboral semejante a la que mantiene el Estado peruano, sería
tildada de injusta y abusiva
por la opinión pública. El ejemplo más
visible es el de las
remuneraciones: uno de los principales anuncios del gobierno
de Toledo fue garantizar un sueldo digno para maestros, policías
y otros
empleados públicos. Tres años después
se comprueba que otros puestos
han sido considerados “más dignos” de recibir
sueldos elevados. Además de los sueldos del Presidente
y los ministros, el régimen incrementó considerablemente
las remuneraciones ya bastante elevadas de magistrados y fiscales.
Algunos de ellos ganan ahora hasta cuarenta veces más
que sus secretarias. Mientras el maestro de una comunidad
nativa debe arriesgar su vida durante cuatro días de
viaje para poder cobrar su sueldo, un afortunado consultor
o un funcionario de confianza puede ganar hasta diez veces
más, sin esforzarse demasiado.
La desigualdad se aprecia en el ejercicio mismo del trabajo:
en toda diligencia judicial los magistrados cuentan con resguardo
policial, pero las brigadas de élite se trasladan por
el país sin mayor
protección que la buena suerte. Es especialmente condenable
que el
personal que realiza un trabajo tan arriesgado no tenga ni
siquiera un seguro de vida. En Colombia, hasta los Jueces
de Paz han logrado ser incluidos en este beneficio, aunque
desarrollen su labor en los barrios más seguros. En
el Perú, las familias de los cuatro brigadistas deben
enfrentar la dolorosa experiencia de hacer plantones ante
la puerta del Ministerio de Salud para solicitar una indemnización.
Los demás brigadistas podrían exigir mejores
condiciones de trabajo, pero, dada su situación de
contratados, correrían el riesgo de perder su trabajo.
Durante doce años, decenas de ingenieros, profesores
y autoridades fueron asesinados por los senderistas. Es lamentable
que en la actualidad, el Estado siga descuidando la vida de
quienes son sus
verdaderos representantes en los lugares más apartados
del Perú. De
poco sirve nombrar “mártires de la salud”
a los cuatro brigadistas, si no se dan condiciones de trabajo
dignas a las brigadas de élite y los demás trabajadores
estatales que prestan servicio en las zonas rurales.
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Lamentablemente, el 21 de mayo murieron 43 personas en accidentes
de
carretera en Junín (RP 42). Como ya hemos señalado,
este departamento
tiene una de las más elevadas tasas de muerte por accidentes
de
carretera en relación al número de habitantes.
El tramo La Oroya-
Huancayo es escenario de todo tipo de infracciones y de permanente
corrupción policial. Eviten riesgos innecesarios quienes
viajan por allá.
Continúan las noticias preocupantes respecto al conflicto
entre los
habitantes de San Cirilo y la empresa Yanacocha (RP 11). Esta
habría
anunciado que desarrollará sus actividades a pesar
de la oposición de los campesinos.
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