La República

Opinión
(16 de abril del 2002)

Comisión de la Verdad y psicoterapia colectiva

 

Carmen González Cueva (*)

"Sentimos mucho lo que le ha pasado», le dijo uno de los miembros de la Comisión de la Verdad, mientras abrazaba con clara congoja, al testimoniante que con voz quebrada acababa de relatar las torturas a las que había sido sometido así como el dolor infinito que había experimentado al regresar a su hogar y enterarse de que su esposa había sido asesinada en presencia de sus dos niños. «Mis hijos quedaron pequeños» y yo fui su padre y su madre, felizmente hice de ellos hombres de bien», dijo, antes de romper en sollozos.
Las personas percibimos, cuando se nos ofrece un espacio confiable no solo para verbalizar nuestros sufrimientos sino también para construir un vínculo emocional y afectivo ñentre quien escucha y quien revive su historiañ, que están presentes la comprensión, la intuición amorosa, la empatía, la solidaridad, el consuelo frente al quebranto. Esto es lo que está ofreciendo la Comisión de la Verdad a quienes han sufrido torturas y pérdidas durante los últimos 20 años. Con la decisión de abrir audiencias públicas para escuchar los testimonios de seres humanos, se está dando inicio a la primera etapa para la reconciliación nacional. La esperanza se abre paso sobre la desesperanza originada en un grave desamor social. Es oportuno preguntarnos por qué nos conmociona ahora enterarnos de algo que siempre supimos.
Cuando un gran miedo se apodera del hombre se produce una escisión que no permite ver la realidad tal cual es. Y si a eso le agregamos nuestro escaso desarrollo emocional, producto de vivir en una sociedad donde la frustración cunde, la resultante no puede ser más que indiferencia social y una sensibilidad precaria donde solo importa lo que directamente nos atañe.
¿Ahora nos conmocionamos porque somos mejores que ayer y por eso lloramos frente a los testimonios? ¿Será suficiente llorar como catarsis o será necesario avanzar un poco en humanidad para sentir culpa por nuestra silenciosa complicidad?
¿No será que la situación nos exige un esfuerzo mayor para experimentar algo más avanzado y que se denomina vergüenza individual y social, que a la vez nos permita por fin elaborar el duelo en una forma más plena e integrada, pensando y a la vez sintiendo lo que nos ha pasado en este trozo de nuestra historia?
Planteamos que para no retroceder será necesario despertar el coraje individual (**) que consiste en mantener la propia integridad frente a las presiones del grupo para no dejarnos nunca más vencer por el miedo. Pero además, aprender de la experiencia, recordando lo que nos ha pasado porque quien pierde la memoria, está condenado a repetir y repetir.
Creemos que ahora le corresponde al Estado materializar la vergüenza para que no se convierta en cinismo colectivo. La contraparte de la vergüenza debe ser la reparación y restitución afectiva, moral y económica para las víctimas de esta violencia. Probablemente se deba implementar un programa de apoyo emocional para resolver los traumas psíquicos dejados por la guerra, entre otras medidas.
Las reparaciones económicas tendrán que hacerse sin que el presupuesto nacional sea un limitante, ya que los especialistas deberán poner en juego, además de su técnica, la creatividad y sobre todo humanidad, ya que la pura razón, la pura inteligencia neuronal, será siempre inhumana. La catarsis es necesaria para quien muestra sus heridas y para quienes las ven, porque aquella es expresión psicoterapéutica básica y primera, para luego pasar a la inevitable lectura de lo que verdaderamente nos pasó como cuerpo social.
El olvido no existe pero sí la falta de memoria por déficit en el desarrollo emocional. Revivir lo que buscábamos olvidar y negar resulta indispensable para integrarnos y crecer como nación sana, donde se respete el dolor ajeno y el derecho de todos. Igualmente el compromiso de que nunca más repetiremos tanta inhumanidad. El proceso lo cumpliremos, muy por encima de gestos negadores de personajes con imagen y poder que ante sus déficits emocionales que los incapacitan para vivir lo inevitable, pretenden degradar la exposición de los testimonios a la condición de morbosidad queriendo probablemente poner en el mismo saco las audiencias públicas y las telenovelas lloronas o los talkshows
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(*) Psicoterapeuta
(**) Saúl Peña, «Una exploración del compromiso de la integridad» de Leo Rangell.

 


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