El Comercio

María Rosa Lorbes,
Instituto Bartolomé de las Casas

(04 de diciembre del 2001)

La otra deuda interna

 

Todo el país y cada ciudadano deben entrar en un proceso de esclarecimiento y reflexión para sentar las bases de una auténtica reconciliación.

La Comisión de la Verdad y Reconciliación ha iniciado ya su trabajo público después de un período previo de organización. El camino más decisivo empieza ahora.

No me refiero con esto al desempeño de la comisión, por respetable y eficiente que esta pueda ser, sino a la responsabilidad que tiene todo el país y cada ciudadano de entrar en un proceso de esclarecimiento y reflexión y participación personal para lograr que se haga justicia, se sancione y se repare. Para sentar las bases de una auténtica reconciliación. Y que de todo ello surja un Perú distinto, mejor, una sociedad con relaciones humanas más justas, con más paz, con relaciones sociales menos discriminatorias, un país más tolerante.

La Comisión de la Verdad debemos ser de alguna manera los 25 millones de peruanos. Por eso quizá el primer trabajo de los que valoran la importancia de esta comisión sea convencer al resto de nuestros conciudadanos de la significación de este proceso.

No faltan todavía peruanos que piensan que es mejor no remover el pasado, que lo pasado pasó y que es mejor mirar hacia adelante. Olvidan que sin aprender de los errores, cualquier paso hacia delante puede estar encaminado al desastre. Habrá otros que sigan pensando que los excesos fueron inevitables para enfrentar a un enemigo feroz y peligroso. Desconocen que el fuego de la violencia no se apaga con más violencia. Puede haber también quienes presuman que las víctimas lo fueron por algo, que algo debieron haber hecho. Existen finalmente los que no han tenido ningún familiar cercano a la violencia y piensen que el asunto es cosa de otros. Persiste así en varios sectores de la población, por diferentes razones, una cierta resistencia, o quizá indiferencia, frente a la necesidad de la verdad.

Los familiares de las víctimas en su mayoría sienten de otro modo. No pueden, aunque quisieran, dejar de recordar. Sufren el vacío y el dolor lacerante del hijo perdido, el padre ajusticiado en la plaza, la hermana que desapareció. Pensando en ellos, buscar la verdad es una cuestión de vida o muerte, de solidaridad humana, de conciencia nacional. No podrán recuperar a sus seres queridos, pero tendrán el consuelo de saber la verdad y de sentir que el Estado y la sociedad, su patria en definitiva, son capaces de acoger la hondura de su dolor y hacer justicia.

Esos años de muerte y sufrimiento, esas decenas de miles de vidas segadas constituyen el saldo de una deuda, una deuda que el Perú tiene con las víctimas y sus familiares. A diferencia de lo ocurrido en otros países del continente, las víctimas de la violencia son en su mayoría peruanos pobres, gente de origen andino, campesinos, pobladores de las zonas marginales. Si los que murieron vivieran, estarían ahí, pasando hambre, buscando empleo, arrancando con demasiado esfuerzo algunos alimentos de la tierra. Las víctimas de la violencia pertenecen a ese 50% de la población que padece una pobreza secular, que son excluidos por el sistema económico, que son desconocidos y marginados por el Estado y la sociedad, que a veces son tratados como extraños en su propia tierra. Son aquellos a los que a veces tratamos como ciudadanos de segunda categoría.

El Perú tiene muchas deudas con estos ciudadanos. Deudas culturales, políticas, económicas. Defienden nuestras fronteras, nos brindan los frutos de la tierra, mantienen viva una parte importante de nuestro acervo cultural, nutren con sus votos a los políticos. Pero el país suele vivir a espaldas de ellos.

Tenemos ahora una oportunidad de demostrarles que son ciudadanos como los demás, que su dolor nos afecta, que el Perú los reconoce como hijos. Que no cesaremos hasta encontrar la verdad, que se hará justicia y se les dará la compensación que les corresponde. Porque es su derecho.

¿Saldaremos al menos esta deuda que tenemos con ellos?

María Rosa Lorbes, Instituto Bartolomé de las Casas

 

 

 

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