El Comercio

Salomón Lerner Febres
(10 de setiembre del 2001)

Dimensión moral de la verdad

 

Nuestra patria vive un nuevo momento de esperanza en la consolidación, tantas veces postergada, de un verdadero régimen de convivencia democrática y pacífica. Nos encontramos ante una tarea exigente que demanda el cumplimiento de importantes requisitos. Entre ellos, tal vez ninguno sea a la vez tan indispensable y tan arduo de concretar como aquel que se ha encomendado cumplir a la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Me refiero a la restauración de la verdad acerca de los indescriptibles hechos de violencia de los últimos veinte años, desgracias humanas y a la vez sociales instigadas, posibilitadas o permitidas por un grave proceso de descomposición de nuestras instituciones políticas; por el triunfo de la arrogancia, la ceguera y la crueldad de unos cuantos, y por el debilitamiento de la sensibilidad moral.

La restauración de la verdad se presenta como un imperativo para el futuro de nuestra sociedad, al mismo tiempo que es un impostergable acto de justicia. La exposición pública de la verdad no restituirá, es cierto, las vidas segadas por el odio y la estupidez de los verdugos, pero si contribuirá a restaurar la dignidad debida a la memoria de las víctimas y hará saber a los dolientes que están en la mente y los corazones de sus compatriotas, que ellos están llamados también a ser ciudadanos de pleno derecho de esta república que aspiramos a edificar sobre bases sólidas.

La recuperación y exposición de la verdad -deber legal y vocación moral de esta comisión- es mucho más que un asunto de esclarecimiento de hechos y señalamiento de nombres, fechas y lugares. Si bien ellos son indispensables, el trabajo de la comisión tiene el deber de ir más allá.

Ese deber se refleja en la inevitable dimensión moral que debe tener la verdad para ser merecedora de ese nombre. La verdad no es únicamente un predicado sobre un mundo exterior, puramente objetivo y material, ella es sobre todo una forma de relacionarnos con ese mundo y entre nosotros. La verdad que buscamos ha de ser una verdad sanadora, y para que adquiera esa virtud es preciso que hagamos de ella un relato de nuestra historia pasada que nos reconcilie.

No es por ello casual que a la denominación de Comisión de la Verdad se le haya añadido la idea de la reconciliación nacional. Nuestros esfuerzos estarán encaminados en esa dirección, ya que estamos convencidos de que, si el país tiene la valentía de auscultar sus heridas antiguas y recientes, lo hace, sobre todo, porque anhela que ese severo ejercicio de introspección colectiva permita cerrar las brechas que nos separan, suavizar las esperanzas de nuestro tejido social e instaurar un sentimiento de comunidad sobre la base de la justicia. Al hablar de reconciliación tenemos en mente un acto de aproximación simbólica, un esfuerzo de imaginación moral que permitirá tender puentes entre los peruanos, sin excluir, por cierto, la acción de la justicia ahí donde se la considere pertinente y necesaria.

Son graves y delicadas tareas las que la nación pone en nuestras manos. Los miembros de la Comisión de la Verdad y Reconciliación pretendemos ser fieles a ese encargo y estamos persuadidos de que, para ello, tenemos que asumirlo sin soslayar su real complejidad. La meta que se nos propone reclama un trabajo tesonero y sobre todo metódico, paciente y humilde, alejado de todo apresuramiento ciego. No habría peor forma de empezar este trabajo que encararlo de manera impulsiva, pues ello implicaría el riesgo de abrir heridas sin ofrecer las garantías de que tan penoso ejercicio vaya a traer beneficios.

Con esa firme convicción hemos dedicado intensos esfuerzos a organizar nuestro trabajo y definir la manera en que abordaremos la misión que hemos recibido. Aunque estas labores preparatorias son poco visibles para el público, resultan esenciales para que nuestro trabajo posea la solvencia y la seriedad que reclaman los asuntos que estamos llamados a esclarecer. Porque deseamos ser respetuosos del sufrimiento de los numerosos compatriotas a quienes solicitaremos recordar durísimas aflicciones y brindar testimonio de atropellos sin nombre, hemos encarado con la máxima seriedad nuestras futuras investigaciones.

Queda claro que la entidad que nos honramos integrar demanda de sus miembros por sobre todo cierta afinidad ética que se expresa en una férrea convicción sobre la necesidad y la urgencia de una misión que se ha de cumplir sin restricciones y sin subordinarse a consideraciones extrañas a la búsqueda misma de la verdad. Estamos persuadidos de que el logro de nuestro cometido exige imparcialidad e independencia.

En esta hora, necesitamos del concurso de las diversas organizaciones de la sociedad civil, y entre ellas las entidades no gubernamentales, ayuda que ya se nos ha ofrecido de manera desinteresada. El corto trayecto que hemos avanzado hasta hoy nos ha permitido ver que la voluntad de apoyo y participación existente será de importancia para el logro de nuestros propósitos.

Sabe bien la nación peruana que si bien, en principio, somos trece las personas que sacaremos adelante la misión de recuperar la verdad, en realidad esta es una tarea que reclama la confluencia de muchas otras manos, mentes y corazones.

Nuestra tarea es una misión ética, un esfuerzo por dar al país una nueva visión de sí mismo y por recuperar la noción del valor de la vida y la dignidad humana. (*) Presidente de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

SALOMÓN LERNER FEBRES (*)

 

[ Mapa del sitio ]
© Asociación Pro Derechos Humanos