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Carmen González Cueva
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"Sentimos mucho lo que le ha pasado», le dijo uno de los
miembros de la Comisión de la Verdad, mientras abrazaba con clara
congoja, al testimoniante que con voz quebrada acababa de relatar las
torturas a las que había sido sometido así como el dolor infinito que
había experimentado al regresar a su hogar y enterarse de que su esposa
había sido asesinada en presencia de sus dos niños. «Mis hijos
quedaron pequeños» y yo fui su padre y su madre, felizmente hice de
ellos hombres de bien», dijo, antes de romper en sollozos.
Las personas percibimos, cuando se nos ofrece un espacio confiable no
solo para verbalizar nuestros sufrimientos sino también para construir
un vínculo emocional y afectivo ñentre quien escucha y quien revive su
historiañ, que están presentes la comprensión, la intuición amorosa,
la empatía, la solidaridad, el consuelo frente al quebranto. Esto es lo
que está ofreciendo la Comisión de la Verdad a quienes han sufrido
torturas y pérdidas durante los últimos 20 años. Con la decisión de
abrir audiencias públicas para escuchar los testimonios de seres
humanos, se está dando inicio a la primera etapa para la reconciliación
nacional. La esperanza se abre paso sobre la desesperanza originada en
un grave desamor social. Es oportuno preguntarnos por qué nos
conmociona ahora enterarnos de algo que siempre supimos.
Cuando un gran miedo se apodera del hombre se produce una escisión que
no permite ver la realidad tal cual es. Y si a eso le agregamos nuestro
escaso desarrollo emocional, producto de vivir en una sociedad donde la
frustración cunde, la resultante no puede ser más que indiferencia
social y una sensibilidad precaria donde solo importa lo que
directamente nos atañe.
¿Ahora nos conmocionamos porque somos mejores que ayer y por eso
lloramos frente a los testimonios? ¿Será suficiente llorar como
catarsis o será necesario avanzar un poco en humanidad para sentir
culpa por nuestra silenciosa complicidad?
¿No será que la situación nos exige un esfuerzo mayor para
experimentar algo más avanzado y que se denomina vergüenza individual
y social, que a la vez nos permita por fin elaborar el duelo en una
forma más plena e integrada, pensando y a la vez sintiendo lo que nos
ha pasado en este trozo de nuestra historia?
Planteamos que para no retroceder será necesario despertar el coraje
individual (**) que consiste en mantener la propia integridad frente a
las presiones del grupo para no dejarnos nunca más vencer por el miedo.
Pero además, aprender de la experiencia, recordando lo que nos ha
pasado porque quien pierde la memoria, está condenado a repetir y
repetir.
Creemos que ahora le corresponde al Estado materializar la vergüenza
para que no se convierta en cinismo colectivo. La contraparte de la vergüenza
debe ser la reparación y restitución afectiva, moral y económica para
las víctimas de esta violencia. Probablemente se deba implementar un
programa de apoyo emocional para resolver los traumas psíquicos dejados
por la guerra, entre otras medidas.
Las reparaciones económicas tendrán que hacerse sin que el presupuesto
nacional sea un limitante, ya que los especialistas deberán poner en
juego, además de su técnica, la creatividad y sobre todo humanidad, ya
que la pura razón, la pura inteligencia neuronal, será siempre
inhumana. La catarsis es necesaria para quien muestra sus heridas y para
quienes las ven, porque aquella es expresión psicoterapéutica básica
y primera, para luego pasar a la inevitable lectura de lo que
verdaderamente nos pasó como cuerpo social.
El olvido no existe pero sí la falta de memoria por déficit en el
desarrollo emocional. Revivir lo que buscábamos olvidar y negar resulta
indispensable para integrarnos y crecer como nación sana, donde se
respete el dolor ajeno y el derecho de todos. Igualmente el compromiso
de que nunca más repetiremos tanta inhumanidad. El proceso lo
cumpliremos, muy por encima de gestos negadores de personajes con imagen
y poder que ante sus déficits emocionales que los incapacitan para
vivir lo inevitable, pretenden degradar la exposición de los
testimonios a la condición de morbosidad queriendo probablemente poner
en el mismo saco las audiencias públicas y las telenovelas lloronas o
los talkshows
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(*) Psicoterapeuta
(**) Saúl Peña, «Una exploración del compromiso de la integridad»
de Leo Rangell. |