| Como resultado de sus
investigaciones sobre el proceso de violencia de origen político
que se vivió en el Perú entre los años 1980 y 2000, la Comisión
de la Verdad y Reconciliación ha llegado a las siguientes conclusiones:
I. Las dimensiones del conflicto
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La CVR ha constatado que el conflicto armado
interno que vivió el Perú entre 1980 y 2000 constituyó el episodio
de violencia más intenso, más extenso y más prolongado de toda
la historia de la República. Asimismo, que fue un conflicto
que reveló brechas y desencuentros profundos y dolorosos en
la sociedad peruana.
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La CVR estima que la cifra más probable de
víctimas fatales de la violencia es de 69,280 personas. Estas
cifras superan el número de pérdidas humanas sufridas por el
Perú en todas las guerras externas y guerras civiles ocurridas
en sus 182 años de vida independiente.
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La CVR afirma que el conflicto abarcó una
proporción mayor del territorio nacional que cualquier otro,
provocó enormes pérdidas económicas expresadas en destrucción
de infraestructura y deterioro de la capacidad productiva de
la población y llegó a involucrar al conjunto de la sociedad.
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La CVR constata que existió una notoria relación
entre situación de pobreza y exclusión social y probabilidad
de ser víctima de violencia. En el departamento andino de Ayacucho,
donde ésta se inició, se concentra más del 40 por ciento de
muertos y desaparecidos reportados a la CVR. Al sumar a ellas
las víctimas consignadas por la CVR en los departamentos de
Junín, Huánuco, Huancavelica, Apurímac y San Martín se llega
al 85 por ciento de las víctimas registradas por la CVR .
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La CVR ha constatado que la población campesina
fue la principal víctima de la violencia. De la totalidad de
víctimas reportadas, el 79% por ciento vivía en zonas rurales
y el 56 por ciento se ocupaba en actividades agropecuarias.
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La CVR ha podido apreciar que, conjuntamente
con las brechas socioeconómicas, el proceso de violencia puso
de manifiesto la gravedad de las desigualdades de índole étnico-cultural
que aún prevalecen en el país. Del análisis de los testimonios
recibidos resulta que el 75 por ciento de las víctimas fatales
del conflicto armado interno tenían el quechua u otras lenguas
nativas como idioma materno.
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La CVR comprueba que, en términos relativos,
los muertos y desaparecidos tenían grados de instrucción muy
inferiores al promedio nacional. Mientras el censo nacional
de 1993 indica que solamente 40 por ciento de la población nacional
tiene un nivel educativo inferior a la educación secundaria,
la CVR ha encontrado que el 68 por ciento de las víctimas se
encontraba por debajo de ese nivel.
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La CVR concluye que la violencia impactó desigualmente
en distintos ámbitos geográficos y en diferentes estratos sociales
del país. Si la tasa de víctimas reportadas a la CVR respecto
de la población de Ayacucho hubiera sido similar en todo el
país, la violencia hubiera ocasionado 1 millón 200 mil muertos
y desaparecidos. De esa cantidad, 340 mil hubieran ocurrido
en la ciudad de Lima.
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La CVR ha constatado que la tragedia que sufrieron
las poblaciones del Perú rural, andino y selvático, quechua
y asháninka, campesino, pobre y poco educado, no fue sentida
ni asumida como propia por el resto del país; ello delata, a
juicio de la CVR, el velado racismo y las actitudes de desprecio
subsistentes en la sociedad peruana a casi dos siglos de nacida
la República.
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La CVR ha hallado que el conflicto puso de
manifiesto graves limitaciones del Estado en su capacidad de
garantizar el orden público y la seguridad, así como los derechos
fundamentales de sus ciudadanos dentro de un marco de actuación
democrático.
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La CVR asimismo ha encontrado una precaria
vigencia del orden constitucional y el Estado de Derecho, los
que en momentos de la crisis fueron vulnerados.
II. Las responsabilidades del conflicto
A. Sobre el PCP-Sendero Luminoso
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La CVR ha apreciado que la causa inmediata
y fundamental del desencadenamiento del conflicto armado interno
fue la decisión del PCP-SL de iniciar la “lucha armada” contra
el Estado Peruano, a contracorriente con la abrumadora mayoría
de peruanos y peruanas y en momentos en que se restauraba la
democracia a través de elecciones libres.
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Para la CVR, el PCP-SL fue el principal perpetrador
de crímenes y violaciones de los derechos humanos tomando como
medida de ello la cantidad de personas muertas y desaparecidas.
Fue responsable del 54 por ciento de las víctimas fatales reportadas
a la CVR. Esta cuota tan alta de responsabilidad del PCP-SL
es un caso excepcional entre los grupos subversivos de América
Latina y una de las singularidades más notorias del proceso
que le ha tocado analizar a la CVR.
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La CVR ha comprobado que el PCP-SL desplegó
extremada violencia e inusitada crueldad que comprendieron la
tortura y la sevicia como formas de castigar o sentar ejemplos
intimidatorios en la población que buscaban controlar.
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La CVR ha encontrado que el PCP-SL fue en
contra de las grandes tendencias históricas del país, poniendo
en práctica una férrea voluntad política se expresó como un
proyecto militarista y totalitario de características terroristas
que no conquistó el apoyo duradero de sectores importantes de
peruanos.
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La CVR considera que la ideología en que el
PCP-SL sustentó su proyecto fue de carácter fundamentalista,
centrada en una rígida preconcepción del devenir histórico,
encerrada en una visión únicamente estratégica de la acción
política y por tanto reñida con todo valor humanitario. Desdeñaba
el valor de la vida y negaba los derechos humanos.
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La CVR ha constatado que el PCP-SL logró su
cohesión interna a través del llamado Pensamiento Gonzalo que
reflejó el culto a la personalidad de Abimael Guzmán Reynoso,
fundador y dirigente de la organización, a quien se le consideró
la encarnación del pensamiento más elevado en la historia de
la humanidad.
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Para la CVR, el PCP-SL, de acuerdo a su ideología,
adoptó una estrategia que buscó consciente y constantemente
provocar respuestas desproporcionadas por parte del Estado sin
tener en cuenta el profundo sufrimiento que ello ocasionaba
a la población por la que decía luchar.
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La CVR considera que el PCP-SL llevó la ideología
fundamentalista y la organización totalitaria a sus extremos.
En su acción subversiva se constata una trágica ceguera: ve
clases, no individuos. De allí su falta absoluta de respeto
por la persona humana y por el derecho a la vida, incluyendo
la de sus militantes. Exacerbó en ellos una vena fanática que
se convirtió en su sello de identidad.
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La CVR ha constatado características del PCP-SL
que se desplegaron desde un comienzo a través de “ajusticiamientos”
realizados con sevicia, prohibición de entierros, y otras manifestaciones
delictivas, incluido el uso de “coches-bomba” en las ciudades.
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La CVR encuentra asimismo un potencial genocida
en proclamas del PCP-SL que llaman a «pagar la cuota de sangre»
(1982), «inducir genocidio» (1985) y que anuncian que «el triunfo
de la revolución costará un millón de muertos» (1988). Esto
se conjuga con concepciones racistas y de superioridad sobre
pueblos indígenas.
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La CVR ha encontrado que el PCP-SL se aprovechó
de ciertas instituciones del sistema educativo como principal
cabecera de playa y que a través de ellas logró expandir su
prédica y captar núcleos minoritarios de jóvenes de uno y otro
sexo en diferentes partes del país. Si bien ofrecía a los jóvenes
una utopía que les brindaba identidad totalizante, en el fondo
los encerraba en una organización fundamentalista y opresora
a través de cartas de sujeción a Abimael Guzmán Reynoso.
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La CVR ha constatado que la prédica del PCP-SL
pudo tener aceptación fugaz, en razón de la incapacidad del
Estado y de las élites del país para responder a las demandas
educativas de una juventud frustrada en sus esfuerzos de movilidad
social y de aspiración de progreso.
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La CVR ha encontrado que el PCP-SL secundó
las tesis maoístas y convirtió a las zonas rurales en el escenario
principal del conflicto. Sin embargo, no tomó en cuenta las
necesidades y aspiraciones económicas del campesinado, ni sus
organizaciones propias ni sus especificidades culturales, y
convirtió, más bien, a los campesinos en masa que debía someterse
a la voluntad del partido. La disidencia individual en la masa
llevó a asesinatos y aniquilamientos selectivos, y la disidencia
colectiva condujo a masacres y arrasamientos de comunidades
enteras.
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La CVR ha establecido que la presencia del
PCP-SL en los andes y la respuesta contrasubversiva del Estado
revivió y militarizó viejos conflictos intra e intercomunales.
Catalogó como “enemigos de clase” a los sectores relativamente
más conectados al mercado o a las redes e instituciones regionales
o nacionales, y decretó su destrucción. Su “guerra campesina”
contra el Estado se convirtió en muchos casos en enfrentamientos
entre campesinos.
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La CVR ha constatado que la violencia extrema
practicada por el PCP-SL en las localidades rurales de los andes
se extendió también a los centros urbanos. Lima y otras ciudades
fueron también escenario complementario y sufrieron sabotajes,
asesinatos selectivos, paros armados y actos terroristas, especialmente
bajo la modalidad de coches-bomba. Desde un principio, pero
más aún en la segunda mitad de la década de 1980 y principios
de los años 90, Lima resultó ser además un importante centro
de reclutamiento para el PCP-SL.
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La CVR señala que la concepción ideológica
del PCP-SL implicaba la destrucción del “viejo Estado” desde
sus cimientos, ello los llevó al asesinato de autoridades, especialmente
locales: alcaldes, gobernadores, tenientes gobernadores, jueces
de paz. Pero también autoridades nacionales: ministros, parlamentarios
y otros representantes de los poderes del Estado. El 12 por
ciento de las víctimas fatales reportadas a la CVR que fueron
causadas por el PCP-SL eran autoridades. Además, incurrió en
el asesinato masivo de dirigentes sociales, hombres y mujeres,
dirigentes comunales, alcaldes varas, dirigentes campesinos,
sindicales, barriales, magisteriales y de organizaciones de
mujeres.
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La CVR por la generalidad y sistematicidad
de estas prácticas, señala que miembros del PCP-SL, y en especial
su dirección nacional y su denominada jefatura, tienen directa
responsabilidad por la comisión de crímenes de lesa humanidad
en el marco de ataques armados contra la población civil, cometidos
a gran escala o bien como parte de una estrategia general o
planes específicos. Del mismo modo, estas conductas constituyen,
a juicio de la CVR, graves infracciones a los Convenios de Ginebra,
cuyo respeto era obligatorio para todos los participantes en
las hostilidades. La perfidia con la que actuó el PCP-SL en
el terreno, escudándose en la población civil, evitando el uso
de distintivos y atacando a traición, entre otros métodos similares
como el recurso a acciones terroristas, constituyó un calculado
mecanismo que buscaba provocar reacciones brutales de las fuerzas
del orden contra la población civil, incrementando en una forma
extraordinaria los sufrimientos de las comunidades en cuyos
territorios se llevaban a cabo las hostilidades.
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La CVR encuentra la más grave responsabilidad
en los miembros del sistema de dirección del PCP-SL por el conflicto
que desangró a la sociedad peruana, por los siguientes elementos:
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Por haber dado inicio a la violencia en contra
del sentimiento abrumadoramente mayoritario de la población;
· por haber planteado su lucha contra la democracia peruana
con una estrategia sanguinaria;
· por las prácticas violentas de ocupación y control de territorios
rurales y poblaciones campesinas, con un alto costo en vidas
y en sufrimiento humano;
· por su política de genocidio mediante actos de provocación
al Estado;
· por su decisión de proclamar el llamado equilibrio “estratégico”
que acentuó el carácter terrorista de sus acciones.
