Reflexiones Peruanas Nº 70: DERECHOS DE AUTOR Y DERECHOS HUMANOS
Wilfredo Ardito Vega
Jefe del Área de Derechos Económicos, Sociales y Culturales
Chiclayo es la meta de muchos viajes de compras desde otras localidades norteñas. Hace unos meses vi a una familia de Chepén adquirir un reproductor de DVD (DVD player lo llaman) en la sucursal de La Curacao. Como en ninguna tienda de Chepén o la misma Chiclayo, se venden videos o DVDs originales, evidentemente, el aparato en cuestión es ahora utilizado para DVDs reproducidos sin autorización legal, es decir, 4aquellos normalmente denominados piratas. Sería exagerado sostener que tiendas respetables como La Curacao, Hiraoka o Metro promueven la piratería en el Perú... pero es innegable que ésta les permite importantes ganancias.
La mayoría de peruanos solamente adquiere música o películas mediante la piratería y entre ellos se encuentran muchos agentes estatales que teóricamente luchan contra el consumo de estos productos. Yo mismo he visto a un amable vendedor ingresar a los espacios más reservados de la Corte Suprema. “Me quedo con éste para mis hijos, pero tráeme el que me falta para completar mi colección de Hitchcock”, encargaba entusiasmado un asesor, normalmente adusto.
Esta disociación entre una prohibición legal y su cumplimiento generalizado recuerdan las dificultades para imponer la Ley Seca en los Estados Unidos. Entonces, pretendió desconocerse que la mayor parte de ciudadanos no consideraba reprobable el consumo de licor. En realidad, quienes luchan contra la piratería suelen reconocer que no están enfrentando factores culturales muy presentes en el Perú. Uno de ellos es la dificultad para reconocer los derechos intelectuales y el otro, más importante aún, es la percepción de que en cualquier transacción comercial debe uno gastar lo menos posible... como aquellos amigos míos que sienten que regatearle al taxista es una
obligación.
Sin embargo, el consumo de piratería permite también satisfacer también determinadas necesidades o derechos. “Gracias a la piratería miles de personas tienen acceso a información y educación”, me dice un sociólogo, que no siente ningún problema moral en adquirir para su hija videos educativos. “Si no fuera por la piratería, sería imposible que mis hijos manejaran bien el inglés”, me dice otro amigo, profesor en un colegio particular. “Todos mis libros de la
universidad eran piratas”, recuerda un médico.
Es verdad que la protección de la propiedad intelectual es un derecho humano... pero precisamente por esto no puede serle atribuida automáticamente a las personas jurídicas, sea una distribuidora de películas o un laboratorio farmaceútico. Además, como toda forma de propiedad, no es un derecho absoluto, sino que debe ser ejercida en armonía con el bien común y los derechos de los demás. El mejor ejemplo de ello lo dieron hace algunos años, los gobiernos de Sudáfrica y Brasil cuando decidieron enfrentar el SIDA mediante medicinas genéricas, a costa de los derechos intelectuales de los grandes laboratorios, que fijaban precios elevadísimos a sus productos.
La primacía del derecho a la salud sobre la propiedad intelectual es innegable (salvo quizás, algunos representantes de los laboratorios).
Ahora bien, cabe preguntarse, entre los derechos intelectuales de la Warner Brothers o la Disney y el derecho a la educación, la información o el entretenimiento ¿cuál es la opción moralmente válida para un padre de familia de escasos recursos económicos? ¿Y para un colegio estatal o una parroquia fuera de Lima que desean proporcionar entretenimiento sano a niños o jóvenes?
Hablando de derechos, quienes en Alemania pagan 20 euros por un DVD original, tienen muchas de sus necesidades fundamentales cubiertas por el Estado, como la atención médica. En el Perú se acusa a la piratería de disminuir los recursos fiscales, porque no paga impuestos. Habría que preguntarse si a los ciudadanos inquieta mucho una pérdida de recursos que saben que no se invertirán en satisfacer
sus necesidades.
La única causa de la piratería que se viene superando es la ausencia de cines. La semana pasada, precisamente en Chiclayo, Cineplanet inauguró un nuevo complejo. Sin embargo, todavía cualquier puesto pirata tiene más variedad que el mejor multicine, sean películas europeas o aquellas producciones de Hollywood de buena calidad, pero que son bloqueadas por las distribuidoras. Para alguien como yo, todavía fiel al embrujo de la pantalla grande, sería muy triste que algunas decisiones comerciales terminaran convirtiendo a la piratería en la única opción de hacer valer el derecho a la cultura.
Algunos consideran a la piratería una especie de Robin Hood contemporáneo, porque ayuda a disminuir los ingresos de las transnacionales. Yo creo que simplemente refleja la imposibilidad de satisfacer muchas necesidades cotidianas por las vías legales.
Mientras tanto, a pocos pasos del Cineplanet de la Capital de la Amistad, el gran local de Saga Falabella vende reproductores de DVDs a todos los consumidores de piratería.. Y quienes viven en Chepén tienen además la facilidad de que La Curacao ha abierto una tienda en su ciudad.
Un gran encuentro sobre derechos de las trabajadoras del hogar se realizará el próximo 27 de noviembre en el Campo de Marte. Esperemos que en otros lugares del país se lleven a cabo actividades semejantes (RP 41).
Para una buena muestra de racismo en la publicidad (RP 52), le invitamos a ingresar a las páginas de las compañías de seguros (Rímac,
Pacífico, La Positiva, Latina, Invita, etc.). ¿Será que los
mestizos, andinos u orientales no pueden asegurarse? |