Uno de los gestos más sorprendentes del santo padre
con ocasión del Jubileo 2000 fue la petición pública de perdón, en
nombre de toda la Iglesia, por todas "las formas de antitestimonio
y de escándalo".
egún el Papa, un punto especial para pedir perdón y
abrirnos al arrepentimiento es "la aquiescencia manifestada con métodos
de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad"
y la "falta de discernimiento, que a veces llega a ser aprobación,
de no pocos cristianos frente a la violación de fundamentales derechos
humanos" (TMA 35-36).
Así, animó a la Iglesia a la "purificación de
la memoria" de todos los "errores, infidelidades,
incoherencias y lentitudes" del pasado, y comenzar el nuevo milenio
con "un acto de lealtad y de valentía", es decir, con un acto
de verdad que nos puede liberar y salvar. Aunque el Jubileo está un
tanto lejano, nunca es tarde para revivirlo, sobre todo en este hito
importante de nuestra historia que es la entrega del informe final de la
Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Magnífica ocasión para
purificar la memoria personal y colectiva y emprender juntos, con valentía,
el camino de la democracia y de la institucionalidad.
Verdad y reconciliación son dos palabras para
definir un informe que muchos lamentan y critican, por ignorancia o por
mezquinos intereses no confesados, pero que representan dos pilares
sobre los que debemos construir nuestra historia. La memoria representa
la identidad de una persona o de un pueblo. Una persona sin memoria está
perdida y un pueblo sin memoria está condenado a repetir errores.
No es fácil, sin embargo, el recuerdo de los
momentos dolorosos. Se requiere coraje y valor para aceptarlos,
asumirlos y -solo así- redimirlos. La publicación del informe nos
puede ayudar a asumir nuestras rupturas históricas: la indiferencia con
la que, desde la ciudad, no quisimos ver lo que ocurría en el campo; el
racismo que nos impidió protestar a tiempo ante las atrocidades
cometidas por unos y otros; la discriminación que nos hizo mirar de
reojo y con miedo a gentes pobres de nuestro propio país; la cobardía
que nos escondió en nuestros hogares en vez de salir a las calles para
alzar la voz contra la insanía del terror.
El Perú ha sufrido y aún sufre violencia y todos,
de modos diversos, hemos contribuido y contribuimos a ella. Esa es la
primera verdad que tenemos que aceptar.
Por eso, a quien aún se pregunta: ¿Con quién me
debo reconciliar?, la respuesta es clara: con nosotros mismos, con las más
pobres de nuestro país, con nuestra historia reciente para que esta no
vuelva a repetirse. Y en esta tarea, la Iglesia debe ocupar un lugar
central.
Reconciliarnos con esta verdad de nuestra historia
que a todos nos duele abrirá caminos de esperanza.
No cometamos, pues, un nuevo error: esta vez la de no
querer escuchar lo que el informe nos pueda revelar. Tenemos una nueva
oportunidad de crecer juntos como país si somos capaces de asumir con
valor, el dolor. La verdad que se nos descubrirá no es absoluta,
cierto; ninguna verdad humana lo es. Pero más que escuchar la verdad se
trata de hacer juntos una nueva verdad: la de un país diferente, de
gentes iguales, de respeto a los derechos de todos; es decir, una verdad
que integre, reconcilie y una.
En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz
(1999) el Papa dijo: "El secreto de la paz verdadera reside en el
respeto de los derechos humanos". Por eso, si queremos construir un
país en el que la experiencia pasada no se repita jamás, debemos
aceptar como norma de vida que ninguna ofensa a la dignidad humana puede
ser ignorada, cualquiera que sea su origen, modalidad o lugar de
ocurrencia.
MANUEL DÍAZ MATEOS Sacerdote jesuita