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La CVR hace notar la profunda irresponsabilidad
y menosprecio del PCP-SL hacia sus propios militantes, a quienes
se les inducía a matar y morir de la manera más cruel y sanguinaria,
mientras que sus dirigentes máximos, especialmente Abimael Guzmán
Reynoso, permanecían en Lima, exentos de riesgos físicos y privaciones,
prácticamente durante todo el conflicto. Esta incongruencia
se expresó de la manera más patente cuando, tras ser capturado,
Abimael Guzmán Reynoso, abandonó casi inmediatamente la tesis
del “equilibrio estratégico” y solicitó al gobierno un “acuerdo
de paz” junto con un reconocimiento explícito y sumamente elogioso
al gobierno dictatorial de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos.
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La CVR expresa su pesar por los miles de jóvenes
que resultaron seducidos por una propuesta que constataba los
profundos problemas del país y proclamaba: «la rebelión se justifica».
Muchos de ellos, con voluntad de transformar esa realidad injusta,
no advirtieron que el tipo de rebelión que planteaba el PCP-SL
implicaba el ejercicio del terror y la implantación de un régimen
totalitario. Quedaron así encuadrados en una organización absolutamente
vertical, y totalitaria que les inculcaba el desprecio por la
vida, castigaba las discrepancias y exigía plena sumisión. Muchos
de ellos murieron inútil y cruelmente. La CVR llama al país
a impulsar las reformas institucionales necesarias para que
proyectos terroristas y totalitarios no encuentren nunca más
eco alguno entre los jóvenes.
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La Comisión constata constatar que a diferencia
de otros países de América Latina por esa misma época, entre
1980 y 1992 el conflicto armado interno se desarrolló mientras
imperaba en el Perú un régimen democrático, con elecciones libres,
libertad de prensa y el sistema político más inclusivo de nuestra
historia contemporánea. El PCP-SL y el MRTA se autoexcluyeron
de manera unilateral del sistema democrático y socavaron más
bien con sus acciones armadas el régimen político democrático
instaurado en 1980.
B. Sobre el Movimiento Revolucionario Túpac
Amaru (MRTA)
-
En 1984, el Movimiento Revolucionario Túpac
Amaru (MRTA) inició a su vez una lucha armada contra el Estado
y es responsable del 1.5% de las víctimas fatales que fueron
reportadas a la CVR. A diferencia de SL y en forma similar a
otras organizaciones armadas latinoamericanas con quienes mantuvo
vínculos, el MRTA reivindicaba sus acciones y sus miembros usaban
distintivos para diferenciarse de la población civil, se abstuvo
de atacar a la población inerme y en algunas coyunturas dio
muestras de estar abierto a negociaciones de paz. Sin embargo,
el MRTA incurrió también en acciones criminales , recurrió a
asesinatos, como en el caso del Grl. Enrique López Albújar,
a la toma de rehenes y a la práctica sistemática del secuestro,
crímenes que violan no sólo la libertad de las personas sino
el derecho internacional humanitario que el MRTA afirmaba respetar.
Cabe resaltar también que el MRTA asesinó a disidentes de sus
propias filas.
-
En balance, durante la década de 1980 el discurso
y las acciones del MRTA contribuyeron a crear un clima en el
cual el uso de la violencia PRETENDIO SER O APARECER aparecía
como un recurso político legítimo, favoreciendo en última instancia
el accionar y expansión de Sendero Luminoso. Y en la década
de 1990, especialmente a partir de su frustrada toma del Congreso
y de la toma de la residencia del embajador japonés en diciembre
de 1996, el MRTA favoreció la legitimación de la política contrasubversiva
autoritaria y militarizada del gobierno de Alberto Fujimori.
III. La responsabilidad de los gobiernos y
de los poderes y aparatos del Estado
-
La CVR constata que Fernando Belaúnde Terry
y Alan García Pérez ganaron la presidencia en elecciones libres
y directas por los ciudadanos. También lo hizo Alberto Fujimori
en 1990. Sin embargo, a partir del golpe de Estado del 5 de
abril de 1992, Fujimori se convirtió en un gobernante autoritario,
que buscó permanecer en el poder consolidando una autocracia
corrupta.
-
La CVR hace notar que, a pesar de la subversión
armada del PCP-SL y del MRTA, y de ser notoriamente deficitaria
en muchos aspectos, la democracia respetó la separación de poderes
y la libertad de expresión, celebró tres elecciones presidenciales
y parlamentarias, cuatro elecciones municipales nacionales y
elecciones regionales en 1989. Ninguna de ellas fue cuestionada.
-
La CVR constata no obstante, que quienes gobernaron
el Estado en ese período carecieron de la comprensión necesaria
y del manejo adecuado del conflicto armado planteado por PCP-SL
y el MRTA. Existió un interés por poner en marcha la Constitución
de 1979, por desarrollar el país y por hacer que la relación
entre gobernantes y gobernados fuese expresión del Estado de
Derecho. Sin embargo, tanto el gobierno del presidente Belaúnde
como el del presidente Alan García erraron al no aplicar una
estrategia integral, vale decir social, política, económica,
militar, psicosocial, de inteligencia y de movilización del
conjunto de la población para hacer frente de un modo eficaz
y dentro de sus propios marcos democráticos a la subversión
armada y al terrorismo.
A. LA ACTUACIÓN DE LAS FUERZAS POLICIALES
-
La CVR señala que las fuerzas policiales tenían
el deber de enfrentar a los grupos subversivos que vulneraban
los derechos fundamentales de los ciudadanos y reconoce la esforzada
y sacrificada labor que sus miembros realizaron durante los
años de violencia. Asimismo, rinde su más sentido homenaje a
los más de un millar de valerosos efectivos que perdieron la
vida o quedaron discapacitados en cumplimiento de su deber.
-
La CVR considera que la formación contrasubversiva
recibida hasta entonces por las fuerzas del orden había tenido
como referente a movimientos guerrilleros según el modelo castrista
o, en el mejor de los casos, a grupos armados semejantes a los
que por esos años actuaban en otros países de América Latina.
Esta fue una razón principal de su dificultad para enfrentar
a un enemigo vesánico, que se confundía entre la población civil
y era diferente a aquellos grupos subversivos.
-
La CVR señala que las fuerzas de la policía
tuvieron que responder a la agresión del PCP-SL y, después,
del MRTA en condiciones logísticas precarias, sin entrenamiento
adecuado ni rotación suficiente de efectivos. Cuando recibieron
la responsabilidad de conducir las acciones de lucha contrasubversiva
en Ayacucho, no contaron con un apoyo adecuado del gobierno.
-
La CVR considera que la limitaciones de los
servicios de inteligencia policiales no permitieron tener una
visión adecuada de lo que acontecía. Esto, sumado al desconocimiento
de la naturaleza del PCP-SL, provocó que se menospreciara la
magnitud del fenómeno en curso. Así, en lugar de enviar a los
agentes más preparados y eficientes de cada institución, se
mantuvo la práctica común en las organizaciones policiales de
enviar a elementos no idóneos a zonas alejadas como forma de
castigo.
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La CVR ha constatado que una vez declarado
el estado de emergencia en Ayacucho, en octubre de 1981, la
intervención del destacamento policial contrainsurgente denominado
los sinchis hizo crecer las violaciones a los derechos humanos,
generó resentimientos y distanció a la policía de la población.
-
La CVR señala que tanto las dificultades de
coordinación para sumar esfuerzos entre los tres institutos
policiales, cuanto la corrupción en altos oficiales y en unidades
estratégicas fueron factores externos al conflicto mismo que
impidieron un mejor desempeño policial en los años en que la
subversión aún era débil. Por ello, a pesar de los relativos
logros obtenidos durante 1982 con la captura de subversivos,
especialmente en las ciudades, hubo dos acontecimientos que
mostraron que la subversión había excedido las capacidades de
las FFPP: el asalto al centro penitenciario de Huamanga por
el PCP-SL y el repliegue de los puestos policiales en el campo
a lo largo de 1982 .
-
La CVR ha constatado que con el ingreso de
las FFAA a Ayacucho y la posterior implantación de los Comandos
Político-Militares (CPM) en las zonas declaradas en estado de
emergencia, se impuso la subordinación policial a las FFAA,
quedando sujeta a las funciones establecida por los jefes militares,
por encima de sus propios comandos y de las autoridades civiles.
En este contexto y a medida que la ofensiva militar avanzó,
agentes de los tres institutos policiales que actuaron en las
zonas de emergencia incurrieron en graves violaciones a los
derechos humanos.
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La CVR concluye que la lucha contra la subversión
reforzó en miembros de la policía prácticas autoritarias y represivas
preexistentes. La tortura en interrogatorios y las detenciones
indebidas que habían sido frecuentes en el trato con la delincuencia
común, adquirieron un carácter masivo durante la acción contrasubversiva.
[La CVR ha constatado que las violaciones más graves a los derechos
humanos por parte de agentes militares fueron: ejecuciones extrajudiciales,
desaparición forzada de personas, torturas, tratos crueles,
inhumanos o degradantes. Entre estos, la CVR condena particularmente
la práctica extendida de violencia sexual contra la mujer. Todos
estos actos constituyen una deshonra para quienes fueron sus
perpetradores directos y para quienes, en su condición de superiores
jerárquicos, los instigaron, permitieron o encubrieron con mecanismos
de impunidad.]
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La CVR constata que durante la segunda mitad
de la década de 1980, la unificación de las fuerzas policiales,
el seguimiento de sus labores desde el Ministerio del Interior;
y la fusión de distintas unidades operativas en la Dirección
de Operaciones Especiales (DOES), contribuyeron a una mejor
coordinación de acciones para la lucha contrasubversiva. Pese
a ello, el sector no atendió ni reforzó lo suficiente a la DIRCOTE,
unidad que había adquirido experiencia a partir de su trabajo
concentrado en Lima.
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La CVR ha encontrado indicios que vinculan
individualmente a efectivos de las fuerzas policiales al mal
llamado “Comando Rodrigo Franco”, del que no se ha podido determinar
si era una organización centralizada o una especie de franquicia
empleada por actores diversos, no necesariamente articulados
entre ellos.
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La CVR puede afirmar que el distanciamiento
entre la policía y las poblaciones tendió a agudizarse conforme
se desenvolvía el conflicto armado interno. Este hecho facilitó
el arraigo de una mala imagen del policía como perpetrador o,
en el caso de las zonas cocaleras, como corrupto vinculado al
narcotráfico.
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La CVR constata que a partir de 1985 las fuerzas
policiales llegaron a tener un conocimiento más acertado de
la organización y formas de acción de los grupos subversivos.
El trabajo de inteligencia operativa de la DINCOTE (antes DIRCOTE)
logró las impecables capturas de los principales dirigentes
subversivos, destacando las de Víctor Polay Campos el 9 de junio
de 1992 y de Abimael Guzmán Reynoso el 12 de septiembre del
mismo año. Estas capturas constituyeron un aporte fundamental
para conseguir la derrota estratégica de la subversión y el
terrorismo.
