La República

por Mirko Lauer
(10 de julio del 2001)

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La Comisión de la verdad ha partido con el pie forzado. La discrepancia en torno al tema es un lunar serio en el paso de Valentín Paniagua a Alejandro Toledo. La fría reacción de Toledo a los siete nombres fue decir que evaluaría. Fernando Rospigliosi ha ido más lejos al pedir que los flamantes comisionados pongan sus nombramientos a disposición el 28 de este mes.

Los problemas del toledismo con la comisión son varios. Al parecer el principal es no haber sido consultados. Pero también hay cosas como la presencia de la ex fujimorista Beatriz Alva Hart, la ausencia en la lista de investigadores especializados en corrupción, y quizás también la inclusión del segundo gobierno de AP en el periodo que será investigado.

Quien ha salido a romper lanzas por la comisión es Marcial Rubio, ministro de Educación. Sus argumentos: la comisión fue nombrada por un gobierno constitucional y es una decisión de Paniagua respaldada por sus ministros. Por lo tanto no habría nada que ratificar, y en consecuencia tampoco nada que evaluar frente a la lista de nombres.

Pero la lista no fue propuesta por Paniagua, sino elegida en voto secreto por los ministros, a partir de unos veintitantos nombres propuestos en ese consejo. Paniagua democráticamente evitó presentar una lista propia. De modo que el consejo de ministros, y su presidente, deben asumir las consecuencias de sus actos.

Alva Hart ha comprendido rápido lo que se viene, y ha planteado que Toledo tiene derecho a ratificar o renovar, que es una forma de poner el cargo a disposición. Pero queda una cierta perplejidad sobre qué llevó a una mayoría de ministros a elegirla. O al honorable ayacuchano Alberto Morote, otro nombramiento complicado.

La impresión es que luego de haber establecido con éxito más de media docena de mesas y comisiones, el Ejecutivo no calibró el peso político inmediato que iba a tener la de la verdad. Quizás también la desenvuelta habilidad de varias figuras fujimoristas para reciclarse a toda velocidad desencaminó al gabinete a la hora de decidir.

También el momento es fatal. Cuando jueces, fiscales, congresistas, jueces militares, y las ONGs llamadas sociedad civil pelean abiertamente por mantener o imponer sus fueros, la Comisión de la verdad es para todos ellos un recién llegado incómodo. No sorprende, pues, que pocos hayan aplaudido y muchos más bien carraspeado.

Sin embargo la comisión tiene personas de real prestigio, empezando por Salomón Lerner F., su presidente. Además a Toledo le interesa mucho que la comisión haya sido formada por Paniagua y no por él. Lo que el próximo gobierno puede hacer es retirar a una o dos personas, y añadir a unos cuantos investigadores de probada eficacia.

 


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