REFLEXIONES PERUANAS Nº 45: HACIENDO
NEGOCIOS EN UN PAÍS MULTIRRACIAL
Wilfredo Ardito Vega
Imagínese usted, por un momento, que es administrador
de una nueva tienda y descubre que los empleados sistemáticamente
hostilizan a algunos clientes. Imagine que convoca a una reunión
en la institución pública donde trabaja, y los
vigilantes impiden el ingreso a uno de sus invitados debido
a sus rasgos físicos.
El maltrato al público por motivos raciales es mucho
más frecuentes de lo que comúnmente se desea
creer, como muestran los siguientes
testimonios: “Me ha pasado varios sábados, yendo
con ropa deportiva a hacer alguna gestión en los bancos
del Jockey Plaza, que ni siquiera me contestan cuando les
hablo”, recuerda el director de uno de los principales
centros de idiomas de Lima, de rasgos marcadamente andinos.
“Estaba con unos amigos italianos en un restaurante
de Puno y el mozo les entregó a todos ellos el menú
y me ignoró a mí totalmente”, señala
una economista limeña. “Fui a recoger un cheque
a una agencia de cooperación y la recepcionista me
trató de manera prepotente, porque me tomaba por el
mensajero de una empresa”, refiere un sociólogo
mestizo. Un amigo negro recuerda: “Estaba entrando con
mi esposa a la zona VIP para un concierto, con las entradas
en la mano y los vigilantes se interpusieron, para preguntarnos
qué hacíamos allí”.
Aunque hace ya varias décadas que la clase media
peruana adquirió un perfil plurirracial, muchas empresas
e instituciones aún no son conscientes de los problemas
que genera la incapacidad de su personal para tratar a sus
“nuevos” clientes. Recientemente, una empresa
transnacional de telecomunicaciones pudo descubrir que su
baja penetración en clientes andinos y mestizos se
debía a la dificultad de sus representantes de ventas
para tratarlos bien. Hace unos años, los vendedores
fueron contratados intencionalmente por sus rasgos blancos,
en la idea que darían una impresión de eficiencia.
Nadie pensó que un criterio mejor de contratación
sería que no fueran racistas. Grave
error: “Han sido formados desde niños para menospreciar
a personas de piel más oscura”, comenta un psicólogo,
“aunque así afecten la imagen de su propia empresa”.
Las consecuencias pueden ser lamentables para los negocios.
Un ingeniero indica: “Jamás nadie de mi familia
ha vuelto a ese local, porque era evidente que sólo
a nosotros nos estaban atendiendo mal”, refiriéndose
a un café de San Isidro. “Allí sólo
se preocupan por la cara de los meseros y no por enseñarles
a atender a la gente”, señala un abogado, al
divulgar entre sus amigos una mala experiencia en un restaurante
del Ovalo Gutiérrez.
Muchos empleados con actitudes racistas, no logran comprender
que están obrando erróneamente: “¿Y
por qué a ti te tendría que tratar de usted?”,
declaraba desafiante, una cajera del Banco de Crédito
en una agencia de San Isidro, cuando un cliente protestó
por el maltrato que recibía.
Además, como hemos señalado en anteriores
ocasiones, el racismo en el Perú también es
practicado hacia quienes son similares a uno. Otro ingeniero
recuerda su asistencia a un partido de tenis: “Lo más
chocante es que el vigilante que nos impedía el paso
era tan cholo como
mi papá y yo, pero creía que su función
era no dejarnos entrar”.
Si una cajera o un vigilante creen que pueden maltratar
a un cliente de clase media, piense en el trato que recibe
un campesino. Las empresas mineras deberían analizar
si el racismo de sus representantes no puede estar en la base
de su difícil relación con las comunidades.
“En ocasiones se entrega efectivamente mucho dinero
a los campesinos, pero las maneras son tan despectivas, que
difícilmente la población puede sentirse agradecida”,
revela un analista especializado en conflictos mineros.
¿Se puede revertir esta situación? Por supuesto
que sí. En primer
lugar, es fundamental admitir que el racismo está presente
en todos los peruanos. Por ello, una respuesta errada de algunas
empresas, como el Bar Etnico del Bohemia o el Dragón
de Barranco es sostener que los clientes mienten, al negar
toda posibilidad que los incidentes racistas se hayan producido.
De esta manera, sólo consiguen que el establecimiento
sea percibido como cómplice de dichas prácticas.
Es fundamental conversar sobre el tema, especialmente con
el personal que está en relación con el público,
desde vigilantes hasta vendedores.
Por ejemplo, la empresa de telecomunicaciones mencionada está
buscando asesoría especializada para cambiar los prejuicios
raciales de sus vendedores. El centro de entretenimiento Larcomar
ha solicitado charlas especiales para su personal de seguridad.
Existen también mecanismos muy simples para comprobar
las actitudes racistas que pueden tener los candidatos a un
empleo.
Ninguna empresa, institución estatal, agencia de
cooperación u organismo de derechos humanos debería
asumir, a priori, que no necesita revisar comportamientos
o actitudes racistas de sus integrantes. ¿Se anima
a hacer algunas preguntas al respecto a sus compañeros
de trabajo?
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El pasado miércoles 1º de junio, Luis Alberto
Ramírez sobrevivió a un nuevo atentado contra
su vida. Ramírez es el principal testigo en el proceso
por desapariciones y tortura contra el general Pérez
Documet.
Fue atacado a balazos en el Parque Castilla, a pocos metros
del Instituto de Defensa Legal.
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