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La CVR constata que, a partir del golpe del
5 de abril de 1992, la PNP fue sometida a los planes del SIN
y subordinada al poder militar, con un recorte significativo
de sus facultades, una distorsión de sus funciones institucionales
y una cúpula involucrada en la red de corrupción del régimen,
manejada por Vladimiro Montesinos
B. LA ACTUACION DE LAS FUERZAS ARMADAS.
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La CVR señala que las FFAA, por decisión del
gobierno constitucional mediante decreto supremo expedido el
29 de diciembre de 1982, tenían el deber de enfrentar a los
grupos subversivos que desafiaban el orden constitucional de
la República y vulneraban los derechos fundamentales de los
ciudadanos,
-
La CVR reconoce la esforzada y sacrificada
labor que los efectivos de las FFAA realizaron durante los años
de violencia y rinde su más sentido homenaje a los más de un
millar de valerosos efectivos que perdieron la vida o quedaron
discapacitados en cumplimiento de su deber.
-
La CVR ha encontrado que las FFAA aplicaron
una estrategia que en un primer periodo fue de represión indiscriminada
contra la población considerada sospechosa de pertenecer a PCP-SL.
En un segundo período, esa estrategia se hizo más selectiva,
aunque continuó posibilitando numerosas violaciones de derechos
humanos.
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La CVR afirma que en ciertos lugares y momentos
del conflicto la actuación de miembros de las FFAA no sólo involucró
algunos excesos individuales de oficiales o personal de tropa,
sino también prácticas generalizadas y/o sistemáticas de violaciones
de los derechos humanos, que constituyen crímenes de lesa humanidad
así como transgresiones de normas del Derecho Internacional
Humanitario.
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La CVR concluye que, en este marco, los Comandos
Político-Militares (CPM), erigidos en autoridad estatal máxima
de las zonas de emergencia, pueden tener la responsabilidad
primaria por estos crímenes. El Poder Judicial debe establecer
el grado exacto de responsabilidad penal de quienes ejercieron
los CPM, ya sea por haber ordenado, incitado, facilitado o encubierto
estos hechos, o bien por haber omitido el deber fundamental
de ponerles coto.
-
La CVR ha constatado que las violaciones más
graves a los derechos humanos por parte de agentes militares
fueron: ejecuciones extrajudiciales, desaparición forzada de
personas, torturas, tratos crueles, inhumanos o degradantes.
Entre estos, la CVR condena particularmente la práctica extendida
de violencia sexual contra la mujer. Todos estos actos constituyen
una deshonra para quienes fueron sus perpetradores directos
y para quienes, en su condición de superiores jerárquicos, los
instigaron, permitieron o encubrieron con mecanismos de impunidad.
-
La CVR señala que al momento de su intervención
en la lucha contra la subversión, las FFAA tenían preparación
y equipamiento para enfrentar un eventual conflicto convencional
(conflicto externo). Durante los primeros años de su intervención
(1983-85), carecieron de adecuado trabajo de inteligencia sobre
la organización, el perfil de los militantes y la estrategia
del PCP-SL. Por decisión de la autoridad civil, su objetivo
fue terminar rápidamente el conflicto, sin tomar en cuenta el
costo en vidas humanas. Se plantearon recuperar el dominio territorial,
suponiendo que la población se dividía entre poblados leales
al Estado peruano y poblados subversivos o zonas rojas, sin
advertir que estas últimas no eran homogéneas y contenían por
lo general sectores sobre los cuales el PCP-SL se imponía por
la coacción e incluso el terror.
-
Para la CVR, aunque la intervención militar
golpeó duramente la organización y la capacidad operativa de
PCP-SL, produjo también una secuela de violaciones masivas de
los derechos humanos y convirtió al bienio 1983-84 en el más
letal del conflicto fundamentalmente en Ayacucho. Peor aún,
la estrategia resultó contraproducente, pues la represión indiscriminada
en las zonas rurales postergó la ruptura entre PCP-SL y los
sectores más pobres del campesinado, y no evitó la expansión
de las acciones armadas a otras zonas del país.
-
La CVR señala que, en agosto de 1989, las
FFAA aprobaron la sistematización de una estrategia contrasubversiva.
La nueva estrategia distinguía en los teatros de operaciones
poblaciones amigas, neutrales y enemigas, y no tenía como objetivo
principal el control territorial sino la eliminación de las
OPA (Organizaciones Político-Administrativas) o comités populares
senderistas; ganar a la población y aislar a la fuerza militar
del PCP-SL. La estrategia produjo resultados decisivos, como
alentar la reacción del campesinado contra el poder senderista
y la masificación de los Comités de Autodefensa, que cambiaron
las relaciones entre FFAA y campesinado.
-
La CVR constata que en esta etapa las violaciones
de derechos humanos fueron menos numerosas, pero más deliberadas
o planificadas que en la etapa anterior. Aparecieron, además,
escuadrones de la muerte cuya actividad llevó a que el Perú
ocupara en esos años el primer lugar en el mundo en desapariciones
forzadas de personas.
-
CVR señala que la nueva estrategia fue aprovechada
por un grupo de oficiales que, a su vez, diseñó planes para
una posible interrupción castrense del proceso político. Parte
de esos planes autoritarios serían retomados posteriormente
para el golpe de 1992. Dichos proyectos antidemocráticos expusieron
a las FFAA a dos grandes trastornos institucionales: a) el uso
de un modelo de política contrasubversiva y la imagen de una
fuerza armada victoriosa para justificar el golpe de Estado
de 1992, y b) una tregua con el narcotráfico al definir al PCP-SL
como enemigo principal, que debía ser aislado del campesinado
cocalero. En algunos casos, y sobre todo a partir del ascenso
de Vladimiro Montesinos, esa tregua se convirtió en alianza.
-
La CVR concluye que la captura de Abimael
Guzmán y la desarticulación del PCP-SL y el MRTA no lograron
evitar que la ética, el prestigio e incluso el bienestar y la
eficiencia de las FFAA quedaran seriamente mellados por una
cúpula que unió su suerte al gobierno dictatorial. Este proceso
de descomposición estuvo caracterizado por la actividad del
Grupo Colina, la persecución de oficiales disidentes, así como
la organización de un sistema de corrupción, chantaje y espionaje
político dentro de las propias FFAA bajo la dirección de Vladimiro
Montesinos.
-
La CVR ha encontrado que las FFAA fueron capaces
de extraer lecciones durante el proceso de violencia, las que
le permitieron afinar su estrategia de manera que ésta fuera
más eficaz y menos propensa a la violación masiva de derechos
humanos. Este aprendizaje se revela ostensiblemente en el descenso
de víctimas por acción de agentes del Estado precisamente en
los años más intensos del conflicto armado interno (1989-1993),
mientras que durante esos mismos años el PCP-SL desplegaba una
desbordante violencia terrorista contra los pueblos quechua
y asháninka y también contra la población urbana. Ese aprendizaje,
junto con la proliferación de los Comités de Autodefensa, la
inteligencia operativa policial, y el respaldo de la ciudadanía,
permite explicar la derrota del PCP-SL.
C. Sobre la actuación de los comités de autodefensa
-
La CVR estima que desde muy temprano, sectores
del campesinado más pobre, aquellos que según los cálculos del
PCP-SL debían haber sido sus aliados principales, se levantaron
contra un proyecto que no compartían y se les imponía por la
fuerza. Comunidades como Uchuraccay y otras de las alturas de
Huanta se encuentran entre los ejemplos más conocidos. En algunos
casos de modo espontáneo, en otros por iniciativa de las FFAA,
los productores agrarios del valle del río Apurímac formaron
los primeros Comités de Autodefensa (CADs), que posteriormente
se multiplicaron, propinándole su primera derrota estratégica
al PC-SL en las áreas rurales.
-
La CVR reconoce el derecho de los campesinos
a la autodefensa en el contexto excepcional planteado por la
agresión senderista. Constata, al mismo tiempo, que en un número
significativo de casos la formación de Comités de Autodefensa
se produjo por la presión y el amedrentamiento de las FFAA y/o
de otros CADs. En ocasiones, los CADs fueron más allá de tareas
de autodefensa y resultaron, de acuerdo a los hallazgos de la
CVR, responsables de crímenes que deben ser sancionados .
-
La CVR reconoce, sin embargo, que los CADs
fueron un factor muy importante en el desenlace del conflicto
armado interno y rinde homenaje a los ronderos caídos en defensa
de sus comunidades y del país. Resalta, asimismo, que una vez
terminado el conflicto armado no se convirtieron en sicarios
del narcotráfico, ni pusieron su experiencia militar al servicio
de otros actores implicados en actividades ilícitas. La inmensa
mayoría de miembros de los CADs se ha reintegrado a sus comunidades,
y el país sigue teniendo una deuda con ellos. El Decreto Legislativo
741 promulgado a fines de 1991, y su posterior reglamentación,
sólo les reconoce indemnizaciones a partir de la promulgación
de la ley, y ha beneficiado a un reducido número de deudos.
IV. EL PROCESO POLÍTICO Y LOS GOBIERNOS
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La CVR, antes de detenerse en sus conclusiones
específicas sobre los gobiernos, debe diferenciar los años que
van entre 1980 y 1992, tramo que transcurrió bajo regímenes
civiles electos democráticamente, del tramo final de nuestro
mandato, que va de 1992 al año 2000 – donde un gobierno que
nació de un golpe de estado, organizó, pese a las elecciones
que ganó, un régimen autoritario que quiso prorrogarse como
dictadura. Ese cambio de régimen tiene una incidencia directa
sobre las responsabilidades de las máximas autoridades del Estado
en torno a las violaciones a los derechos humanos, pues la centralización
del poder incide en la relación más directa en principio entre
el Presidente de la República y los grupos que operan encubiertos
por el poder para perpetrar esas violaciones.
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La CVR considera que, dado el desarrollo de
los hechos, marcado por la creciente violencia del PCP-SL, era
inevitable que el Estado utilizara sus fuerzas armadas para
hacerle frente y recurriera a declarar estados de emergencia,
que eran una posibilidad considerada por la Constitución vigente
para afrontar situaciones de grave riesgo. La CVR deplora, sin
embargo, que los gobiernos que así lo decidieron, no tomasen
las previsiones para impedir los atropellos a los derechos fundamentales
de la población, atropellos posibles de acuerdo con el tipo
de intervención que es propio de los cuerpos militares, mucho
más cuando voceros calificados de ellos advirtieron públicamente
sobre la alta probabilidad de una represión indiscriminada.
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La CVR es consciente que todo este actuar
de los Gobiernos estaba condicionado, tanto en su debilidad
como en su improvisación, por las fallas profundas del Estado:
i) su insuficiente cobertura territorial y densidad institucional;
ii) su falta de preparación para enfrentar un conflicto de esas
características; iii) la desconfianza que le provocaban significativos
sectores de sus propios ciudadanos y; iv) una creciente incapacidad
para someterse a los marcos constitucionales y legales de los
que acababa de dotarse el país a través de la Constitución de
1979.
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La CVR debe rendir por eso su homenaje a los
dirigentes y militantes de los partidos políticos democráticos,
que ofrendaron su vida o sufrieron maltrato por cumplir con
honestidad con sus deberes públicos. Nos referimos tanto a los
militantes y familiares de los partidos que gobernaron, así
como a los que tuvieron responsabilidad parlamentaria o en las
regiones y municipios. Debe destacarse especialmente a las autoridades
locales de los lugares más afectados por la violencia, que mantuvieron
la presencia del Estado peruano muchas veces a costa del máximo
sacrificio. Ellos deben ser un ejemplo para todos en esta nueva
etapa de búsqueda de democracia.
