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Reflexiones Peruanas Nº 56: APRENDIZAJE EN EL VALLE SAGRADO

Wilfredo Ardito Vega
Jefe del Área de Derechos Económicos, Sociales y Culturales

-¡Qué terrible esta crisis política! –me decían varias personas a mi retorno a Lima, con una preocupación o disgusto que a mí me parecían desconcertantes.

Curiosamente, me había salvado de la desmoralización colectiva un foro sobre Etnicidad y Exclusión, organizado en el Cusco por el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Católica. Para que mi intervención tuviera una coherencia mínima ante las de Max Hernández o Nelson Manrique, me retiré a Písac para un día de aclimatamiento, como otras veces he hecho en Ollantaytambo o Urubamba.

El hotel era una antigua hacienda colonial, con una capilla cuyos cuadros, de estilo moderno, lograban transmitir el fervor de los campesinos cusqueños. En la plaza del pueblo me atrajeron unas mesas y sillas pintadas de colores vivos. Era el café de Ulrika, una alemana que había conseguido “un nicho en el mercado”... precisamente frente al famoso mercado de Písac.

Su local transmitía una atmósfera relajante, sin la ostentación que hace desagradables algunos cafés limeños y sin los “jaladores” que hacen insoportables muchos locales cusqueños. A precios bastante módicos, podía consumirse ensaladas, sopa de quinua, lasaña, brownies con helado y otras delicias, mientras se conocía gente simpática.

Almorcé con unos franceses, interesados en el problema del racismo (“en Francia es sólo contra los extranjeros”). Les llamó la atención que me agradara visitar el Cusco, a pesar que existen establecimientos como Fallen Angel o Mamá America, que me impedirían ingresar. Un grupo de italianos me invitó una cerveza. El más joven, a punto de comenzar Derecho en Padua, me preguntaba sobre las posibilidades laborales en derechos humanos (como van el Perú y el mundo, no parece una actividad en vías de extinción).

Felizmente el café tenía muchos libros en inglés y otros idiomas, porque la altura no me permitía moverme mucho. Pasé algunas horas leyendo las memorias de una ancianita gringa que viajaba por los Andes, mientras pensaba que era curioso ver en lugares donde truena o llueve, como Viena o París, muchos locales al aire libre, para conversar mientras se ve a la gente pasar. Sería muy agradable promover más esta práctica en ciudades donde nunca llueve como Lima o en pueblos tan bellos como Andahuaylillas, donde los visitantes apenas si logran comprar una gaseosa.

También pensé en el bien que había hecho a Písac cerrar dos o tres calles al tráfico. Las vías peatonales hacen mucho más humanas las ciudades y en el Perú son todavía muy escasas. ¡Cuántos lugares podrían, además, aprovechar su tranquilidad como su principal atractivo! Por ejemplo, la comunidad de Raqchi, cerca de Sicuani, ha descubierto que sus impresionantes ruinas no bastan para atraer a los visitantes y desarrolla ahora turismo vivencial.

Naturalmente, no todo es tan apacible en el Valle Sagrado. Las combis a Ollantaytambo llevan apiñados a turistas y lugareños hasta límites de la asfixia. Los camiones hacia Quillabamba pasan demasiado cerca de las ruinas y el entorno de la estación de tren está muy sucio... porque Perú Rail no permite que los lugareños usen los baños de la estación. .

En el café, nadie parecía preocupado por cobrarme. Tuve que buscar yo mismo a Ulrika, quien se limitaba a preguntar a cada cliente en su idioma: “¿Qué consumió usted?”, con total confianza.

Esa noche, en el hotel, descubrí que no tenía mi celular. Sólo podía haberse quedado en el taxi que me había traído del pueblo. A la mañana siguiente, antes de salir para el Cusco, los taxistas que llevan turistas a las ruinas me explicaron que debía hablar con el comité de taxis locales.

Me dirigí hacia allí, sin mayores esperanzas, pero todos los taxistas reaccionaron presurosos y determinaron pronto quién debía haber sido mi taxista. Fueron hasta su casa, porque era su día libre, y a los pocos minutos, ya tenía mi celular y mis pastillas para el mareo, que también se habían caído de mi bolsillo.

-Lo vamos a castigar– dijo uno de ellos -, porque debió haber avisado. El domingo no se le permitirá taxear.

Magnánimo y conmovido, yo intercedía a favor del sancionado, señalando que no podía probarse una mala intención.

¡Qué lejanas parecían las noticias limeñas, cargadas de ambición, malicia e intrigas! En verdad, ni Ulrika, ni los taxistas de Písac habrían tenido ninguna posibilidad de modificar el derrotero de la crisis política que entonces se producía... como tampoco mis amigos limeños que se preocupaban o indignaban (RP 44). Como ha sucedido tantas veces, en algunas semanas y meses, todos habremos olvidado esta crisis. Pero yo espero nunca olvidar las enseñanzas que recibí de este hermoso poblado.


En Lima, aumentan las denuncias contra establecimientos racistas, porque su personal golpea a los clientes. En Aura le ocurrió al ingeniero Olivier Masías y en Machasqa (Bolognesi 753, Miraflores) a un economista que pretendió defender a unas amigas suyas de los vigilantes. En ambos casos, la modalidad fue producir la asfixia a la víctima dejarla inconsciente.

Ha aparecido la AFP Prima, del grupo Crédito, cuya publicidad la muestra como “una AFP de gente blanca para gente blanca”. Era de esperarse, dado que la agencia es Leo Burnett (RP 52).

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