El Comercio

Manuel Díaz Mateos
Sacerdote jesuita
(25 de agosto del 2003)

Reconciliarnos con la verdad

 

Uno de los gestos más sorprendentes del santo padre con ocasión del Jubileo 2000 fue la petición pública de perdón, en nombre de toda la Iglesia, por todas "las formas de antitestimonio y de escándalo".

egún el Papa, un punto especial para pedir perdón y abrirnos al arrepentimiento es "la aquiescencia manifestada con métodos de intolerancia e incluso de violencia en el servicio a la verdad" y la "falta de discernimiento, que a veces llega a ser aprobación, de no pocos cristianos frente a la violación de fundamentales derechos humanos" (TMA 35-36).

Así, animó a la Iglesia a la "purificación de la memoria" de todos los "errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes" del pasado, y comenzar el nuevo milenio con "un acto de lealtad y de valentía", es decir, con un acto de verdad que nos puede liberar y salvar. Aunque el Jubileo está un tanto lejano, nunca es tarde para revivirlo, sobre todo en este hito importante de nuestra historia que es la entrega del informe final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Magnífica ocasión para purificar la memoria personal y colectiva y emprender juntos, con valentía, el camino de la democracia y de la institucionalidad.

Verdad y reconciliación son dos palabras para definir un informe que muchos lamentan y critican, por ignorancia o por mezquinos intereses no confesados, pero que representan dos pilares sobre los que debemos construir nuestra historia. La memoria representa la identidad de una persona o de un pueblo. Una persona sin memoria está perdida y un pueblo sin memoria está condenado a repetir errores.

No es fácil, sin embargo, el recuerdo de los momentos dolorosos. Se requiere coraje y valor para aceptarlos, asumirlos y -solo así- redimirlos. La publicación del informe nos puede ayudar a asumir nuestras rupturas históricas: la indiferencia con la que, desde la ciudad, no quisimos ver lo que ocurría en el campo; el racismo que nos impidió protestar a tiempo ante las atrocidades cometidas por unos y otros; la discriminación que nos hizo mirar de reojo y con miedo a gentes pobres de nuestro propio país; la cobardía que nos escondió en nuestros hogares en vez de salir a las calles para alzar la voz contra la insanía del terror.

El Perú ha sufrido y aún sufre violencia y todos, de modos diversos, hemos contribuido y contribuimos a ella. Esa es la primera verdad que tenemos que aceptar.

Por eso, a quien aún se pregunta: ¿Con quién me debo reconciliar?, la respuesta es clara: con nosotros mismos, con las más pobres de nuestro país, con nuestra historia reciente para que esta no vuelva a repetirse. Y en esta tarea, la Iglesia debe ocupar un lugar central.

Reconciliarnos con esta verdad de nuestra historia que a todos nos duele abrirá caminos de esperanza.

No cometamos, pues, un nuevo error: esta vez la de no querer escuchar lo que el informe nos pueda revelar. Tenemos una nueva oportunidad de crecer juntos como país si somos capaces de asumir con valor, el dolor. La verdad que se nos descubrirá no es absoluta, cierto; ninguna verdad humana lo es. Pero más que escuchar la verdad se trata de hacer juntos una nueva verdad: la de un país diferente, de gentes iguales, de respeto a los derechos de todos; es decir, una verdad que integre, reconcilie y una.

En su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz (1999) el Papa dijo: "El secreto de la paz verdadera reside en el respeto de los derechos humanos". Por eso, si queremos construir un país en el que la experiencia pasada no se repita jamás, debemos aceptar como norma de vida que ninguna ofensa a la dignidad humana puede ser ignorada, cualquiera que sea su origen, modalidad o lugar de ocurrencia.

MANUEL DÍAZ MATEOS Sacerdote jesuita

 


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