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La CVR debe constatar, al mismo tiempo, una
muy grave responsabilidad de los gobiernos de esos años, así
como de los partidos que tuvieron representación en el Parlamento,
los gobiernos locales y, entre 1989 y 1991, los gobiernos regionales.
En los primeros doce años del conflicto, la Policía y las Fuerzas
Armadas se hicieron cargo del combate a la subversión a partir
de instrumentos legales aprobados por gobiernos civiles y dentro
del marco de una legislación antiterrorista promulgada por un
Congreso elegido democráticamente.
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La CVR ha recogido amplia evidencia de cómo
en el combate a los grupos subversivos se cometieron gravísimas
y masivas violaciones a los derechos humanos, lo que afecta
en primer lugar a los gobiernos, que eran los responsables del
conjunto de la acción del Poder Ejecutivo, del cual dependen
las fuerzas del orden. Además de ello, los gobiernos civiles
electos incurrieron en la más grave responsabilidad al desatender
las denuncias de violaciones de derechos humanos o, en muchos
casos, al garantizar la impunidad para los responsables de las
mismas.
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La CVR encuentra que el primer punto de inflexión
institucional en la abdicación de la responsabilidad democrática
por parte de los gobiernos con la creación por dispositivo legal
de los Comandos Político Militares. Ellos subordinaron en la
práctica al poder civil en las zonas declaradas en estado de
emergencia, pues ellos terminaron asumiendo no sólo la conducción
militar sino también política de la lucha contrasubversiva .
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La CVR constata que la ley colocaba a militares
y policías que actuaban en provincias declaradas en estado de
emergencia bajo la competencia de la justicia militar, lo que
favoreció la impunidad de los agentes del Estado responsables
de violaciones a los derechos humanos. Del mismo modo el carácter
permanente de una situación de excepción en cada vez más provincias,
debilitó la democracia y creó un clima propicio para las violaciones
a los derechos humanos, así como un sentido común de la población
y las autoridades civiles de esas zonas, de que el poder reposaba
en la autoridad militar.
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La CVR considera que la abdicación de la autoridad
democrática culminó con la legislación antisubversiva aprobada
después del golpe de abril de 1992. De acuerdo a ella, los jefes
de los CPM no sólo coordinaban y supervisaban sino “conducían”
las acciones en los campos no-militares. Ese paquete legislativo
cambió el Sistema de Defensa Nacional, la ley del Servicio de
Inteligencia Nacional y la ley de situación militar. Esta última
permitió que los comandantes generales de las FF.AA. permanecieran
en sus cargos aún después de su fecha de retiro. La nueva legislación
incluía además penas y procedimientos que violaban las garantías
del debido proceso, así como la Constitución y tratados internacionales
de los cuales el Perú era firmante: penas mínimas desproporcionadas,
nuevas figuras legales como terrorismo agravado y traición a
la patria, tribunales y jueces sin rostro, entre otros. Este
nuevo marco legal fue uno de los pilares del régimen surgido
a partir del golpe de Estado de abril de 1992.
A. Indiferencia y demanda de dureza
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La CVR ha constatado con pesar que los gobiernos
civiles no estuvieron solos en esta concesión al uso indiscriminado
de la fuerza como medio de combate contra la subversión. Por
el contrario, la proclividad de dichos gobiernos a la solución
militar sin control civil estuvo en consonancia con un considerable
sector de la sociedad peruana, principalmente el sector urbano
medianamente instruido, beneficiario de los servicios del Estado
y habitante de zonas alejadas del epicentro del conflicto. Este
sector miró mayoritariamente con indiferencia o reclamó una
solución rápida, dispuesta a afrontar el “costo social” que
era pagado por los ciudadanos de las zonas rurales y más empobrecidas.
B. El gobierno de Acción Popular
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La CVR expresa su reconocimiento especial
a todas las víctimas pertenecientes al partido Acción Popular,
muchas de las cuales fueron autoridades locales que permanecieron
en sus puestos a pesar de la intensidad de la violencia. La
CVR resalta, también, el esfuerzo realizado por el gobierno
del presidente Fernando Belaúnde Terry por preservar el sistema
democrático, las elecciones locales y generales y la libertad
de prensa, en el contexto de una difícil transición a un régimen
democrático en medio del peor conflicto armado interno de la
historia republicana del país.
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La CVR reconoce que el partido Acción Popular
tuvo que enfrentar la subversión un escenario difícil por la
complejidad del Estado sobredimensionado legado por el gobierno
militar, por la debilidad de un sistema de partidos sin vida
democrática significativa, por relaciones cívico-militares marcadas
por la distancia y la desconfianza y por la existencia de una
izquierda de gran tamaño y radicalidad.
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La CVR recuerda que en ese contexto, el presidente
Belaúnde propuso diversas políticas de frente, que sólo fueron
aceptadas por su aliado, el Partido Popular Cristiano. Los demás
partidos optaron por mantener sus propios perfiles. Ese desacuerdo
complicó enormemente las posibilidades de una respuesta unitaria
a la amenaza subversiva.
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La CVR encuentra que el conflicto armado interno
fue considerado por varios meses como un problema marginal que
había tomado por sorpresa al Estado y a todas las fuerzas políticas
del país. Una vez que el incremento del número de acciones subversivas
armadas lo volvió inocultable, el gobierno de AP y la oposición
perdieron un valioso tiempo en atribuir las responsabilidades
de los hechos, a partir de sus propias agendas políticas . Debe
señalarse que ese tiempo perdido en diagnósticos errados o interesados
fue crucial para el asentamiento del PCP-SL en diversas áreas
del campo ayacuchano, sin una respuesta estatal organizada por
el gobierno.
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La CVR constata que el gobierno optó por enfrentar
al PCP-SL con las fuerzas policiales y con medidas de excepción
que se prorrogaron ininterrumpidamente. Las limitaciones de
las fuerzas policiales, divididas en tres instituciones sin
coordinación entre ellas, desprovistas de equipamiento básico
y sin el respaldo de una política contrasubversiva coherente
generaron, en poco tiempo, un rechazo de la población que fue
trasladado hacia el gobierno. Éste, ante la actividad cada vez
más violenta de SL, optó por ceder la conducción de la lucha
antisubversiva a las FFAA a fines de 1982.
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La CVR considera que la decisión adoptada
por el gobierno de AP inició un proceso de militarización que
duró más de una década y que tuvo graves consecuencias para
el país. Con el establecimiento de comandos político-militares
y ante la inoperancia del poder político para contribuir en
la lucha contrasubversiva en los campos no-militares, se produjo
una subordinación de hecho de las autoridades civiles locales
a las estrategias contrasubversivas de las FFAA.
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La CVR ha establecido que los comandos político-militares
y la intervención de las FFAA se realizaron sin tomar las previsiones
indispensables por parte de la autoridad civil para salvaguardar
los derechos fundamentales de la población, permitiéndose en
consecuencia numerosas violaciones de los derechos humanos de
manera sistemática y/o generalizada.
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La CVR concluye que el gobierno de Acción
Popular toleró estas violaciones de derechos humanos, haciendo
caso omiso de las numerosas denuncias por diversas fuentes gubernamentales
y de la sociedad civil. Tal es el caso de matanzas como las
de Putis, Pucayacu, Cabitos, entre las más notorias. Asimismo,
durante ese período de gravísima violencia, el parlamento con
mayoría gobiernista no nombró ninguna comisión investigadora.
La única comisión fue nombrada por el Ejecutivo para investigar
la matanza de ocho periodistas en la comunidad de Uchuraccay,
donde la CVR ha constatado que murieron, además, 135 campesinos
quechuas en el transcurso del año posterior a la masacre, la
mayoría a manos de Sendero Luminoso.
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La CVR encuentra que esa injustificada tolerancia
del gobierno de AP hacia los atropellos a los derechos fundamentales
de la ciudadanía, se sustentaba en la intención y la expectativa
de acabar con la subversión en el corto plazo, sin considerar
su costo en vidas humanas. Dicha política fue ratificada por
la Ley 24150 promulgada en 1985.
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La CVR encuentra responsabilidad política
en el gobierno de Acción Popular por su tolerancia con las violaciones
de derechos humanos cometidas por parte del Estado, principalmente
contra la población indígena, la más desprotegida y marginada
del país, y halla en ella una lamentable muestra de esos hábitos
de discriminación y racismo existentes en la sociedad peruana.
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Las cifras de la CVR revelan que entre 1983
y 1984 se produjo la mayor cantidad de muertes anualizadas de
todo el conflicto, causadas por las campañas de asesinatos del
PCP-SL y la cruenta respuesta oficial, que según los cálculos
de la CVR dejaron 19,468 víctimas fatales, es decir, 28 por
ciento del total estimado para todo el conflicto armado interna.
Estas cifras que pasaron casi imperceptibles para el resto del
país, debido a las graves fracturas étnicas de nuestra sociedad.
C. El gobierno del Partido Aprista Peruano
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La CVR expresa su reconocimiento especial
a todas las víctimas pertenecientes al Partido Aprista Peruano,
muchas de las cuales fueron autoridades locales que permanecieron
en sus puestos a pesar de la intensidad de la violencia. La
CVR resalta, también, el esfuerzo realizado por el gobierno
del presidente Alan García Pérez por preservar el sistema democrático,
las elecciones locales y generales y la libertad de prensa,
en el contexto de una difícil situación en medio del peor conflicto
armado interno de la historia republicana del país.
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La CVR considera que, al asumir el doctor Alan
García Pérez el gobierno en julio de 1985, impulsó una serie
de políticas sociales para reorientar la estrategia contrasubversiva
en marcha. El objetivo explícito fue derrotar a la subversión
mediante políticas de desarrollo dirigidas a los campesinos
y a las regiones más pobres. El nuevo gobierno asumió como propias
las críticas a la actuación de las FFAA que se venían haciendo
desde el periodo gubernamental previo.
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La política de respeto a los derechos humanos
y de denuncia de las violaciones de los mismos se expresó, por
ejemplo, en las sanciones aplicadas a los jefes militares responsables
de la matanza de Accomarca (agosto 1985). El gobierno buscó
así el control civil sobre la acción militar. Creó, asimismo,
una Comisión de Paz y llevó adelante iniciativas en el campo
de la unificación policial y la creación del Ministerio de Defensa.
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La CVR considera, sin embargo, que la llamada
“masacre de los penales” ocurridas los días 18 y 19 de junio
de 1986 en los centros penitenciarios de Lurigancho y El Frontón
marcó un punto de quiebre en el esfuerzo del gobierno del APRA
por imponer desde el poder civil un nuevo esquema de respeto
de los derechos humanos por las fuerzas del orden. La CVR constata
que a partir de los sucesos mencionados, las FF.AA. actuaron
con mayor autonomía en su accionar contrasubversivo, sin que
el Poder Ejecutivo ni el Poder Legislativo las proveyeran de
un marco legal para ello.
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La CVR encuentra grave responsabilidad política
en el gobierno del APRA en relación con estos casos, sin perjuicio
de otras responsabilidades que de manera individual sean determinadas
en otras instancias judiciales nacionales o internacionales.
