Red de Informática y Documentación en Derechos Humanos de América Latina y El Caribe (RIDHUALC)
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El despilfarro militar latinoamericano

 

El Nuevo Herald, Miami, 20 de agosto de 2001
Por Andrés Oppenheimer 

Justo cuando parecía que América Latina había dejado atrás los días de regímenes de facto y gastos militares injustificables, la amenaza de una nueva escalada armamentista le hace preguntarse a uno si la región está regresando a la edad de piedra. Por más ridículo que parezca, varios países de América del Sur --alentados por fabricantes de armamentos y la nueva política de Estados Unidos de autorizar ventas de armas sofisticadas a la región-- están planeando gastar cientos de millones de dólares en nuevos aviones de combate, en medio de una de las peores crisis económicas de los últimos tiempos. 

Lo que es aún más absurdo, algunos países centroamericanos cuyos niveles de pobreza están entre los peores del mundo, como Nicaragua y Honduras, están haciéndose acusaciones mutuas que muchos analistas temen se traducirán en un nuevas compras de armas. 

Según el Anuario del 2001 del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (Sipri), una organización que contabiliza las compras de armas en todo el mundo, los gastos militares en América del Sur subieron de $16,500 millones en 1991 a $26,300 millones en el 2000.

En América Central, el gasto militar subió de $2,200 millones a $2,900 millones en el mismo período. 

Como si esto no fuera suficiente, Chile, Brasil, Argentina, Venezuela y Colombia planean hacer compras mucho mayores, que --si se llevan a cabo--  harían aumentar enormemente los gastos militares de la región.

Brasil anunció este mes que comprará 24 nuevos aviones de combate, por $700 millones. Esta sería la primera etapa de una compra a largo  plazo de 100 aviones de combate, por $3,000 millones.

Chile acaba de anunciar la compra de 10 aviones Lockheed Martin F-16, por $700 millones, como parte de un plan de reequipamiento militar de $2,300 millones. 

Argentina, cuyos problemas financieros forzaron drásticos recortes de salarios de empleados públicos y jubilados, aún tiene --por lo menos en los papeles-- planes de comprar 10 aviones F-16 de segunda mano, según reportes de prensa.

Venezuela, el único país sudamericano que ya tiene aviones F-16, planea restaurar sus aviones y comprar una nueva generación de submarinos y fragatas, según el Sipri. En una entrevista telefónica desde Estocolmo, el analista del Sipri Siemon Wezeman me señaló que ``tras un período de estancamiento en los gastos militares, parece ser que las fuerzas armadas de América del Sur y Central se están modernizando''.

Agregó que estas compras ``no hacen ningún sentido desde el punto de vista de la seguridad nacional, porque la región no tiene el tipo de tensiones internacionales que requieren el uso de armas ofensivas''. 

Es cierto que hay unas 30 disputas territoriales no resueltas en la región. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en el Medio Oriente y Africa, América Latina tiene instituciones como la Organización de Estados Americanos (OEA) para contener y ayudar a resolver conflictos regionales.

Entonces, ¿por qué los países están comprando más armas, a pesar de dos décadas de democracia en la mayoría de ellos y una cooperación cada vez mayor entre sus ejércitos?, le pregunté al analista del Sipri.  

``Se trata de juguetes para los muchachos'', respondió Wezeman. ``Se debe a cosas como las rivalidades entre los servicios armados de cada país, y la necesidad de los militares de ser tomados más en serio''. 

Hay que reconocer que algunos presidentes de la región se están rebelando contra la nueva escalada armamentista. 

El presidente peruano, Alejando Toledo, propuso en su reciente discurso inaugural un congelamiento de compras de armas ofensivas, en una no tan velada referencia a los F-16 que está comprando Chile . (Los militares chilenos aducen que Toledo hizo la propuesta porque su país ya había comprado aviones Sukhoi y MiG, de Bielorrusia). 

Y el presidente de Costa Rica, Miguel Angel Rodríguez, fue aún más lejos, proponiendo que los países latinoamericanos hagan lo que hizo Costa Rica hace muchos años: abolir sus ejércitos. Sin embargo, ningún jefe de Estado hasta el momento ha apoyado la idea. 

No me sorprende que los presidentes democráticos de la región tengan dificultades en apoyar un congelamiento de gastos militares: muchos de ellos deben convivir con poderosos generales que deben ser pacificados mediante nuevas compras de armamentos que, dicho sea de paso, a menudo vienen acompañadas de jugosas comisiones para la cúpula militar. 

Lo que me sorprende es que, en momentos en que hay protestas sociales en toda la región por medidas de ajuste económico, no se vean manifestantes con carteles que digan ``Vendamos nuestros MiG'', o ``Invirtamos en escuelas, no en F-16''. 

Ya es bastante absurdo que América Latina desembolse casi $29,000 millones por año en gastos militares. Es difícil entender que tan pocos grupos estén protestando contra el aumento del despilfarro militar.