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Por Rodrigo Montoya,
desde Barcelona
4. ¿Qué
esperan las fuerzas armadas y policiales de la Comisión de la Verdad?
Lo ideal para ellas habría sido que no se forme nunca una Comisión de
la Verdad. Si no pudieron evitarla, lo ideal sería que la Comisión no
vaya más allá del punto al que han llegado las instituciones que
defienden los derechos humanos. Nunca como hoy el prestigio de las
fuerzas armadas estuvo por los suelos después de tantos crímenes,
incuestionables vínculos con el narcotráfico y de grandes fortunas mal
habidas con el tráfico de armas. No les gustaría que se descubran
nuevas tumbas clandestinas con oficiales debidamente responsables. Les
gustaría que no se hagan más olas, que no se busquen más tumbas, que
no se dañe más su honor. Pero las tumbas ya están apareciendo como
hongos. También les gustaría que la Comisión presente los crímenes
de los senderistas y los emerretistas, naturalmente.
5. ¿Qué esperan los
senderistas y emerretistas de la Comisión de la Verdad?
No es difícil suponer que preferirían que la Comisión presente sólo
los crímenes cometidos por las fuerzas armadas y policiales y que de
los suyos no se hable o se hable a media voz.
6. ¿Qué hay detrás
de la verdad y la reconciliación sin la justicia?
Pecaría de ingenuo si supusiese que el nuevo título Comisión de la
verdad y de la reconciliación tiene poco o nada que ver con la alta
jerarquía de la Iglesia, particularmente con el arzobispo Cipriani. ¿Verdad?
Sí. ¿Reconciliación?, también. ¿Y de la justicia qué? La Comisión
tiene el encargo de buscar la verdad, toda la verdad, independientemente
de las fuerzas que quieran ocultarla o hacerle cirugía plástica para
presentarla menos horrible. La justicia supone dos cosas. De un lado,
establecer quiénes fueron las víctimas y quiénes los victimarios. Las
y los comisionados no son jueces para establecer tal distinción y para
fijar las condenas. Pero sí tienen todas la atribuciones para entregar
a los jueces los expedientes con las pruebas e indicios de los crímenes
cometidos. De otro, justicia significa resarcir, indemnizar, compensar.
No es suficiente establecer la verdad. El paso siguiente es señalar a
los culpables y castigarlos. Luego indemnizar a las víctimas. Si estos
tres pasos se cumplen, el camino de la reconciliación queda abierto,
libre y fácil.
Reconciliar quiere decir volver a unir. ¿Estuvimos unidos en un país
fragmentado de ciudadanos y ciudadanas de primera y de quinta categoría?
Nos reconciliamos cuando luego de examinar los problemas reconocemos
nuestras responsabilidades, prometemos no cometer los mismos errores y
cuando cumplimos cabalmente esta promesa. El borrón y la copia nueva no
tienen nada que hacer con la reconciliación. Tampoco el fácil perdón
con tres padrenuestros, dos avemarías y la tranquilidad de seguir
pecando, porque es muy fácil conseguir el perdón en cualquier
parroquia. ¿Será posible que una Comisión con tantos católicos
investigue el papel de la Iglesia Católica en los tiempos de violencia?
No olvidemos que en Ayacucho la Iglesia se negó a aceptar denuncias
sobre desaparecidos y que el actual Cardenal y primado estaba convencido
de que "los derechos humanos son una cojudez". Estas palabras
no son mías, pertenecen al florido lenguaje del cardenal.
En conclusión, no resulta aventurado suponer que las fuerzas armadas y
la iglesia católica se dieron la mano para que la Comisión sea lo que
es hoy y para que yo no esté donde podría ser una piedra en el zapato.
Me gustaría que a pesar del mal comienzo y el contexto adverso las y
los miembros de la Comisión hagan un trabajo digno.
Finalmente, un breve mensaje para el presidente Toledo: no espere
aquella hojita con mis ideas sobre la cultura y el poder.
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