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La CVR considera el encubrimiento de la matanza
de Cayara ocurrida en mayo de 1988, como paradigmático de la
nueva la actitud del partido de gobierno frente la actuación
de las FF.AA. en la lucha contrasubversiva. La comisión investigadora
conformada en el Senado de la República, presidida por el parlamentario
del PAP Carlos Enrique Melgar, dictaminó que la matanza no había
ocurrido, mientras que la minoría de dicha comisión y un fiscal
aseguraban lo contrario. El dictamen, no obstante, fue aprobado
por la mayoría aprista. Las investigaciones de la CVR confirman
la matanza de Cayara y encuentran responsabilidad política en
el PAP por colaborar en el encubrimiento de dicha masacre.
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La CVR constata el gobierno del APRA puso
en marcha un proceso de reorganización de las tres instituciones
policiales existentes, atendiendo a reclamaciones sobre la crisis
de corrupción e ineficiencia. Ello derivó en lo que más adelante
sería la policía nacional. El Partido Aprista tuvo un especial
interés en controlar a la policía a través del ministerio del
Interior. En el proceso se crearon nuevas unidades como la DOES,
preparada para la lucha contrasubversiva y se fortaleció el
trabajo de inteligencia contra el terrorismo.
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La CVR estima que la aguda crisis económica
y política que vivió el Perú a partir de 1988 favoreció el desarrollo
de las agrupaciones subversivas y a la vorágine de violencia.
El fracaso del programa económico y el inicio de la hiperinflación
llevó a una situación de grave inestabilidad en el país. Desde
el fallido intento de estatización de la banca, el gobierno
perdió el respaldo de los grupos empresariales y financieros
del país. Las marchas y contramarchas en las políticas económicas
agudizaron la tensión social existente, agravada por servicios
básicos colapsando. El PCP-SL aprovechó esos espacios de descontento
para iniciar sus propias marchas de protesta hasta en la misma
capital.
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La CVR ha recogido testimonios que sugieren
la existencia de policías vinculados a actividades de escuadrones
de la muerte y comandos paramilitares utilizados contra presuntos
subversivos. Una serie de sucesos, como la aparición del Comando
Rodrigo Franco, el enfrentamiento en Molinos, el ataque del
PCP-SL al puesto policial de Uchiza, la vacancia de cargos municipales
en 1989 y el escape de los emerretistas del penal Castro Castro
en 1990, entre otros, potenciaron la imagen de desgobierno y
caos en el país. Al mismo, tiempo, sin embargo se llevaron a
cabo tres elecciones nacionales entre noviembre de 1989 y junio
de 1990. El descontento de las FFAA fue grande, produciéndose
hasta un intento de golpe de Estado. La CVR concluye que, al
producirse la crisis, el gobierno perdió el control de la política
contrasubversiva, salvo en algunas áreas del trabajo policial
que fueron muy exitosas como la del GEIN que, a la postre, rendiría
los mayores frutos en cuanto a capturas de líderes subversivos.
D. Los gobiernos de Alberto Fujimori
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La CVR ha constatado que las elecciones presidenciales
de 1990 se produjeron en medio de una crisis generalizada y
del incremento de la acción subversiva. El desprestigio de los
partidos y la pérdida de confianza en las organizaciones políticas
facilitaron el triunfo de un independiente, el ingeniero Alberto
Fujimori, ex-Rector de la Universidad Nacional Agraria. Rápidamente
reveló rasgos de personalidad que se expresarían en sus dos
períodos gubernamentales: el menosprecio a la democracia. En
ningún momento construyó una organización política que lo respalde
. Para enfrentar los dos grandes problemas que heredaba –crisis
económica y avance de la subversión- encargó los asuntos económicos
a grupos de tecnócratas, y asumió como suya la estrategia antisubversiva
de las Fuerzas Armadas perfilada a finales de la década de 1980.
Igualmente, convocó a operadores de inteligencia militar; el
más conocido: Vladimiro Montesinos. Con su apoyo, el nuevo régimen
comenzó a fortalecer el Servicio de Inteligencia Nacional y
se aseguró la lealtad de las cúpulas militares para convertirlas
en pilares de su gestión .
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La CVR concluye que el golpe de estado del
5 de abril de 1992 significó el colapso del Estado de Derecho
y mostró además la debilidad del sistema de partidos; el golpe
contó con el apoyo de la mayoría de la opinión pública. En medio
de la ofensiva urbana del PCP-SL, sectores importantes de todos
los estratos sociales, se mostraron dispuestos a trocar democracia
por seguridad y a tolerar las violaciones a los DDHH como el
costo necesario para terminar con la subversión.
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La CVR ha constatado que a partir de 1992
la nueva estrategia contra-subversiva puso énfasis en la eliminación
selectiva de las organizaciones político-administrativas (OPA)
de los grupos subversivos. Vinculado a Vladimiro Montesinos
actuó un escuadrón de la muerte denominado “Colina”, responsable
de asesinatos, desapariciones forzadas y masacres con crueldad,
ensañamiento. La CVR posee indicios razonables para afirmar
que el presidente Alberto Fujimori, su asesor Vladimiro Montesinos
y altos funcionarios del SIN tienen responsabilidad penal por
los asesinatos, desapariciones forzadas y masacres perpetradas
por el escuadrón de la muerte denominado “Colina”.
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La CVR sostiene que la DINCOTE, gracias a
la experiencia acumulada desde fines de la década anterior y
el énfasis puesto en el trabajo de inteligencia, mostró por
esa misma época facetas más constructivas y eficaces, que desembocaron
en la captura de Víctor Polay, principal dirigente del MRTA,
y en la de Abimael Guzmán y miembros del Buró Político del Comité
Central del PCP-SL, el 12 de setiembre de 1992. La CVR concluye
que las capturas de los líderes máximos del PCP-SL y el MRTA
no fueron usadas por el gobierno para acelerar la derrota de
la subversión sino para obtener réditos electorales.
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Asimismo, entonces, la CVR señala la utilización
dada al operativo Chavín de Huántar. Como se sabe, en diciembre
de 1996 un comando del MRTA secuestró centenares de civiles
que asistían a una recepción en la residencia del embajador
japonés. La CVR expresa su repudio a esa acción terrorista que
mantuvo cautivos durante más de cuatro meses a decenas de personas.
Reconoce, asimismo, el derecho del Estado a rescatar a los rehenes
allí recluídos y saluda el heroísmo y la eficiencia de los comandos
que culminaron con éxito el operativo de rescate y rinde homenaje
a los miembros del Ejército fallecidos en dicha acción, así
como al Dr. Carlos Giusti. Condena, sin embargo, las ejecuciones
extrajudiciales que se habrían producido, injustificadas por
tratarse de personas rendidas, y comparte asimismo el rechazo
de la opinión pública a las imágenes de Alberto Fujimori paseándose
por sobre los cadáveres desparramados en la residencia recién
rescatada.
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La CVR afirma que en los años siguientes,
diversos hechos, algunos ciertos, la mayoría manipulados mediáticamente,
sirvieron para crear y recrear exageradamente al “terrorismo”
como una amenaza latente, para justificar el autoritarismo del
régimen y para desprestigiar a los opositores. La interceptación
telefónica a políticos opositores, el acoso al periodismo independiente,
el sometimiento y perversión final de la mayoría de medios de
comunicación, los atentados y crímenes incluso contra miembros
del propio SIN, así como la desvirtuación de operaciones legítimas
como el mencionado operativo Chavín de Huántar, llevan el sello
del gobierno autoritario de Alberto Fujimori.
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Por lo expuesto, la CVR sostiene que en los
últimos años del gobierno de Fujimori el conflicto armado interno
fue manipulado con la finalidad de hacer que el régimen permaneciera
en el poder. Ello sumió al país en una nueva crisis económica
y en abismos de corrupción, descomposición moral, debilitamiento
del tejido social e institucional y una profunda desconfianza
en la esfera pública. Todos estos rasgos constituyen, por lo
menos en parte, secuelas de la forma autoritaria, “antipolítico”,
en que se resolvió el conflicto y configuran una de las páginas
más oprobiosas de la historia de la república.
E. Los partidos de Izquierda
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La CVR expresa su reconocimiento especial
a todas las víctimas pertenecientes a los partidos que conformaron
la alianza Izquierda Unida, muchas de las cuales fueron autoridades
locales que permanecieron en sus puestos a pesar de la intensidad
de la violencia. La CVR resalta, también, que IU fue un canal
de representación política de amplios sectores populares y movimientos
sociales hasta entonces no incluidos en la agenda nacional.
De esta forma, en muchas zonas del país, militantes de izquierda
fueron un freno para el avance de Sendero Luminoso.
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La CVR ha constatado que la alianza Izquierda
Unida (IU) fue la segunda fuerza electoral durante la mayor
parte de la década de 1980, tuvo representación en el Parlamento,
responsabilidad en gobiernos locales y, entre 1989 y 1992, en
los gobiernos regionales.
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Asimismo la CVR ha constatado que durante
la década de 1970, la mayor parte de las organizaciones que
luego conformarían IU compartieron con matices un discurso y
una estrategia que privilegiaba la toma del poder por la vía
de la lucha armada. En el contexto de grandes movilizaciones
sociales y apertura democrática de fines de los años 70, algunas
de estas organizaciones iniciaron un viraje que los llevó a
valorar positivamente la vía electoral y la democracia representativa.
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La CVR hace notar sin embargo, que un deslinde
ideológico insuficiente y en muchos casos tardío colocó a la
mayoría de partidos miembros de IU en una situación ambigua
frente a las acciones del PCP-SL y más aún del MRTA. Esta ambigüedad
hizo difícil para sus líderes, y también para las dirigencias
sociales sobre las cuales IU tenía influencia, dar la lucha
ideológica contra las concepciones violentistas que terminaran
incorporándose al PCP-SL o al MRTA.
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La CVR constata que la izquierda formuló denuncia,
por cierto necesaria, de las violaciones a los derechos humanos
cometidos por el Estado. Sin embargo, no dio el mismo tratamiento
a aquellas cometidas por los grupos subversivos, especialmente
por el MRTA. Hubo dos agrupaciones que mantuvieron hasta el
final la posibilidad del recurso a la violencia para tomar el
poder. Esto fue en ultima instancia lo que produjo la división
de la izquierda entre supuestos reformistas y revolucionarios.
Por otro lado, el Partido Unificado Mariateguista y el P.C.
del P. “Patria Roja” formaron organismos de autodefensa, que
terminaron enfrentando a SL en defensa de las organizaciones
sociales.
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Para la CVR, sin que ello fuera una posición
generalizada, sectores de la izquierda entendieron su participación
en el parlamento como una tribuna de agitación y propaganda
y en los municipios para desde allí “elevar el nivel de conciencia
de las masas”. En ambos casos, para demostrar las limitaciones
de las instituciones “demo-burguesas”.
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La CVR señala que, en el plano político, el
sectarismo y la ineficacia de los partidos y de los independientes
que conformaban IU, así como la dificultad para poner los intereses
del país por encima de los grupos o personalidades que la integraban,
impidió que ella fuera más allá de su carácter de alianza electoral,
para convertirse en frente programático que representara y ofreciera
una alternativa de transformación pacífica y democrática a sus
militantes y al país. Ese límite se mantuvo incluso en su momento
de mayor presencia electoral, le impidió luego diferenciarse
de la política del gobierno aprista, y terminó dividiéndola
en 1989. La división desconcertó a sus seguidores y resquebrajó
el dique de contención que significaba IU en amplios sectores
populares, favoreciendo el avance de los grupos subversivos
y posteriormente del fujimorismo.
