|
Nuestra patria vive un
nuevo momento de esperanza en la consolidación, tantas veces
postergada, de un verdadero régimen de convivencia democrática y
pacífica. Nos encontramos ante una tarea exigente que demanda el
cumplimiento de importantes requisitos. Entre ellos, tal vez ninguno sea
a la vez tan indispensable y tan arduo de concretar como aquel que se ha
encomendado cumplir a la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Me
refiero a la restauración de la verdad acerca de los indescriptibles
hechos de violencia de los últimos veinte años, desgracias humanas y a
la vez sociales instigadas, posibilitadas o permitidas por un grave
proceso de descomposición de nuestras instituciones políticas; por el
triunfo de la arrogancia, la ceguera y la crueldad de unos cuantos, y
por el debilitamiento de la sensibilidad moral.
La
restauración de la verdad se presenta como un imperativo para el futuro
de nuestra sociedad, al mismo tiempo que es un impostergable acto de
justicia. La exposición pública de la verdad no restituirá, es
cierto, las vidas segadas por el odio y la estupidez de los verdugos,
pero si contribuirá a restaurar la dignidad debida a la memoria de las
víctimas y hará saber a los dolientes que están en la mente y los
corazones de sus compatriotas, que ellos están llamados también a ser
ciudadanos de pleno derecho de esta república que aspiramos a edificar
sobre bases sólidas.
La
recuperación y exposición de la verdad -deber legal y vocación moral
de esta comisión- es mucho más que un asunto de esclarecimiento de
hechos y señalamiento de nombres, fechas y lugares. Si bien ellos son
indispensables, el trabajo de la comisión tiene el deber de ir más
allá.
Ese
deber se refleja en la inevitable dimensión moral que debe tener la
verdad para ser merecedora de ese nombre. La verdad no es únicamente un
predicado sobre un mundo exterior, puramente objetivo y material, ella
es sobre todo una forma de relacionarnos con ese mundo y entre nosotros.
La verdad que buscamos ha de ser una verdad sanadora, y para que
adquiera esa virtud es preciso que hagamos de ella un relato de nuestra
historia pasada que nos reconcilie.
No es
por ello casual que a la denominación de Comisión de la Verdad se le
haya añadido la idea de la reconciliación nacional. Nuestros esfuerzos
estarán encaminados en esa dirección, ya que estamos convencidos de
que, si el país tiene la valentía de auscultar sus heridas antiguas y
recientes, lo hace, sobre todo, porque anhela que ese severo ejercicio
de introspección colectiva permita cerrar las brechas que nos separan,
suavizar las esperanzas de nuestro tejido social e instaurar un
sentimiento de comunidad sobre la base de la justicia. Al hablar de
reconciliación tenemos en mente un acto de aproximación simbólica, un
esfuerzo de imaginación moral que permitirá tender puentes entre los
peruanos, sin excluir, por cierto, la acción de la justicia ahí donde
se la considere pertinente y necesaria.
Son
graves y delicadas tareas las que la nación pone en nuestras manos. Los
miembros de la Comisión de la Verdad y Reconciliación pretendemos ser
fieles a ese encargo y estamos persuadidos de que, para ello, tenemos
que asumirlo sin soslayar su real complejidad. La meta que se nos
propone reclama un trabajo tesonero y sobre todo metódico, paciente y
humilde, alejado de todo apresuramiento ciego. No habría peor forma de
empezar este trabajo que encararlo de manera impulsiva, pues ello
implicaría el riesgo de abrir heridas sin ofrecer las garantías de que
tan penoso ejercicio vaya a traer beneficios.
Con
esa firme convicción hemos dedicado intensos esfuerzos a organizar
nuestro trabajo y definir la manera en que abordaremos la misión que
hemos recibido. Aunque estas labores preparatorias son poco visibles
para el público, resultan esenciales para que nuestro trabajo posea la
solvencia y la seriedad que reclaman los asuntos que estamos llamados a
esclarecer. Porque deseamos ser respetuosos del sufrimiento de los
numerosos compatriotas a quienes solicitaremos recordar durísimas
aflicciones y brindar testimonio de atropellos sin nombre, hemos
encarado con la máxima seriedad nuestras futuras investigaciones.
Queda
claro que la entidad que nos honramos integrar demanda de sus miembros
por sobre todo cierta afinidad ética que se expresa en una férrea
convicción sobre la necesidad y la urgencia de una misión que se ha de
cumplir sin restricciones y sin subordinarse a consideraciones extrañas
a la búsqueda misma de la verdad. Estamos persuadidos de que el logro
de nuestro cometido exige imparcialidad e independencia.
En
esta hora, necesitamos del concurso de las diversas organizaciones de la
sociedad civil, y entre ellas las entidades no gubernamentales, ayuda
que ya se nos ha ofrecido de manera desinteresada. El corto trayecto que
hemos avanzado hasta hoy nos ha permitido ver que la voluntad de apoyo y
participación existente será de importancia para el logro de nuestros
propósitos.
Sabe
bien la nación peruana que si bien, en principio, somos trece las
personas que sacaremos adelante la misión de recuperar la verdad, en
realidad esta es una tarea que reclama la confluencia de muchas otras
manos, mentes y corazones.
Nuestra
tarea es una misión ética, un esfuerzo por dar al país una nueva
visión de sí mismo y por recuperar la noción del valor de la vida y
la dignidad humana. (*) Presidente de la Comisión de la Verdad y
Reconciliación.
SALOMÓN
LERNER FEBRES (*)
|