La República

Por Javier Diez Canseco
(04 de julio del 2001)

Una comisión de la verdad de nuevo tipo

 

El país está a la espera del nombramiento de la Comisión de la Verdad. Su nacimiento, auténtica demanda nacional para esclarecer los abusos y las graves violaciones de derechos humanos durante el régimen fujimontesinista, implica un reconocimiento oficial del Estado acerca de estos acontecimientos, como lo determinó el Decreto Supremo del gobierno transitorio del Dr. Valentín Paniagua, publicado el 4 de junio. Y el plazo para definir sus integrantes está por terminar este 5 de julio. A partir de entonces tendrá 90 días para organizar su reglamento, su plan de trabajo, definir su presupuesto y echarse a andar desde octubre próximo. Su labor deberá culminar a 180 días de la promulgación del DS, ampliables 5 meses adicionales; es decir, tendrá un máximo de 23 meses de actividad para investigar y esclarecer hechos ocurridos durante 20 años, desde 1980 hasta el 2000. Tremendo reto.
La Comisión de la Verdad en el Perú no será una innovación en América Latina o en el mundo. En realidad seremos el vigesimocuarto país en constituir una organización de este tipo buscando encarar el drama de violencia interna que, en el caso peruano, cobró más de 25,000 muertos, más de 5,000 detenidos desaparecidos, miles de lisiados permanentes, cientos de ejecutados extrajudicialmente, miles de torturados y de injustamente detenidos. La novedad de la Comisión a constituirse en los próximos días estará en sus atribuciones y en el enfoque central de su tarea.
Y es que casi todas las Comisiones de la Verdad se limitaron a echar luz sobre los hechos investigados, pero no a colaborar expresamente con someter a los autores intelectuales y materiales a la justicia. Peor aún, muchas de las referidas comisiones terminaron con las famosas leyes de amnistía, llamadas de "obediencia debida" en Argentina o de "punto final" en Chile, que exculparon de toda sanción a los criminales que operaron desde el aparato del Estado. Algunas de estas comisiones no tenían siquiera mandato para individualizar a los responsables de los crímenes: tal el caso de Chile y de Guatemala. Uno de los casos más escandalosos fue el de Guatemala, con cerca de 200,000 muertos, donde las conclusiones de la Comisión fueron prácticamente ignoradas y quedaron sin aplicación mientras se asesinó al obispo Gerardi que impulsó el proceso de Recuperación de la Memoria Histórica desde la Iglesia Católica. Es decir, las comisiones no terminaron con la impunidad de los criminales, sino que dieron paso a procesos que, más bien, la consagraban jurídica, política y moralmente, dejando las heridas abiertas. Para colmo, responsables de crímenes de lesa humanidad ócomo Ríos Mont de Guatemala o Pinochet y los criminales en Chileó asumieron cargos políticos en la Presidencia o en el Congreso.
En el Perú, la Comisión de la Verdad sí tiene la atribución de esclarecer los hechos, buscar individualizar a los responsables y contribuir con someterlos a la justicia. Este es un asunto de gran importancia, porque plantea el tema de Verdad y Justicia. Obviamente, ello supone que la Comisión contará con acceso a todas las fuentes e instalaciones que sean necesarias para cumplir su función. Lógicamente, deberá abrirse un proceso de depuración de las Fuerzas Armadas y de la PNP, así como una reorientación de las mismas. Pero la culminación del proceso implica, a su vez, un Poder Judicial depurado, limpio de los agentes e infiltrados al servicio de la dictadura y el militarismo. No olvidemos que actualmente se está "limpiando" o exonerando indebidamente de cargos a poderosos empresarios vinculados con la corrupción desde instituciones financieras o medios de comunicación. Hay que estar alerta y procesar los cambios necesarios para impedir que esto continúe o se repita en los casos de DDHH que investigará la Comisión de la Verdad. Supone también que no vendrá una "ley de punto fijo" o de impunidad luego del proceso investigatorio.
Resulta decisivo que la Comisión esté integrada por hombres y mujeres firmes, comprometidos solo con la verdad y el afán de abrirle paso en el campo político, jurisdiccional y moral. Digo expresamente, mujeres, porque la presencia de éstas dará sensibilidad a las denuncias de violaciones y abusos cometidos con miles de mujeres en este proceso, incluyendo el rapto de sus hijos e hijas. Pero la presencia de personas de diversas especialidades, habilidades y regiones del país resultará importante para el éxito de su labor.
La Comisión deberá tener algunos integrantes y ciertamente muchos colaboradores que sean quechuahablantes a efectos de recoger testimonios veraces y generar confianza con miles de víctimas de nuestras serranías, donde se cometieron las más brutales atrocidades. Evidentemente, su trabajo deberá ser descentralizado y podría apoyarse en importante participación de voluntarios en cada zona. Su instalación óy quizás su sedeó debiera ser, emblemáticamente, Ayacucho. Pero, a no dudarlo, deberá contar con el necesario financiamiento para trabajar eficazmente en tan reducido plazo, lo que exigirá buscar colaboración internacional para el efecto.
Obviamente, como lo establece el DS que la crea, la Comisión deberá abrir paso a un proceso de indemnización a las víctimas y sus familiares, junto a procesos asistenciales y médicos que les faciliten el proceso de reinsertarse en la sociedad.
Finalmente, si la Comisión de la Verdad del Perú cumple con estas funciones y presenta las recomendaciones necesarias podremos confiar en que el país reconocerá las raíces históricas, económico-sociales y políticas que dieron curso a este doloroso proceso, permitiéndonos constituir una verdadera democracia, desmilitarizar el país, devolverle autonomía al Poder Judicial y auténtica libertad a la prensa nacional, para construir un país con instituciones firmes, democráticas y confiables para vivir en paz y justicia.

 


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