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Sin embargo, la CVR hace resaltar el papel
positivo de la temprana denuncia de las violaciones a los derechos
humanos por parte de IU, tanto a través de sus partidos integrantes
como de las organizaciones sociales en las cuales tenía presencia
y de sus representantes en el Parlamento, que tuvieron destacado
papel en las más importantes comisiones investigadoras del Congreso
sobre temas vinculados al conflicto armado interno (la matanza
de los penales, los grupos paramilitares, las causas de la violencia.)
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La CVR deja constancia, además, que numerosos
miembros de IU, especialmente militantes de base de provincias
en períodos electorales, cayeron víctimas de las fuerzas del
orden que no distinguieron entre izquierdaunidistas y subversivos.
Asimismo, queda claro para la CVR que IU no fue nunca “fachada
legal” de SL, ni de manera orgánica ni oficiosa. Más bien, conforme
avanzaba la década, IU denunció crecientemente la ideología
y los métodos del PCP-SL, quien asesinó un número significativo
de dirigentes sociales de las filas de IU, algunos de ellos
líderes de importantes gremios nacionales.
F. El poder legislativo
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A la CVR le es dado constatar que los problemas
del Estado para enfrentar el conflicto armado interno también
ocurrieron en el Poder Legislativo. Las fuerzas políticas allí
representadas no tuvieron ni presentaron iniciativas sobre cómo
enfrentar de una manera integral a los grupos subversivos hasta
bien avanzado el conflicto (1991).
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La CVR deja constancia de que durante toda
la década de 1980 el Congreso funcionó con mayorías gobiernistas.
A través de esas mayorías, los gobiernos inhibieron o debilitaron
las capacidades de fiscalización y de formulación legal. Así,
el Parlamento 1980-1985 no cumplió con su función constitucional
de fiscalización, al abdicar a ejercer control sobre lo que
en Ayacucho, Huancavelica y Apurímac venía sucediendo a propósito
del conflicto. Encontrándose en este período la mayor cantidad
de peruanos muertos o desaparecidos a causa de la guerra, el
Congreso no efectuó ninguna investigación sobre las violaciones
a los derechos humanos que tanto el PCP-SL como las fuerzas
del orden iban acumulando impunemente.
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La CVR debe señalar que frente a la militarización
del conflicto, el Congreso no planteó ninguna alternativa o
plan viable. La principal actividad normativa estuvo a cargo
del Ejecutivo. Y cuando, finalmente, el Congreso retomó dicha
función, no hizo sino reafirmar su escasa voluntad de comprometerse
a encontrar respuesta severa y eficaz frente al fenómeno subversivo.
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La CVR señala que la aprobación por el Congreso
de la Ley 24150 que establecía las normas a cumplir en los estado
de excepción por los que las FFAA asumían el control del orden
interno, en todo o parte del territorio, fue un intento de legalizar
lo que en los hechos venía sucediendo, inhibiendo legalmente
a la autoridad civil en beneficio de la militar. Así, esta decisión
significó, por un lado, una estrategia equivocada que condujo
a la relativización del poder democrático civil y, por otro,
a la reducción de la política anti-subversiva a un ámbito de
represión y control militar.
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Sin embargo, la CVR debe anotar que a partir
de 1985 funcionaron comisiones investigadoras sobre casos de
gran impacto en la opinión pública. Aunque ninguna logró quebrar
el círculo de la impunidad los debates parlamentarios y los
dictámenes en minoría generaron corrientes importantes de opinión
pública en contra de las violaciones a los derechos humanos.
No obstante, cabe señalar que si bien el Congreso se encargó
de llevar adelante la investigación de importantes casos de
violaciones a los derechos perpetradas por las fuerzas del orden,
no hizo un esfuerzo similar para investigar y demandar sanción
sobre terribles casos de violaciones perpetradas por SL.
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La CVR anota que en el Congreso surgido a
partir de las elecciones de 1990, el Ejecutivo careció por primera
vez de mayoría propia. Aprovechando el desgaste de los partidos
políticos y el desprestigio del Legislativo, el gobierno de
Alberto Fujimori y los promotores de una política anti-subversiva
autoritaria y militarizada, sobredimensionaron su ineficacia
y sus problemas y no tuvieron reparos en presentar al Congreso
como parte del “campo enemigo”, esta idea era coincidente con
la del PCP-SL, que entendía al Congreso como un reducto del
“revisionismo” y parte del “viejo Estado” que había que destruir.
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La CVR halla que entre 1990 y 1992, el Congreso
adquirió otra fisonomía. El que no existiese una mayoría parlamentaria
gobiernista y el avance de la subversión, empujaron a una mayor
concertación y a participar de manera más activa en el diseño
de una política anti-subversiva dentro de marcos democráticos.
La nueva actitud se hizo visible en el debate sobre legislación
anti-subversiva de noviembre de 1991. De otro lado, en materia
de su función de control parlamentario, el Congreso de 1990-92
intervino en situaciones de violaciones de derechos humanos
en el conflicto armado interno. Sin embargo, el golpe de abril
de 1992 que cerró el Parlamento con la anuencia de un sector
mayoritario de la opinión pública, mostró que ese fue un esfuerzo
tardío e insuficiente para controlar a los poderes fácticos
y corrientes autoritarias del país. Para entonces los partidos
políticos parlamentarios evidenciaban claros signos de agotamiento
y crisis.
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La CVR considera que después del golpe de
1992 el Congreso, tanto el CCD como el Congreso 1995-2000, careció
de cualquier capacidad de fiscalización, tanto por el recorte
constitucional de sus atribuciones como por la mayoría parlamentaria
absoluta que mantuvo la bancada gobiernista hasta el año 2000.
La pálida labor parlamentaria en la lucha contra-subversiva
se vio agravada por el desarrollo de un proceso de manipulación
normativa de alta nocividad social, que buscó, entre otras cosas,
montar un aparato que garantizara la impunidad a las violaciones
de los derechos humanos cometidas por agentes estatales.
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A la CVR le ha sido dado constatar que, en
muchos casos, la mayoría oficialista de los congresos post golpe,
a pesar de la actitud valiente de congresistas de la oposición,
no sólo abdicó de su función constitucional de fiscalización,
sino que avaló y promovió el encubrimiento y la impunidad. Un
hito de especial consideración dentro de su participación en
el proceso de afirmación de impunidad fue la aprobación de la
Ley 26479, Ley General de Amnistía (15.06.95). El Parlamento
se convirtió en la práctica en una caja de resonancia de los
planteamientos de palacio y del SIN.
G. El Poder Judicial
-
La CVR debe indicar que la abdicación de la
autoridad democrática incluyó las funciones propias de la administración
de justicia. El sistema judicial no cumplió con su misión adecuadamente;
ni para la condena dentro de la ley de las acciones de los grupos
subversivos; ni para la cautela de los derechos de las personas
detenidas, ni para poner coto a la impunidad con que actuaban
los agentes del Estado que cometían graves violaciones de los
derechos humanos. En el primer caso, el poder judicial se ganó
la imagen de una ineficiente “coladera” que liberaba a culpables
y condenaba a inocentes; en el segundo caso, sus agentes incumplieron
el rol de garante de los derechos de los detenidos, coadyuvando
a la comisión de graves violaciones a los derechos a la vida
y la integridad física; por último, se abstuvieron de llevar
a la justicia a miembros de las fuerzas armadas acusados de
graves delitos, fallando sistemáticamente cada contienda de
competencia a favor del fuero militar, donde las situaciones
quedaban en la impunidad.
-
La CVR debe empero precisar que el Sistema
Judicial adolecía de problemas estructurales que determinaban
su ineficiencia. Sin embargo, a ello debe sumarse la actuación
negligente de algunos operadores de justicia que hicieron mas
grave aún la situación estructural en que se desenvolvía la
administración de justicia.
-
La CVR deja constancia de que la situación
del Perú judicial se agravó luego del golpe de Estado de 1992,
cuando a las condiciones mencionadas se sumaron: una clara intromisión
en la capacidad de autogobierno a partir de ceses masivos de
magistrados, nombramientos provisionales y la creación de órganos
de gestión ajenos a la estructura del sistema judicial; además
de la inoperancia del Tribunal Constitucional.
-
La CVR deja constancia de la deficiente la
legislación que aplicaba el sistema judicial. Entre 1980 y 1992
incidieron fuertemente en esta situación: la tipificación amplia
e imprecisa del delito de terrorismo; y la mediatización de
la labor del Ministerio Público en la etapa de investigación
preliminar, subordinando la labor garantista del fiscal. Luego
del golpe de 1992, la situación se agravó debido a que la nueva
legislación antiterrorista se caracterizaba por: la sobrecriminalización
del terrorismo a través de la flexibilización del concepto y
la creación de tipos penales nuevos con los que se procesaba
en distintos fueros y se imponían penas distintas por la misma
conducta; la falta de proporcionalidad de las penas; la seria
limitación de la capacidad de defensa de los detenidos; y la
atribución de competencia a los tribunales militares en el juzgamiento
de los delitos de traición a la patria.
-
La CVR ha constatado que, abdicando de su
propia competencia, el Poder Judicial, a través de la Corte
Suprema cuando los acusados eran miembros de las Fuerzas Armadas,
falló en toda ocasión a favor del fuero militar, donde los casos
por lo general se sobreseían, se prolongaban innecesariamente
o terminaban generando condenas benévolas.
-
Otra conducta que la CVR ha comprobado es
que los operadores de justicia incurrieron en falta contra su
deber de cautelar por los derechos de los ciudadanos fue la
generalizada práctica de declarar improcedentes los recursos
de Habeas Corpus. El tribunal de garantías constitucionales
–vigente hasta 1991- sistemáticamente evitó llegar a sentencias
fundadas. Esta situación contribuyó en no poca medida a que
las detenciones arbitrarias culminasen en torturas, ejecuciones
arbitrarias y desapariciones forzadas.
-
La CVR considera que la dictadura de Alberto
Fujimori pretendió legalizar de forma espuria la impunidad a
las violaciones de los derechos humanos realizadas por agentes
del Estado, logrando que el Congreso Constituyente Democrático
aprobase por mayoría dos leyes de amnistía que vulneraban disposiciones
constitucionales y tratados internacionales soberanamente ratificados
por el Perú. Salvo una honrosa excepción, que inaplicó la norma
por vulnerar disposiciones constitucionales y tratados internacionales
, los jueces renunciaron a su facultad de aplicar el control
difuso de la constitucionalidad de las leyes.
-
La CVR ha constatado que el resultado de la
aplicación estricta y acrítica de la legislación antiterrorista
de 1992 permitió que en el procesamiento de detenidos no se
garantizara la imparcialidad ni la exactitud de los juicios.
No solamente cientos de personas inocentes tuvieron que sufrir
largas condenas, sino que la violación de las garantías de debido
proceso arrojó una severa sombra de duda sobre los procesos
realizados. El descrédito sufrido por el sistema judicial peruano
aplicando las leyes dictadas por el régimen fujimorista, sólo
resultaría en un favor a los verdaderos subversivos cuando,
años después, el Estado tuviera que realizar nuevos juicios
a partir de pruebas escasas. De otro lado, los sentenciados
por terrorismo sufrieron y condiciones de carcelería vejatorias
de la dignidad humana, que no conducían en absoluto a su rehabilitación.
La situación carcelaria, en efecto, poco atendida por los jueces
de ejecución penal, dio lugar a motines y masacres en 1985,
1986 y 1992.
