Reflexiones Peruanas Nº 44: CUARENTA
AÑOS HAN PASADO ¿Y LOS CUARENTA SIGUIENTES?
Wilfredo Ardito Vega
Jefe del Área de Derechos Ecónmicos, Sociales
y Culturales
Cumplir cuarenta años puede sonar contundente a algunos
oídos juveniles o que pretenden serlo. Es probable,
como decía Dante en La Divina Comedia, que ya me encuentre
nel mezzo del camin di nostra vita (a la mitad del camino
de mi vida). Quizás podría ser aún más
optimista, dados los antecedentes familiares: a los 92 años,
mi abuelita vive sola, le encanta ensayar nuevas recetas,
ir al cine y salir de compras... acompañada, claro
está. En todo caso, me pregunto ahora, ¿cómo
será el Perú que encontraré en el 2045?
En 1965 habría parecido delirante pensar en colegios
con piscina en Comas o supermercados en San Juan de Lurigancho.
Nadie podía imaginar que cuatro años después
dejaría de azotarse a los campesinos en las haciendas
serranas o que apellidos de origen quechua llegarían
a las universidades limeñas. Pero tampoco era imaginable
un conflicto armado con setenta mil muertos o que el sistema
de transporte público, con paraderos, horarios y planos
de rutas, sería abolido por algún corrupto gobernante.
En aquellos años, Oeschle, Monterrey o Scala se veían
tan inquebrantables como ahora parecen Wong o Ripley. La vida
de los niños de clase media era muy inocente: a las
8 de la noche un muñequito anunciaba en televisión
que debíamos irnos a acostar... y todos obedecíamos.
Los niños de entonces no imaginábamos un mundo
en que los niños pudieran sugerir (o exigir) dónde
comer o qué comprar.
Para el año 2045, todos los hijos de mis hermanos y
mis amigos, incluyendo aquellos que he sostenido en brazos
con bastante nerviosismo, tendrán entre cuarenta y
cincuenta años. Me pregunto si a esa edad serán
personas comprometidas con su país, como sus padres
desean serlo, o si estarán mas bien desesperanzados
y frustrados.
En 1965, muchas personas se sentían impulsadas a promover
la justicia social. Ahora, aún los jóvenes parecen
derrotados antes de tiempo y terminan convirtiendo las formas
de evasión en fines en sí mismos, siendo el
consumismo el más suave de todos. A menudo, además,
se trata a los jóvenes como a los niños (de
esta época): no se les puede exigir ni siquiera que
lleguen temprano a sus propios exámenes.
Sin embargo, yo estoy convencido que los cambios positivos
para el Perú en los próximos cuarenta años
dependerán de los propios ciudadanos. Como van las
cosas, pareciera que el país no saldrá adelante
gracias a los gobernantes sino a pesar de ellos. Por eso,
me parece que los peruanos les damos todavía excesiva
atención a quienes no lo merecen. Yo llevo casi doce
años alejado de los noticieros y pienso seguir así
unos cuarenta más. No comprendo a mis compatriotas
que empiezan y terminan el día atormentándose
con políticos cínicos y sus escándalos
efímeros, que a los quince días todo el mundo
ha olvidado. Algunas personas sostienen que deben ver los
noticieros “para informarse”, como si no hubiera
otra manera. Además, la manera de difundir las “noticias”
contribuye mas bien a desinformar sobre problemas de fondo
como el racismo, el analfabetismo, el tráfico o la
indocumentación.
Una sociedad menos racista, por ejemplo, generaría
individuos más seguros de sí mismos, que podrían
contribuir mejor al desarrollo nacional. ¿En cuarenta
años, seguiremos asociando status o belleza a determinados
rasgos físicos? ¿Seguirán mestizos, andinos
o negros siendo maltratados en una ventanilla bancaria o en
una librería? ¿Seguirán los problemas
de los campesinos andinos ocupando la última prioridad
para los gobiernos?
Un reto simultáneo es “deslimeñizar”
la percepción del Perú. ¿Dónde
queda Condorcanqui? La abrumadora mayoría de limeños
no lo sabe, a pesar de todos los acontecimientos que han ocurrido
allí. ¿Lo sabrán en cuarenta años
gracias a los libros de historia? ¿O seguirá
la historia oficial reproduciendo una versión sobre
la Independencia, la guerra con Chile o “la peruanidad”,
que no irrite a quienes tienen el poder?
Creo también que tenemos una opinión de nosotros
mismos mucho peor que la realidad. Enseñar a personas
muy distintas en casi todo el Perú (me faltan Pasco,
Moquegua y Huánuco) me ha permitido conocer mucha gente
valiosa, que desearía involucrarse en una sociedad
más justa y más humana... pero todavía
los paraliza la desconfianza en el prójimo. Barreras
geográficas, lingüísticas, culturales,
inclusive entre egresados de diversas universidades, separan
a los peruanos entre sí, los hacen verse con sospecha
unos hacia otros (y los mencionados noticieros contribuyen
bastante a dañar la autoestima colectiva).
Hace poco mi amiga Nicole, dejó nuevamente Bruselas
para pasar un mes en Lima, Cusco y Arequipa. El pequeño
detalle es que ya tiene ochenta años y yo espero llegar
a esa edad con su entusiasmo, su vitalidad, y su capacidad
de indignación frente a la injusticia. En los próximos
cuarenta años yo confío que podré seguir
contribuyendo a un país mejor desde lo que hago y lo
que escribo..., pero no lo podré hacer sin la ayuda
de todos aquellos que comparten conmigo su ejemplo y sus reflexiones.
A todos ellos dirijo mi gratitud, a pocas horas de haber llegado
a la mitad del camino de mi vida.
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Ya se habrán dado cuenta algunos, pero les comunico
que el sábado pasado Saga Falabella publicó
un encarte sobre casacas, con la presentación de un
modelo negro en varias fotografías (RP 42). Es un pequeño
hito, pero al parecer, los peruanos andinos y mestizos todavía
tendrán que esperar. Habrá que ver si para el
Día del Padre aparecen imágenes más variopintas.
Los ronderos de San Martín inician hoy una protesta
indefinida contra Víctor Roca Vargas, el cuestionado
Presidente de la Corte Superior, tras señalar su frustración
frente a la Oficina de Control Interno de la Magistratura
(RP 39).
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