La República

Opinion, Félix Luna Vargas
(01 de julio del 2003)

Un plan nacional de DDHH

 

Por Félix Luna Vargas.-

Hace unos días veía la emisión de un programa de análisis político, y mientras el comisionado Carlos Tapia, de la Comisión de Verdad y Reconciliación (CVR), respondía qué significado tenía haber dicho desde la CVR que Sendero Luminoso es un partido político, constaté que el resultado de la encuesta al público arrojaba una votación de 58 contra 42 en el sentido de que el trabajo de esta crucial CVR "le hacía mal al país".
No me causó sorpresa tal resultado, me causó pena. Una de las afirmaciones del trabajo de la CVR es que la cuota más alta de detenidos-desaparecidos, torturados, violados, robados y desplazados fue la de los peruanos del ande y de nuestra amazonía, con porcentajes tan altos que si los llevábamos a escala de una ciudad como Lima, hubiesen muerto más de un millón de peruanos. Aquí está la razón fundamental de la insensibilidad que pesa como un lastre en toda nuestra vida de Nación: un vergonzoso "menos mal que no fuimos nosotros" del que algunos se ufanan como exitosa política.
En lo que estamos -y para lo que viene- vale ponerse a pensar y diseñar el cumplimiento de uno de los más importantes mandatos de la penúltima Conferencia Mundial de Derechos Humanos (Viena, 1993): que cada país establezca un plan nacional de Derechos Humanos, no como el compartimiento estanco que algunas burocracias andinas estérilmente han creado, sino uno que nos evite los tumbos, con derechos humanos interrelacionados e inescindibles, marco ético de las políticas públicas y objeto de las mismas que trasciendan orgánicamente al gobierno.
Y es que tales políticas públicas mientras no sirvan a la vida y nazcan de decisiones antidemocráticas, no sirven para nada.
A propósito, Roberto Garretón, actual Representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en América Latina y el Caribe, ha sostenido que: la política sirve para la vida o no sirve para nada, el crecimiento económico sirve para la vida, o tampoco sirve para nada, si la democracia no sirve para la vida, es, también, perfectamente inútil. Y lo mismo puede decirse de las políticas públicas.
Favorezcamos que la democracia se fortalezca al precio de que todos cambiemos de actitud. Que cada uno asuma lo que le toca hacer. Es suicida repetir errores siendo tan frescas las recientes lecciones del pasado. No basta con no robar del erario público, también hay que demostrar que no se ha puesto a otros en esa tarea o a favorecer groseramente el desgobierno, la injerencia extranjera y, peor aún, a fomentar la ignorancia.
Muy caro ha costado, y cuesta al país, la ausencia de auténticas políticas públicas programáticas, duraderas, permanentes. Los ciudadanos debemos sentir que nuestros impuestos se usan bien, que las ventajas que gozan los inversionistas no constituyen abuso y generan bienestar, también es imprescindible el mutuo respeto, que nos tratemos bien. Que el poder viva con el contrapoder en equilibrio y viceversa, que el poder no se transfigure en la práctica ominosa que avasalla y desconoce la consulta, la participación, que acalla la legítima disidencia. En esto, a unos y a otros nos interpela la verdad que nos hará libres.
Para terminar, no puedo dejar de comparar el comportamiento de nuestra ciudadanía (me incluyo), el de nuestras clases políticas y empresariales, el de nuestros militares, con la de estos mismos sectores en Chile, donde estos temas alcanzan cotas envidiables de civismo, sí. Lo pude comprobar al concurrir a un curso organizado por la Comisión Andina de Juristas y la CEPAL sobre derechos humanos.

 


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