-
La CVR debe indicar que el Ministerio Público
-salvo honrosas excepciones- abdicó a la función de controlar
el estricto respeto a los derechos humanos que debía observarse
en las detenciones y se mostró insensible a los pedidos de los
familiares de las víctimas. Por el contrario, se omitió el deber
de denunciar crímenes, se investigó sin energía, se realizaron
muy deficientes trabajos forenses, lo que coadyuvó a la situación
de descontrol e impunidad. Bajo la dictadura fujimorista, la
obsecuencia del Ministerio Público ante los imperativos del
poder ejecutivo fue total.
V. El papel de las organizaciones sociales
A. Sobre los gremios
-
La CVR ha constatado la agresión violenta
de parte de los grupos subversivos contra diversos sindicatos
y empresas. En el informe de la CVR constan los asesinatos de
dirigentes sindicales, empresarios y funcionarios de empresas.
-
La CVR estima que mientras el PCP-SL exacerbó
los conflictos laborales y se propuso como objetivo la destrucción
de los sindicatos existentes, el MRTA buscó instrumentalizar
los sindicatos para sus fines subversivos.
-
La CVR concluye también en que las prácticas
o concepciones antidemocráticas en sindicatos y gremios empresariales
condujeron a la descalificación mutua a lo largo del conflicto
armado, cuestionando la representatividad y legitimidad de las
organizaciones gremiales.
-
La CVR ha constatado que el rol del Estado
como árbitro de los conflictos laborales fue de marcada ineptitud,
pues una burocracia ineficiente y propensa a la corrupción,
la ausencia de reglas claras, una legislación engorrosa, entre
otros factores, dificultaron las negociaciones provocando el
agravamiento de los problemas.
B. Sobre sistema educativo y magisterio
-
La CVR ha comprobado que el Estado descuidó
desde décadas el tema educativo. Hubo proyectos modernizadores
en la década del 60 pero fracasaron. Ni la ley universitaria
ni la reforma educativa de 1972 lograron revertir esta tendencia.
Tampoco neutralizaron el predominio de pedagogías tradicionales
autoritarias. En aquellos espacios que el Estado fue dejando
en su repliegue, germinaron nuevas propuestas; ellas propugnaban
un cambio radical, anti-sistémico, sólo alcanzable por la vía
de la confrontación y sustentado en un “marxismo de manual”,
dogmático y simplificado, que se expandió ampliamente en las
universidades durante la década de 1970. Esos nuevos contenidos
se transmitieron utilizando los viejos marcos pedagógicos autoritarios,
que no fueron cuestionados.
-
La CVR ha comprobado que, entre muchos maestros
y estudiantes universitarios, se volvió sentido común el cumplimiento
fatal de la historia a través de la vía de la confrontación.
Esa visión abrió espacios para el desarrollo de propuestas autoritarias
de extrema izquierda. La del PCP-SL fue sólo la más extrema.
-
La CVR ha comprobado que el PCP-SL fue el
que buscó instrumentalizar las instituciones educativas: universidades,
colegios secundarios, institutos superiores e incluso academias
de postulantes. El sentido común dogmático y la ambigüedad de
los grupos radicales frente a la violencia le fueron favorables.
A través del amedrentamiento o la cooptación logró ubicar maestros
en colegios donde le interesaba desarrollar proselitismo. Aprovechando
y alimentando una versión maximalista de la autonomía universitaria
accedió en algunos casos a las Direcciones de bienestar universitario
o al menos encontró santuario en viviendas y comedores. Allí
desarrolló un proselitismo en el cual el clientelismo se mezclaba
con la movilización de los sentimientos de discriminación y
agravio de los estudiantes pobres y provincianos, que utilizaban
mayormente esos servicios. A ellos, con débiles redes sociales
en sus lugares de estudio, les ofrecía además identidad y sentido
de pertenencia.
-
La CVR encuentra una grave responsabilidad
del Estado: i) en el descuido de la educación pública en medio
de un conflicto que tenía al sistema educativo como importante
terreno de disputa ideológica y simbólica; ii) en el amedrentamiento
y/o la estigmatización de comunidades enteras de maestros y
estudiantes de universidades públicas, especialmente de provincias
( ); iii) en el deterioro de la infraestructura de servicios
de varias universidades públicas ( ) iv) en haber permitido
graves violaciones de los derechos humanos de estudiantes y
profesores por el hecho de ser tales.( )
-
La CVR repudia los crímenes cometidos contra
estudiantes, profesores y trabajadores, al margen de su filiación
política. Condena especialmente la matanza de más de cien estudiantes,
profesores y trabajadores de la Universidad Nacional del Centro
(UNCP) a manos de los diferentes actores de la guerra –incluyendo
escuadrones de la muerte- enfrentados en un fuego cruzado y
confuso . Condena, asimismo, la masacre de ocho estudiantes
y un profesor de la Universidad Nacional de Educación “La Cantuta”
en julio de 1992 y la posterior amnistía de los perpetradores
miembros del escuadrón de la muerte denominado “Colina” en 1995.
Señala, a partir de sus investigaciones, que además de las ya
mencionadas, las universidades de San Cristóbal de Huamanga,
Hermilio Valdizán de Huánuco, Callao, Huacho y San Marcos, entre
otras, resultaron afectadas por la estrategia contrasubversiva
de detenciones-desapariciones y destrucción de infraestructura
y, durante el régimen autoritario de la década de 1990, por
la instalación de bases militares en los campus universitarios.
C. Sobre el papel de las iglesias
-
La CVR a través de numerosos testimonios recogidos,
audiencias y estudios realizados, ha constatado el papel de
las iglesias Católica y evangélicas durante el proceso de la
violencia, como actoras que contribuyeron a proteger a la población
de crímenes y violaciones de derechos humanos. Institucionalmente,
la iglesia católica condenó desde temprano la violencia de los
grupos alzados en armas e igualmente las violaciones de los
DDHH por parte del Estado. Estas posturas se concretaron en
actividades de defensa de los DDHH y denuncias de las violaciones,
iniciadas muy temprano en el proceso a través de organizaciones
como la Comisión Episcopal de Acción Social (CEAS) y otras.
La CVR ha llegado a la conclusión de que muchas vidas fueron
salvadas y muchos otros atropellos fueron impedidos gracias
al concurso de estas organizaciones cuyo papel fue demandado
y reconocido ampliamente por la población, así como de religiosos
y laicos individuales, más allá de orientaciones teológicas
o pastorales. En departamentos como Puno, Cajamarca, Ancash,
Ucayali o Amazonas, el papel de sacerdotes, laicos y catequistas
contribuyó a fortalecer el tejido social y construir una barrera
que debilitó el avance del PCP-SL y el desborde de la denominada
“guerra sucia”. La CVR rinde homenaje a los cristianos que defendieron
la vida durante el tiempo de la violencia política y repudia
el asesinato de sacerdotes y religiosas en cumplimientos de
su misión, sobre todo entre los sectores más desfavorecidos
del campo y la ciudad.
-
La CVR ha encontrado, sin embargo, que la
defensa de los derechos humanos no fue firme en el arzobispado
de Ayacucho durante la mayor parte del conflicto armado. Durante
buena parte del conflicto dicho arzobispado puso obstáculos
a la labor de organizaciones de la Iglesia vinculadas al tema,
a la vez que negaba violaciones de los derechos humanos. La
Comisión deplora que algunas autoridades eclesiásticas de Ayacucho,
Huancavelica y Abancay no hayan cumplido con su compromiso pastoral.
-
La CVR ha concluido que las iglesias evangélicas
cumplieron también un valioso papel de protección de los derechos
humanos, principalmente a partir de sus instancias de coordinación
nacional. Reconoce, asimismo, el valor de los pastores que cumplieron
esa labor de defensa de la vida y denuncia de la violencia con
peligro para ellos, muchas veces en zonas periféricas de las
grandes ciudades y en zonas rurales muy apartadas. Constata
también que un número significativo de campesinos evangélicos
participaron en comités de autodefensa que enfrentaron a la
subversión. Sin embargo, lamenta que algunas comunidades evangélicas
no se hayan hecho eco de la defensa de los derechos humanos.
-
La CVR rinde homenaje a sacerdotes, religiosos
y religiosas, fieles católicos y evangélicos que pagaron con
su vida su labor pastoral durante el conflicto armado interno.
D. Sobre las organizaciones defensoras de los
Derechos Humanos
-
La CVR ha concluido que a lo largo del conflicto,
decenas de asociaciones de la sociedad civil mantuvieron viva
la capacidad de indignación ante lo que ocurría y crearon un
eficaz movimiento a favor de los derechos humanos que, organizado
alrededor de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDH),
se convirtió –pese a una permanente satanización en su contra-
en un referente ético en el escenario nacional y en un efectivo
recurso para que las víctimas pudiesen avanzar en su objetivo
de alcanzar la verdad y exigir la justicia. La Comisión está
convencida de que el país debe a las organizaciones de derechos
humanos una deuda de gratitud porque, al ejercer el derecho
democrático de fiscalizar a las fuerzas del orden, contribuyeron
a controlar algunos de los aspectos más brutales del conflicto
y a ganar para la lucha democrática del pueblo peruano una amplia
solidaridad internacional.
-
De acuerdo a la tradición del movimiento internacional
de derechos humanos, en los primeros años del conflicto los
organismos peruanos defensores de los DD.HH. centraron su crítica
fundamentalmente en el Estado, cuyas acciones se enmarcan dentro
de un ordenamiento legal que deben respetar, que es además signatario
de tratados internacionales y debe, sobre todo, responder por
la seguridad de sus ciudadanos. Sin embargo, a mediados de la
década de 1980 los organismos que conformaron la CNDH zanjaron
con las organizaciones de fachada de los grupos subversivos
. Posteriormente, se negaron a defender legalmente a militantes
o líderes de dichos grupos e influyeron activa y exitosamente
en el movimiento internacional de derechos humanos, para que
sus organismos incluyan dentro de sus críticas y monitoreo a
los grupos subversivos, tanto peruanos como de todo el mundo.
-
La CVR ha constatado también, a diferencia
de otros países donde se dieron conflictos armados internos,
la debilidad de las organizaciones de víctimas. Ello porque
en la mayoría de los casos las víctimas eran campesinos pobres,
con poca conciencia de derechos, difícil acceso a la justicia,
débiles redes sociales y escasos contactos urbanos. Esta debilidad
favoreció la impunidad de los perpetradores.
-
En tal contexto, la CVR destaca y reconoce
la persistencia de la Asociación Nacional de Familiares de Secuestrados,
Detenidos y Desaparecidos del Perú (ANFASEP), conformada en
su abrumadora mayoría por mujeres ayacuchanas quechua hablantes
de escasos recursos. Aún en los peores momentos, con tenacidad
y valentía, dichas mujeres mantuvieron viva la llama de la esperanza
en la recuperación de sus seres queridos y en la justicia para
los responsables de su desaparición.
E. Sobre los medios de comunicación
-
La Comisión de la Verdad y Reconciliación
constata que a lo largo del conflicto armado interno los medios
de comunicación jugaron un papel muy importante. Durante esos
años el trabajo de investigación periodística fue abundante,
valiente y en algunos casos, como el de la masacre de La Cantuta
(julio 1992), indispensable para encontrar a los responsables
de crímenes atroces. Muchas veces, en esas investigaciones los
periodistas arriesgaron la vida y, desgraciadamente, en varios
ocasiones la perdieron. La CVR rinde homenaje a los periodistas
asesinados durante el conflicto armado interno en cumplimiento
de su deber. Hace mención particular a los mártires de Uchuraccay,
primeros periodistas caídos en el cumplimiento de su deber en
circunstancias especialmente trágicas. Asimismo, reconoce de
manera especial la contribución al esclarecimiento de hechos
y a las denuncias de crímenes y violaciones a los derechos humanos
de parte de los periodistas que en las provincias declaradas
en estado de emergencia cumplieron su deber abnegadamente y
en condiciones muy adversas.
