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En el Perú ya tenemos
Comisión de la Verdad y la Reconciliación. No está demás explicitar
esta dimensión de reconciliación pues tras un proceso difícil y
laborioso, la Comisión de la Verdad y la Reconciliación tiene que
conducir a rehacer las relaciones entre los peruanos, tan maltratadas
por la violencia política en el pasado y vivir por fin como un pueblo
con una historia, una misión y un destino común.
En las comisiones de la
verdad hay tres dimensiones indesligables entre sí que son: verdad,
justicia y reconciliación, pasando por una reparación moral y material
que trate de aminorar el mal causado ya que nunca podrá compensar
totalmente el daño sufrido. Resulta imperativo esclarecer la verdad,
investigar y saber qué pasó en esos veinte años de atroz violencia
política, no para hurgar en viejas y dolorosas heridas sino
precisamente para sanarlas a fondo. El hecho de que las víctimas de
ambos lados puedan decir su palabra es un aporte de primera mano al
esclarecimiento de lo ocurrido que tiene que completarse y confrontarse
con otras fuentes de investigación. En la escucha de las víctimas o de
sus familiares, hay ya un atisbo de justicia que tal vez por primera vez
van a ser escuchados con respeto, con cercanía y afecto por
representantes del Estado.
Para
las víctimas es importante que se las reconozca como tales y este
mecanismo les permite descubrir que su sufrimiento no es sólo personal
sino también social. Sólo el hecho de narrar lo vivido y padecido
tiene un efecto terapéutico y liberador que a la vez permite escuchar
voces largamente silenciadas. Su efecto catártico es importante pues
permite que las víctimas sean escuchadas y respetadas en su sufrimiento
por un órgano dispuesto oficialmente para representar a la sociedad en
esa área.
La
verdad no solamente trata de descubrir hechos sino también el contexto
en el que estos se dieron e identificar las causas que hicieron posible
situaciones tan dolorosas, precisamente para que nunca más vuelvan a
repetirse. Todo esto exige una investigación rigurosa e imparcial,
movida por un deseo claro de justicia y reconciliación.
Este
descubrimiento de la verdad responde también a la necesidad de dejar a
las generaciones futuras una memoria histórica colectiva que permita
conocer lo sucedido y a la vez no olvidar ni ocultar un pasado reciente
que nos tocó vivir. Dejar memoria de los hechos de violencia política
y de sus responsables es importante para ayudar a buscar sentido al
'sinsentido', afirmando su injusticia y la dignidad de las víctimas y
favoreciendo una sanción social a los victimarios y reparaciones a las
víctimas, posibilitando experiencias personales y colectivas de
identidad.
La
verdad reconcilia desde la sanación que produce pero no podemos olvidar
la justicia pues sin esto se consolida la impunidad. Hay que reconocer
que no es fácil armonizar justicia y reconciliación porque hay crímenes
gravísimos que tienen que ser sancionados pero nunca con sabor a
venganza.
El
dilema entre impunidad y justicia no ha sido plenamente resuelto por las
realizaciones históricas de las Comisiones de la Verdad que hasta ahora
conocemos pero, la introducción de la verdad social de las graves
violaciones a los derechos humanos cometidas significa ya el
restablecimiento de los límites éticos y una sanción moral que
sustituya la sanción penal imposible de aplicar en algunos casos.
En
estos días, un grupo de teólogos y expertos católicos y evangélicos
se reúnen en Lima para reflexionar sobre el significado de la verdad,
la justicia y la reconciliación como pilares éticos para el logro de
una convivencia democrática. A propósito de la reunión, resulta
pertinente remarcar la urgencia de una sensibilidad frente al clamor de
las víctimas de la violencia política; no permitir que la indiferencia
o el miedo nos hagan inmunes a su sufrimiento. Aunque de un modo
evidentemente desigual, todos tenemos algún grado de responsabilidad en
los hechos ocurridos, aun cuando sólo sea por haber callado ante el
horror. Ya tenemos una Comisión de la Verdad y Reconciliación para el
Perú. Esta no es sólo responsabilidad de los comisionados, de algún
modo nos incumbe a todos hacer que esta pueda cumplir con los exigentes
objetivos trazados. Lo que está en juego es nuestra historia y nuestro
futuro como nación integrada, democrática y reconciliada.
(*)
Instituto Bartolomé de las Casas - Rímac.
Pilar
Coll (*)
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