La República

Rodrigo Montoya
(17 de setiembre del 2001)

Sobre la Comisión de la Verdad (II)

 

Por Rodrigo Montoya, desde Barcelona

4. ¿Qué esperan las fuerzas armadas y policiales de la Comisión de la Verdad?
Lo ideal para ellas habría sido que no se forme nunca una Comisión de la Verdad. Si no pudieron evitarla, lo ideal sería que la Comisión no vaya más allá del punto al que han llegado las instituciones que defienden los derechos humanos. Nunca como hoy el prestigio de las fuerzas armadas estuvo por los suelos después de tantos crímenes, incuestionables vínculos con el narcotráfico y de grandes fortunas mal habidas con el tráfico de armas. No les gustaría que se descubran nuevas tumbas clandestinas con oficiales debidamente responsables. Les gustaría que no se hagan más olas, que no se busquen más tumbas, que no se dañe más su honor. Pero las tumbas ya están apareciendo como hongos. También les gustaría que la Comisión presente los crímenes de los senderistas y los emerretistas, naturalmente.

5. ¿Qué esperan los senderistas y emerretistas de la Comisión de la Verdad?
No es difícil suponer que preferirían que la Comisión presente sólo los crímenes cometidos por las fuerzas armadas y policiales y que de los suyos no se hable o se hable a media voz.

6. ¿Qué hay detrás de la verdad y la reconciliación sin la justicia?
Pecaría de ingenuo si supusiese que el nuevo título Comisión de la verdad y de la reconciliación tiene poco o nada que ver con la alta jerarquía de la Iglesia, particularmente con el arzobispo Cipriani. ¿Verdad? Sí. ¿Reconciliación?, también. ¿Y de la justicia qué? La Comisión tiene el encargo de buscar la verdad, toda la verdad, independientemente de las fuerzas que quieran ocultarla o hacerle cirugía plástica para presentarla menos horrible. La justicia supone dos cosas. De un lado, establecer quiénes fueron las víctimas y quiénes los victimarios. Las y los comisionados no son jueces para establecer tal distinción y para fijar las condenas. Pero sí tienen todas la atribuciones para entregar a los jueces los expedientes con las pruebas e indicios de los crímenes cometidos. De otro, justicia significa resarcir, indemnizar, compensar. No es suficiente establecer la verdad. El paso siguiente es señalar a los culpables y castigarlos. Luego indemnizar a las víctimas. Si estos tres pasos se cumplen, el camino de la reconciliación queda abierto, libre y fácil.
Reconciliar quiere decir volver a unir. ¿Estuvimos unidos en un país fragmentado de ciudadanos y ciudadanas de primera y de quinta categoría? Nos reconciliamos cuando luego de examinar los problemas reconocemos nuestras responsabilidades, prometemos no cometer los mismos errores y cuando cumplimos cabalmente esta promesa. El borrón y la copia nueva no tienen nada que hacer con la reconciliación. Tampoco el fácil perdón con tres padrenuestros, dos avemarías y la tranquilidad de seguir pecando, porque es muy fácil conseguir el perdón en cualquier parroquia. ¿Será posible que una Comisión con tantos católicos investigue el papel de la Iglesia Católica en los tiempos de violencia? No olvidemos que en Ayacucho la Iglesia se negó a aceptar denuncias sobre desaparecidos y que el actual Cardenal y primado estaba convencido de que "los derechos humanos son una cojudez". Estas palabras no son mías, pertenecen al florido lenguaje del cardenal.
En conclusión, no resulta aventurado suponer que las fuerzas armadas y la iglesia católica se dieron la mano para que la Comisión sea lo que es hoy y para que yo no esté donde podría ser una piedra en el zapato.
Me gustaría que a pesar del mal comienzo y el contexto adverso las y los miembros de la Comisión hagan un trabajo digno.
Finalmente, un breve mensaje para el presidente Toledo: no espere aquella hojita con mis ideas sobre la cultura y el poder.

 

 

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