-
En lo que se refiere a la cobertura y la línea
editorial, la CVR constata que desde inicios de la década de
1980 los medios de comunicación condenaron la violencia subversiva,
aunque con matices según las inclinaciones políticas de cada
uno, lo que implicaba evaluaciones diferentes de la situación
o de los objetivos de las organizaciones subversivas. Sin embargo,
los medios no tuvieron la misma posición en cuanto a la investigación
y denuncia de las violaciones de DDHH. Reconoce que hubo valioso
y arriesgado trabajo de investigación y denuncia, pero al mismo
tiempo, señala que hubo medios que sostuvieron una posición
ambigua e incluso en ciertos casos importantes avalaron la violencia
arbitraria del Estado.
-
En lo que se refiere al modo de la cobertura
realizada, la CVR ha encontrado que en muchos medios se cayó
en una presentación cruda, desconsiderada frente a las víctimas
y poco conducente a suscitar una reflexión y una sensibilización
nacional. Forma parte de este problema el racismo implícito
en los medios, que ha de ser resaltado en el informe final .
-
En muchos medios, el tema de la violencia
subversiva y contrasubversiva no fue pues tratado de una manera
tal que significara un aporte significativo a la pacificación
del país. La CVR considera que dos factores condujeron a ese
resultado: i) la adopción inopinada de una lógica de la violencia,
que terminó por imponer un tratamiento poco sensible de los
temas, y ii) la primacía de una lógica comercial, que en los
peores casos condujo al amarillismo y se complicó a finales
de la década de 1990 con el fenómeno de megacorrupción y compra
de medios.
VI. Sobre las secuelas del conflicto armado
interno
-
La CVR halla que el conflicto armado interno
que ha investigado es el más grave de nuestra historia republicana
y ha dejado secuelas muy profundas en todos los planos de la
vida nacional. La amplitud e intensidad del conflicto acentuaron
los graves desequilibrios nacionales; destruyeron el orden democrático;
agudizaron la pobreza y profundizaron la desigualdad; agravaron
formas de discriminación y exclusión; debilitaron las redes
sociales y emocionales y propiciaron una cultura de temor y
desconfianza. Es necesario, sin embargo, resaltar que –pese
a las duras condiciones-hubo personas y poblaciones que resistieron
y se esforzaron por la afirmación de una sociedad constructora
de la paz y del derecho.
-
La CVR hace notar que, el conflicto resultó
en la masiva destrucción de la infraestructura productiva y
pérdida de capital social y oportunidades económicas. Los departamentos
que lo sufrieron con mayor intensidad se encuentran hoy en los
últimos lugares en los índices de pobreza y desarrollo humano.
No es casualidad que cuatro de los departamentos más afectados
por el conflicto: -Huancavelica, Ayacucho, Apurímac y Huánuco-
se encuentren entre los cinco más pobres del país.
-
A la CVR le ha sido posible constatar que
la violencia destruyó y desorganizó la vida social local, especialmente
por el asesinato de dirigentes y autoridades tradicionales como
estatales. Eso produjo un profundo debilitamiento de la sociedad
civil, de los partidos políticos y de las estructuras en donde
más necesarias eran: en los sectores más marginalizados y necesitados
de inclusión y expansión de la ciudadanía.
-
Para la CVR el desplazamiento masivo desde
las zonas de violencia constituyó un doloroso proceso de desarraigo
y empobrecimiento de cientos de miles de peruanos y peruanas;
ello produjo una urbanización compulsiva así como un retroceso
histórico en el patrón de ocupación del territorio andino, lo
que habrá de afectar por largo tiempo las posibilidades de un
desarrollo humano sostenible. La población desplazada vio afectadas
sus redes sociales, que debieron adaptarse con distintos grados
de éxito y con gran sufrimiento a las nuevas circunstancias,
lo cual constituyó un enorme reto para la provisión de servicios
en las ciudades. Asimismo, los desplazados por el conflicto
fueron en muchos casos estigmatizados y discriminados en escuelas,
barrios y centros de trabajo. Al retornar, tuvieron que enfrentar
a veces graves problemas de tierras y ausencia de apoyo suficiente
para reorganizarse y sostener a sus familias.
-
La CVR ha constatado que toda una generación
de niños y jóvenes ha visto truncada o empobrecida su formación
escolar y universitaria como resultado del conflicto; ellos
merecen atención preferente del Estado.
-
La CVR es conciente de que el conflicto armado
interno intensificó hasta niveles insoportables el miedo y la
desconfianza, que a su vez contribuyeron a fragmentar y atomizar
la sociedad. En esas condiciones, el sufrimiento extremo ha
causado resentimiento y ha teñido de recelo y violencia la convivencia
social y las relaciones interpersonales.
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La CVR ha constatado que amplios sectores
de la población afectada por la violencia sufren una u otra
forma de secuela en su salud mental, lo que debilita sus capacidades
de desarrollarse y superar las heridas del pasado ( ).
-
Para la CVR una secuela del conflicto armado
interno en el terreno político consiste en que él favoreció
la descomposición moral en la que se hundió el país durante
los últimos años de la dictadura de Alberto Fujimori. En efecto,
la forma en que el Estado, las fuerzas políticas y sectores
importantes de la opinión pública enfrentaron esos años, mostrando
indiferencia, tolerancia hacia las violaciones a los derechos
humanos y disposición a trocar democracia a cambio de seguridad
como costo necesario para terminarlo, abrió paso a la autocracia
y la impunidad
-
Finalmente la CVR señala que, debe reconocerse
que la violencia, con todo su rigor, no fue capaz de destruir
la capacidad de respuesta de la población. En numerosas ocasiones,
ante la destrucción de redes sociales tradicionales y el asesinato
masivo de dirigentes, las mujeres asumieron nuevas responsabilidades
y lanzaron al país el reto moral de reconocer la pérdida de
miles de sus hijos en masacres y desapariciones. Dirigentes
jóvenes reconstruyeron muchas de las comunidades más afectadas
y –en el proceso de retorno de muchos desplazados- se pudo comprobar
que muchas comunidades habían sido capaces de resistir a la
violencia a través de la autodefensa y también con alternativas
de paz y procesos de micro-reconciliación.
-
La CVR llega a la convicción de que las secuelas
del conflicto armado interno pesan como una grave hipoteca sobre
nuestro futuro y afectan decisivamente nuestra construcción
como comunidad nacional de ciudadanos libres e iguales en un
país democrático y plural, que avance por el camino del desarrollo
y la equidad. Considera, asimismo, que el primer paso para superar
esas secuelas es que el país conozca en toda su magnitud las
dimensiones del horror vivido entre 1980 y 2000.
VII. Sobre la necesidad de reparar
-
La CVR, a partir del informe que entrega al
país estima que, si bien pudo alegarse ignorancia o incomprensión
frente al drama que se venía en los primeros años del conflicto,
ello no es más posible. Enterados los poderes del Estado y los
ciudadanos y ciudadanas a quienes va dirigido nuestro informe
de las sobrecogedoras dimensiones de lo ocurrido, resulta indispensable,
si queremos vivir civilizadamente en paz y en democracia, reparar,
en la medida de lo posible, los gravísimos daños que se han
ocasionado.
-
La CVR considera que su misma existencia y
el mandato que recibió de proponer reparaciones constituye ya
el inicio de un proceso de resarcimiento y de dignificación
de las víctimas.
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Para la CVR la reparación tiene profundas
implicancias éticas y políticas y es un componente importante
del proceso de reconciliación nacional. Al ser las víctimas
del conflicto en su abrumadora mayoría campesinos, pobres, indígenas,
tradicionalmente discriminados y excluidos son ellos los que
deben recibir atención preferente por parte del Estado.
-
Para la CVR, la reparación implica revertir
el clima de indiferencia con actos de solidaridad que contribuyan
a la superación de enfoques y hábitos discriminatorios, no exentos
de racismo. Aplicadas con equidad, las reparaciones deben asimismo
generar confianza cívica, restableciendo las relaciones dañadas
entre los ciudadanos y el Estado, de modo que se consolide la
transición y gobernabilidad democráticas y se prevengan nuevos
escenarios de violencia.
-
La CVR presenta al país un “Programa Integral
de Reparaciones” donde se combinan formas individuales y colectivas,
simbólicas y materiales de resarcimiento. El Programa debe ser
financiado creativamente por el Estado, pero también por la
sociedad y la cooperación internacional; él pone énfasis en:
i) las reparaciones simbólicas, el rescate de la memoria y la
dignificación de las víctimas; ii) la atención a la educación
y a la salud mental; iii) las reparaciones económicas individuales
y colectivas (programas de reconstrucción institucional, desarrollo
comunal, servicios básicos y generación de ingresos).
-
La CVR considera que una parte esencial del
proceso de reparación es la justicia. La Comisión advierte,
asimismo, que ningún camino hacia la reconciliación será transitable
si no va acompañado de un ejercicio efectivo de la justicia,
tanto en lo que concierne a la reparación de los daños sufridos
por las víctimas cuanto en lo relativo al justo castigo a los
perpetradores y el consiguiente fin de la impunidad. No se puede
construir un país éticamente sano y políticamente viable sobre
los cimientos de la impunidad. A través de los casos que entrega
al Ministerio Público, de la identificación de alrededor de
24 mil víctimas del conflicto armado interno y de los hallazgos
de sus investigaciones en general, la CVR busca ampliar sustancialmente
los argumentos para sustentar el reclamo de justicia de las
víctimas y sus organizaciones, así como de los organismos defensores
de los Derechos Humanos y ciudadanos en general.
-
Asimismo, la CVR ha elaborado un Registro
Nacional de Sitios de Entierro sobre la base de la información
obtenida durante sus investigaciones. Al término de su mandato,
la CVR ha registrado 4,644 sitios de entierro a nivel nacional,
habiendo realizado tres exhumaciones y constataciones preliminares
en 2,200 de ellos. Estas cifras que superan ampliamente las
estimaciones anteriores, confirman la importancia que tiene
impulsar y ejecutar el Plan Nacional de Intervenciones Antropológico
Forenses que propone la CVR. Asmimso, la CVR se ratifica en
la importancia fundamental del trabajo antropológico forense
para alcanzar justicia, identificar las posibles víctimas y
procesar el duelo por nuestros compatriotas desaparecidos.
VIII. Sobre el proceso de Reconciliación Nacional
-
La CVR propone que el gran horizonte de la
reconciliación nacional es el de la ciudadanía plena para todos
los peruanos y peruanas. A partir de su mandato de propiciar
la reconciliación nacional y de sus investigaciones realizadas,
la CVR interpreta la reconciliación como un nuevo pacto fundacional
entre el Estado y la sociedad peruanos, y entre los miembros
de la sociedad.
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La CVR entiende que la reconciliación debe
ocurrir en el nivel personal y familiar; en el de las organizaciones
de la sociedad y en el replanteamiento de las relaciones entre
el Estado y la sociedad en su conjunto. Los tres planos señalados
deben adecuarse a una meta general, que es la edificación de
un país que se reconozca positivamente como multiétnico, pluricultural
y multilingüe. Tal reconocimiento es la base para la superación
de las prácticas de discriminación que subyacen a las múltiples
discordias de nuestra historia republicana.
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