Correo

Javier Diez Canseco
(14 de agosto del 2003)

El miedo a la verdad 

 

Por décadas, dictaduras y regímenes autoritarios se impusieron y enriquecieron a sangre y fuego. Se instalaron para defender el sacrosanto mercado -sin límites ni regulaciones- y exorcizar al comunismo. Se adiestraron en la Doctrina de Seguridad Nacional, pomposo nombre de la Escuela de las Américas en Panamá, para justificar execrables crímenes. Así fue desde fines de la Segunda Guerra Mundial, dejaron estelas de miles de desapariciones forzadas, ejecuciones sumarias y torturas, como en Argentina, Chile, Salvador, Guatemala y Nicaragua. 

Pero la globalización trajo cambios. Uno de los pocos que nos beneficia es en materia de justicia por violar DDHH: el juzgamiento en un tercer país, los tribunales penales ad hoc internacionales y las Comisiones de la Verdad (más de 40 en el mundo) internacionalizan la justicia, impidiendo la impunidad. 

En el Perú, la situación no fue diferente. Fue peor. No sólo fueron La Cantuta y Barrios Altos, como quieren hacer creer. La Defensoría del Pueblo dio cuenta de más de 4 mil desaparecidos por las fuerzas del orden (Informe N° 55). Las víctimas del conflicto armado pueden superar las 60 mil personas. 

Las violaciones no se cometieron sólo por los terroristas sino también por aparatos del Estado. En más de la mitad del territorio del país y por casi 20 años que se impuso un militarismo con escaso control. Hasta grupos paramilitares se entrenaron para tal fin. Sí hubo pues una práctica sistemática de violación de DDHH del terrorismo y del mismo Estado y no sólo excesos aislados, trillado estribillo de ciertos mandos militares y gobiernos de turno. 

Las hordas terroristas tampoco actuaron sólo en Tarata, que no debe usarse como excusa para denigrar a la Comisión de la Verdad. También están Villa El Salvador, Lucanamarca y las comunidades asháninkas, entre muchas. 

La mayor parte de las víctimas eran indios, cholos y, por si fuera poco, pobres. Pero en un país en que el racismo y la discriminación reinan, ciertos sectores de la sociedad parecen invisibles. Negar humanidad al prójimo es la base del racismo y la discriminación. Por eso fue tan fácil desaparecer, asesinar y torturar. No los consideraban humanos, sino cosas, animales o números. La CVR nos mostrará que sí eran personas y que sí hubo crímenes. No uno, miles. 

Pero no es la única mentira a develar. Hay una historia oficial presentada como “la verdad”. No sólo de una victoria gloriosa a la que le debemos pleitesía, aunque se impuso a cualquier precio. Se nos ha vendido la idea que la arbitrariedad, la mano dura y la falta de ética son las armas válidas. En suma, que el fin justifica los medios. 

Por eso los corruptos y sus adalides evidencian un miedo escondido tras sus diatribas contra la CVR. Y es que no fue su mano dura, sino la inteligencia y la resistencia ciudadana lo que venció a la insania terrorista. Caerá entonces la última coartada legitimadora de los corruptos en la que pretenden justificar su existencia. 

 


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